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ATRACO

Joel Peñuela Quintero

Coincidencias

Camino del ascensor me recriminaba a mí mismo por hospedarme en ese hotel costoso, pagar tanto para una sola persona no tenía sentido. Seis meses antes había estado allí, pero esa vez estaba acompañado.

Justo cuando el ascensor se cerraba la vi levantar su mano. Me obligué a cerrar la boca antes que lo notara. Llegó de prisa, me miró de arriba abajo, abrió los ojos, parecía sorprendida, sonrió, bajó los ojos y se acomodó a mi lado dejando un espacio amplio entre los dos.

—Gracias por esperarme —dijo, acomodándose el pelo que le enredaba la vida.

En silencio la miré con mis dedos frente al dispositivo esperando que me dijera hacia qué piso se dirigía.

—Diecisiete —dijo, y sacó un cigarrillo largo. Se notaba nerviosa. Me ofreció uno, pero negué sin hablar.

—¿Diecisiete? —pregunté extrañado.

—Sí, diecisiete, por favor.

—Es mi piso —dije—, tratando de parecerle amable.

Vi que le temblaron los labios y suspiró muy tenue como para que no lo notara. Tomo aire y dijo un tanto relajada:

—¿Tu piso? ¡Qué bueno conocer al dueño de este hermoso edificio! —Me miró de soslayo, escupió el humo hacia un lado y sonrió.

Fueron cinco pisos sin hablar. Éramos los únicos pasajeros. Sentí un tenue olor a alcohol detrás de un aroma Christian Dior.

—Me gustan—dije algo nervioso, señalando sus manillas.

Miró sus tres manillas artesanales wayúu de las que venden en Riohacha que llevaba en su mano izquierda, metió el meñique y lo sacudió entre su piel canela y las abrazaderas, parecía como si quisiera arrancárselas, pero se detuvo y las acarició con la yema del dedo gordo.

—Me las dejaron como recuerdo —dijo, y agachó la mirada.

Cuando levantó sus ojos los tenía apagados y tristes.

—Lo lamento —dije y busqué en mis registros las palabras pertinentes—. Lo lamento por él, pues no parece ser usted de esas que dejan…

Me sonrió amable y volvió a despedir humo desde su sonrisa apagada.

—¿Cómo sabes que es él y no ella? —Me miró y bajó de nuevo sus ojos al piso, al levantarlos continuaba burlándose de mí.

El ascensor llegó más rápido de lo que deseaba. Ella salió primero y la seguí. «Lástima», dije para mí mismo al reparar bien su topografía. Caminé detrás de ella tres pasos porque se detuvo.

—No me confío de los hombres que caminan detrás de las mujeres —sentenció—, mejor camine a mi lado… es más seguro para mí…

Sacó las llaves de su mochila artesanal hecha por manos arhuacas de la Sierra Nevada de Santa Marta, se puso el cigarro en la boca y metió las llaves en la cerradura de la tercera habitación a la derecha, una antes de la que yo había alquilado. Abrió la puerta despacio y entró, y sin quitarse el cigarrillo de la boca dijo:

—Si quieres lo boto —y señaló el cigarrillo con los ojos.

Quedé callado un momento… y suspiré. Antes de traspasar la puerta contemplé sus ojos negros, apagados y tristes, no obstante, amables y tiernos… tal como los recordaba cuando nos conocimos aquella noche de abril en ese mismo hotel… el día de nuestra primera coincidencia.

Inteligencia práctica

Aquel día estaba cansado por el abuso de mis compañeros del cole cuando el-sin-amigos me empujó y rodé por el suelo.

Me puse de pie y exprimiendo a fondo mi orgullo lacerado, espeté:

—¡Me odias porque soy más inteligente que tú!

Entonces el chico pecoso, de cabello rojo y piernas flacas y largas igual que dos postes de energía me propinó tal matracazo en la cara que me hizo ver estrellas.

Desde el suelo abrí la boca, pero no logré articular ningún fonema humano, solo gruñí como el cerdo del vecino cuando acosa a la cerda. Él me miraba esperando que dijera algo para justificar una segunda trompada.

—¿De qué te sirve la inteligencia —dijo— si cada vez que quiero, te jodo?

Me puse de pie de nuevo y moví los hombros. ¿Qué se puede hacer ante un razonamiento tan bien concebido? A los pocos días todo cambió, él comenzó a estar conmigo hasta convertirse en mi sombra, incluso ahora me defiende de los demás que antes me acoquinaban.

—Ahora creo que sí eres más inteligente que yo —dijo ayer—. Y soltó una carcajada estridente.

Lo miré y asentí… y extendí mi mano. Él amablemente puso en ella un poco de mi merienda que desde hace cierto tiempo degusta como suya.

Atraco

Joaquín sintió una mano cerca de sus nalgas, y reaccionó enfadado.

—Perdón —dijo el hombre vestido con una licra deportiva—, tropecé por accidente.

Joaquín tocó su bolsillo y como lo intuía, su cartera no estaba.

—¡Entrégueme la cartera! —sonó imperativo.

El barbado iba a hablar, pero Joaquín no le dio tiempo: se abalanzó sobre él con evidentes muestras de querer golpearlo. No tuvo más que entregar la cartera, cambió de mano el celular y huyó despavorido. Joaquín permaneció un momento observando al hombre que se perdía en medio de los otros que como él trotaban a esa hora de la mañana.

Llegó a casa todavía molesto, aunque con una sensación de satisfacción interna por su valerosa reacción. Sin saludarla del todo contó lo sucedido a su esposa.

Ella movió la cabeza de lado a lado en silencio y entró al cuarto. Unos instantes después salió con la cartera de Joaquín en la mano, y refunfuñó:

—¡Es la segunda vez esta semana que te vas sin ella!

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