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ALELUYA

Roberto Molinares

Salí del laboratorio con una sensación de asombro que sobrepasaba mi capacidad de razonamiento.

Habíamos puesto un puñado de limaduras de hierro sobre el cuero templado de un tambor, para hacerlas vibrar por el efecto del sonido de diversas muestras musicales. Todo ello,  bajo la acción de un campo electromagnético generado por potentes imanes contrapuestos a través de un solenoide. Lo que nos proponíamos era un ejercicio lúdico, una manera de divertirnos a costa de la ciencia y sus procedimientos. La proposición había surgido casi como una apuesta en una noche de copas en que nos habíamos distendido del duro trabajo del laboratorio del Tecnológico de California, y nos atrevimos a invitar a bailar a nuestras hermosas colegas.

 La tarde de un viernes de agosto de 1958, dejamos colgadas las batas de trabajo y olvidamos los implementos de ciencia para abrirnos paso en la noche de la ciudad. Unos cuantos tragos fueron suficientes para liberarnos de la rigidez. Estábamos a expensas de otras fórmulas; la bioquímica cerebral imponía un estado de euforia al son del Rock around clock rock, de Bill Halley. Bajo los efectos del alcohol, ellas bailaban y contorsionaban sus cuerpos. Nosotros, podíamos apreciar la otra faceta, la que siempre estuvo allí, bajo el atuendo de intelectualidad, escondida detrás de gruesos lentes y un léxico repleto de términos científicos que en muchas ocasiones desanimaban nuestros acercamientos.

Uno de nuestros compañeros, por encima de la cadencia de la música, dejó flotando una premisa.

―No solo es el alcohol. Es la música. El ritmo mismo está produciendo un gran efecto en nuestro cerebro. Algo pasa allá dentro y eso debemos estudiarlo.

………………….

Unos cuantos días después, armados de un fonógrafo y una torre de discos de acetato, preparamos el laboratorio. Verónica Allen, una de nuestras colegas, se presentó con un ayudante que cargaba un enorme tambor granadero proveniente de los depósitos de la banda del Instituto. Queríamos comprobar lo que ocurriría al colocar limaduras de hierro esparcidas sobre el cuero del tambor y exponerlas al sonido de diversos géneros musicales. Una corneta fue introducida en la parte hueca del instrumento. El influjo de un campo electromagnético era vital, aunado al sonido, para que se pudieran generar algunas reacciones en los elementos. En efecto, así ocurrió. Las limaduras vibraban, se desplazaban y agrupaban creando patrones geométricos sorprendentes e interesantes.  El experimento parecía arrojar algo evidente, mientras más bajos fueran los instintos que la música exaltara, más caóticos eran los dibujos plasmados por el agrupamiento de las limaduras.  Los efectos de la estridencia de las guitarras eléctricas y la percusión de las baterías de las bandas de rock and roll, quedaron  registradas en nuestras bitácoras. Por supuesto, en un experimento como este, donde  pretendíamos estudiar la incidencia de la música de moda, no podíamos dejar de lado a un fenómeno como Elvis Presley. Con las interesantes reacciones de las limaduras, comprobamos en parte, la razón del frenesí de las chicas y el por qué, se desmayaban en sus conciertos. Su voz grave y profunda, o tal vez el ritmo de sus temas, hacían que las limaduras se amontonaran en interesantes cúmulos. Eran dibujos que semejaban curvas y espirales. Asombroso. 

Probamos con música folklórica y otros géneros en boga. Todo indicaba que la armonía que se desprendía de algunas piezas, suscitaba también formas armónicas y simétricas en los puñados de hierro. Hasta que alguno de los colegas sugirió probar con algo más serio, música clásica. Si Elvis hacía eso, qué no haría algún maestro de la música académica.

Mientras la pregunta flotaba, yo tomé la iniciativa por el hecho de corresponder a una rara dicotomía: era un hombre de ciencia y al mismo tiempo, un hombre de fe. La segunda faceta me avergonzaba un poco. No me era fácil admitir mi espiritualidad delante de cerebros apertrechados de lógica, racionalidad y sólidos argumentos.

―Colegas, les propongo a Händel. Se dice que “El Mesías”, es el oratorio más famoso de la humanidad. ¿Qué les parece?

Hubo un leve, pero evidente intercambio de miradas. Dos de las compañeras asintieron casi de inmediato, otros se miraron con dudas, pero en la torre de discos no había ningún acetato con la música de Händel. Harry, uno de los compañeros tomó las llaves de su coche.

―Mi padre vive cerca de aquí, es melómano y tiene una colección impresionante de obras clásicas ―dijo, mientras esperaba la aprobación para ir en busca de “El Mesías”. El doctor Morton, el científico de mayor edad y experiencia del grupo, quedó petrificado. Al parecer, la palabra “Mesías”, había producido algún escozor de tipo religioso, no solo en él, sino en varios compañeros. La academia siempre se había opuesto a cualquier intento de remar hacia corrientes espirituales. La sola mención del término, había generado una especie de sobresalto en el grupo. El doctor Morton habló luego de unos segundos de tensión. 

―Muchachos… ¿Por qué no? Hagámoslo.

………………….

En los días siguientes al experimento, dediqué mi escaso tiempo libre a frecuentar la biblioteca pública. Quería hallar una respuesta más allá de lo observado en el laboratorio. Atiborré la mesa con libros en búsqueda de la historia del proceso de creación de la extraordinaria obra de Händel.

La estancia bien iluminada por cristales, aprovechaba la luz natural que en las horas de la tarde matizaba la sala con tonos del ocaso. El recinto era custodiado por una anciana bibliotecaria de gruesos espejuelos que soportaba con resignación mi resistencia a abandonar la sala antes de la hora de cerrar. 

Enfrascado en mi investigación, asistí casi todos los días, hasta que hallé un tomo que parecía gozar de verdadera antigüedad. Lo certificaba su apariencia ocre y el olor mohoso de sus páginas. Era un libro enfermo que por su precariedad ya no debía estar en las estanterías. Tomé mis previsiones. No niego, que como científico, temiera contraer un hongo. Saqué del maletín un par de guantes quirúrgicos y usé una máscara que empleábamos con frecuencia en el laboratorio para mantener resguardados los ojos, las fosas nasales y la boca.

“Aleluya”, era su título. Curiosamente el nombre del autor aparecía borrado en la tapa y el lomo. En su interior tampoco hallé la identidad del escritor, salvo en la primera página, donde estaban garrapateadas unas iniciales en medio de una añeja mancha de tinta: HG. Contenía en parte el relato de Samuel, el fiel criado y secretario de Händel y, en parte, la historia contada por el mismísimo maestro, donde atestiguaba los detalles en torno a la construcción del célebre oratorio. Eran fragmentos tomados de los diarios personales de ambos, hábilmente entrelazados, produciendo una complementariedad que ampliaba el panorama ante mis ojos. Dichos fragmentos registraban las impresiones de la enfermedad del maestro y el proceso de creación de “El Mesías”. Había encontrado una verdadera joya. Lo abrí con reverencia. Al pasar cada página, temí que se desintegrara en mis manos:

«1737 fue un año especialmente difícil para mí. Estaba más allá de la madurez, en el inicio del declive físico por la edad y me abandonaban las fuerzas y el brío que se tienen cuando se es joven. Al esforzarme más allá del límite de mis capacidades, tras componer cuatro óperas en menos de doce meses, sufrí un ataque que me dejó con el cuerpo parcialmente paralizado. Era una situación tremendamente desalentadora».

La voz de Samuel, su criado y secretario, ahora hablaba:

«El maestro ha quedado desecho. Es un guiñapo tirado en una cama. El médico no me ha dado buenas noticias. Ante mis esperanzas por la recuperación de su genio y capacidades, ha sido lapidario: Puede que hayamos salvado al hombre, pero el músico se ha perdido para siempre. Cuando esto escuché, me fue imposible contener las lágrimas. El médico piensa que su cerebro ha sufrido lesiones graves y permanentes. Iniciamos el calvario de una recuperación muy lenta que retrocedía cuando pensábamos que habíamos alcanzado alguna mejoría. Sin duda, tanto el maestro como mi persona, padecemos además, la angustia que se desprende de la acumulación de deudas por medicinas y honorarios médicos. Le he visto bajar de peso y desmejorar su rostro, pero contrario a lo que me suponía, la pérdida de algunas libras de su robusto cuerpo, lo ayudó a volverse algo más liviano para movilizarse. Fue así como nos dirigimos a Alemania en busca del tratamiento de las aguas termales de Aix-Capelle en Aquisgrán, huyendo al mismo tiempo del tormento de los acreedores».

Mientras avanzaba en mi lectura, me compenetraba en el drama del compositor:

«Estoy rogando por un milagro. ¿De qué me sirven estas manos si no me es posible producir música? ¿Para qué he desarrollado la capacidad de componer, si no puedo glorificar el nombre del Altísimo?».

Como si se tratara de una tortura, Händel llevaba al límite la resistencia al calor de los baños termales:

«El maestro ha contravenido las recomendaciones de los médicos de Aix-Capelle. Le han dicho insistentemente que debe permanecer un máximo de tres horas sumergido en esas aguas sulfurosas. Más tiempo, puede resultar contraproducente. Eso significa que su temperamento está intacto, pero temo por su vida. Los médicos no dan mucha esperanza. Aun así, le he visto escaldarse como un huevo hervido durante nueve horas y su piel ha enrojecido hasta un tono alarmante».

El relato daba cuenta de la osadía del genio. Parecía un intento suicida. Si no recuperaba sus capacidades, más le valía la muerte. En realidad, Händel estaba dispuesto a dar, la vida por la vida. La temeridad resultó, una lenta pero asombrosa recuperación comenzó a manifestarse. El milagro que Händel pedía, estaba por concedérsele. Ante el asombro del cuerpo médico de Aix-Capelle, George Frederich Händel, empezó a recuperar su movilidad.

«…Sus fuerzas habían regresado. Por ello, nos dedicamos a hacer enérgicas caminatas que encumbraron su espíritu. En nuestro recorrido habíamos pasado por una modesta catedral totalmente desierta. El tinte de la tarde invadía los vitrales. Un agradable aroma a cirios derretidos danzaba en el ambiente. El maestro entró y fue directo hacia el altar. Parecía estar dispuesto a la oración, pero su lenguaje, más que las palabras, era la música. No se arrodilló, ni rezó, aunque lucía emocionado; su respiración era profunda. Fue directo al clavicordio. Sus dedos corrieron en el teclado en una inusual improvisación. El maestro ejercitaba su brazo y su mano derecha antes paralizada. Aquello no era música. No podía serlo. Era la más genuina oración de agradecimiento que jamás se hubiese ofrecido en templo alguno.

―Samuel, he vuelto del Hades ―me dijo…».

Aun cuando Händel había superado lo peor, al regresar a su residencia en Inglaterra, las cuentas seguían amontonándose. Los teatros que habían permanecido cerrados a causa de la guerra contra España, eran reabiertos con otras preferencias musicales. Su propuesta operística era agua pasada. Estaban en boga los espectáculos musicales con el protagonismo de célebres cantantes que habían sido castrados en la pubertad para conservar sus registros angelicales.

«…Señor, es cierto que he recibido un milagro muy grande y estoy muy agradecido.  Me has devuelto mis capacidades, mi virtud y la agudeza de mis dedos. Sé bien que puedo ejecutar el clavicordio mucho mejor que antes de sufrir el ataque, pero ahora, mi música es desdeñable a causa de las nuevas predilecciones. He quedado en el olvido, me ha abandonado la inspiración…».

Samuel, anotó en su diario:

«…se encuentra con frecuencia deprimido y malhumorado. Todavía hace sus caminatas, pero las realiza al anochecer para no ser visto por inoportunos acreedores. Al regresar, intenta componer un poco, pero termina frustrándose pronto».

Una tarde de verano de 1741 el maestro Händel recibió un paquete de Charles Jeaness.

«… Al leer su carta fue grande mi enojo. ¿Cómo se atrevía a pedirme la música para un oratorio alegando haber sido inspirado por el Espíritu Santo? Parecía una burla. Todos los gustos musicales habían cambiado y yo estaba tan desasistido de ideas, que enfrentar el proyecto me parecía totalmente absurdo. Pero luego, al abrir el paquete y comenzar a leer, no me quedaron dudas. La inefable Palabra de Dios cobró vida y susurró en mi corazón de una manera única. Era una cita del libro del profeta Isaías: Consolaos, consolaos, pueblo mío, dice vuestro Dios. Hablad al corazón de Jerusalén; decidle a voces que su tiempo ya es cumplido, que su pecado es perdonado…».

Escribe Samuel:

«El maestro corrió a encerrarse en su estudio. Le escuchaba golpear las teclas del clavicordio de forma intensa y acelerada. Era obvio que el chispazo había incendiado un bosque. Le oía levantar la voz al hacer de tenor, de bajo o barítono y lo que escuchaba me erizaba la piel a pesar de que sabía que se trataba de vagos fragmentos de una obra que se iba convirtiendo en monumental. Me preocupaba su salud, pues parecía desquiciado. Temía interrumpir su proceso creativo y me alarmaba al retirar la bandeja de alimentos, pues estos estaban casi intactos. No levantaba la mirada del papel mientras transcribía la música frenéticamente. No, definitivamente no es bueno interrumpir a un genio mientras trabaja.

»…mis temores iniciales se acrecentaron con el paso de las semanas que duró el proceso durante el cual durmió poco y no se aseó como correspondía. Había adelgazado bastante. Debo confesar que concluyó la obra en estado de ayuno intermitente y yo me sentía culpable al no lograr sacarlo de su excitación para obligarlo a comer.

»…finalmente, al cabo de veinticuatro días, abrió las puertas de su estudio con un manojo de partituras bajo el brazo. Su rostro lívido, parecía brillar como el de Moisés al descender del monte con las tablas de la Ley. Su mirada era la de un demente. Debí suponer que no estaba bien, así que hice traer al médico para que le examinara. El galeno comprobó la extraña conducta y preguntó.

»― Maestro, ¿Qué le ocurre?, ¿Acaso el demonio ha entrado en usted?

»―Al contrario, estimado doctor, siento que Dios ha hecho morada en mi corazón ―contestó con una sonrisa―. Tras examinarlo, el médico lo apreció algo pálido, pero acotó que lo encontraba en óptimas condiciones. Cuando se marchó el médico, el maestro comió con apetito voraz y se fue a la cama por casi diecisiete horas consecutivas.

»Cuando despertó parecía estar en un estado de beatitud increíble.

»―Mi fiel Samuel. Cuánto agradezco tu preocupación por mí. En este momento te pago con creces tu dedicación y entrega.

» ¿A qué se refería el maestro? Yo mismo llevaba cuenta de los ingresos y sabía bien que estábamos quebrados.  Las libras esterlinas que guardábamos apenas nos alcanzaban para comer.

Como si estuviéramos en un teatro fastuoso, me invitó a pasar al estudio con una venia.

»―No tengo otra manera de pagar tu fidelidad y apoyo incondicional. Cuando todos se escandalizaron por mi fracaso y mi enfermedad, tú me demostraste que no solo eres un competente criado, sino que eres un verdadero amigo. Habrás de ser la primera persona que oiga la maravilla que recibí del Señor.

»Se sentó al clavicordio. Cantó y tocó el oratorio entero para mí. Un privilegio. Hubo un momento en que mi cuerpo temblaba sin control. Me pareció que aquello era lo más hermoso que ser humano hubiera escuchado jamás. Por si fueran pocas todas las emociones en mí desbordadas, el segmento final fue, El Aleluya. Yo me hallaba transportado al cielo y mis lágrimas eran un torrente indetenible.

»Si yo, siendo un ignorante, había podido apreciar y reconocer una obra maestra, no era de extrañar que la sociedad cultural del país entero se conmocionara desde los mismísimos ensayos. El oro había sido pasado por el crisol del fracaso y el sufrimiento, y había quedado sin impureza alguna. Si la recuperación del maestro era un milagro, ¿cómo podía tildarse la obra? Ambos, creador y obra, eran parte de una misma manifestación única y Divina. Fui el primero en escucharlo. Después de mí, reyes y plebeyos, ricos y pobres, cultos e ignorantes, creyentes y blasfemos, se rindieron ante el poder indiscutible de la obra.

………………….

Cuando el doctor Morton hizo sonar el fonógrafo, atestiguamos el prodigio. Las limaduras saltaron y dibujaron espectaculares filigranas. La emoción era indescriptible, pero el oratorio nos deparaba una sorpresa todavía más contundente. El Aleluya, era el último movimiento de la obra. Ocurrió algo difícil de imaginar. Las limaduras se movilizaron tras la vibración hasta formar una estrella perfecta de cinco puntas. ¿Cómo podía ocurrir esto? Una estrella es un símbolo de complejísima abstracción y diseño. Un patrón de absoluta carga alegórica. Una muestra del desarrollo estético del ser humano. Un trazado para simbolizar un astro.

Todo esto indicaba que la música de Händel era matemática pura, absoluta geometría, derroche de energía y espiritualidad. No cabíamos de asombro. Si los materiales inertes respondían de tal manera a la música de Händel, era comprensible que nuestros corazones estuviesen a punto de estallar.

Cuando la música cesó, se escucharon largos suspiros. Las chicas del grupo se enjugaron las lágrimas. Muchos estábamos boquiabiertos. Otros, con los ojos desorbitados, permanecían contemplando  la estrella sobre  el cuero del tambor.  El doctor Morton se puso de pie como gesto de respeto. Nosotros lo imitamos. Morton quería decir algo, pero se adivinaba un nudo en su garganta y no quiso exponerse al quiebre. Sin embargo, inició, conmovido, un tímido aplauso. Nos sumamos convirtiéndolo en una pequeña pero cálida ovación. Los hombres y mujeres de ciencia aplaudíamos a Händel de pie.

Desde mi corazón, musitando, solo pude decir:

―Aleluya, Aleluya.

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4 comentarios en «Aleluya»

  1. Roberto, es un excelente relato, te felicito por tu pluma que fluye sin estorbos y que sin echar mano de florituras innecesarias pero usando un léxico bien trabajado, logra mantener la tensión hasta el final. Por algo fue finalista en el mejor concurso de relatos en español en el mundo. Felicitaciones.

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