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VERDE

Jeison Bolaños

Y salgo, brinco peldaños, salto los escalones, diez, quince, limpios, no tan limpios, trato de enderezar el nudo de mi corbata, pero es inútil, está ladeado como si fuera una deformidad inmutable, una nariz torcida o una boca que abre sus labios más de un lado que del otro. Son ocho o diez cuadras hasta la oficina de Marta, los ojos de Marta son como mi corbata, verde agua —dicen— yo digo que son verde corbata de jueves en la mañana. La avenida del Salvador está siendo atendida por una docena de obreros, al parecer sufre una grave congestión en sus cañerías prehistóricas. Me dirijo entonces con paso ligero hasta la calle de Los Sauces, no hay sauces por supuesto, antes los hubo, hace años, ahora esta calle se atiborra primero de sórdidas fondas extendidas a siniestra, las más, de mezquinos hoteluchos después y a la diestra. Una prostituta de bellos ojos que ven sin mirar esa nada que puede ser el mundo, eso mismo que la rodea y la perturba, la recorta contra ese costado de uno de los hoteluchos, esperando, tragando la honda bocanada de humo, aguardando al parroquiano libidinoso y hastiado del correcto deber marital los sábados en la noche y a veces también los domingos o los viernes, nunca un lunes o un martes a no ser que sea día de fiesta. La veo, ella me mira también, hace la seña, el guiño entendible, casi sonrió, casi porque caigo apenas con un mínimo aviso previo, a la última falange de la avenida del puente, y se abaten las bocinas de los carros en sordina como una lluvia de piedras sobre la minúscula calma de hace cuatro minutos. Doy la vuelta y por poco tropiezo con un auto estacionado, los vidrios me devuelven la imagen; el traje oscuro, no se distinguen en el reflejo las líneas tenues de una especie de celeste un tanto opaco, pero sí las canas en mi cabeza y los zapatos lustrados. Sigo, Marta es puntual y debe haber llegado ya a su oficina del cuarto piso, elevador para seis personas, saluda cordial a los copartidarios y colegas matutinos, la reverencia puntual del conserje. Baten sus colas brillantes los peces en el acuario. Se corren las persianas y la luz se abre paso cobijando estrepitosamente muebles y floreros en la oficina tan limpia y tan verde de ella. Camino siempre del lado derecho, pero empujan los transeúntes hasta el medio de la acera. Distingo los muros próximos, las ventanas de oficinas y puestos de revistas. Como fijarse en una mirada que acudiera a mis ojos. Comparar los ojos ajenos de un transeúnte cualesquiera, mujer u hombre, con aquellos exultantes de Marta. Sin embargo, no puedo atrapar las miradas que parecen rehuir a la mía. Siento los ruidos sobre mi cabeza, bajan hasta mi cara como si fueran gotas de algo helado escurriendo por la línea de la espina dorsal, los alaridos de los vendedores de objetos diversos, los motores de carros y de motos, la música zalamera de almacenes y salones de peluquería. Los vidrios suntuosos de las tiendas siempre devolviendo mi reflejo al que me hurto un poco por mi vanidad tan escasa, o porque no quiero parecer vanidoso ante las miradas siempre alevosas de los transeúntes.

Marta tú dirás, soy insistente, me precipito puntualmente a encontrarte, discurro bajo el acogedor abrigo de los árboles del parque y doy vuelta en la esquina, continúo mi paso firme, pero ahora, siento el vaho terrible del sol, el sopor de una mañana caliente me ha obligado a sacarme la chaqueta, me enjugo la frente con mi pañuelo, ese mismo que debería estar muy limpio y sin embargo lo arruina la mancha parda, las orillas amarillentas, y lo que es peor, la crueldad de un agujero y otro más, como los de mi chaqueta, un parche, un remiendo. Me invade el olor a sudor que se levanta desde mi ropa como una cicatriz que el maquillaje se reusó a ocultar. Mi camisa ajada me cuelga un poco de los lados, detengo el apuro y aprieto con mis manos los zapatos, me quedan tan chicos. Los remiendos no pueden contener a mis pies. Ya se miran las medias rotas por un lado y por otro los talones donde ya no hay media alguna. Los he lustrado con cuidado, pero el betún no puede hacer milagros. Marta, ya te veo venir, me darás café en un vaso desechable y pedirás al conserje que me compre un pan o dos a veces. Me acurrucaré en la sombra fresca de la portería, al amparo benévolo de los arbustos que adornan el solemne pasadizo de la entrada. Dirás ¿cómo amaneciste Pedrito?, siempre tan elegante, ¿no? Y yo te haré la seña afirmativa para que entiendas, que a pesar de todo, de mis ruinas, de mis escombros y aunque mi nombre no sea Pedro, tomaré con índice y pulgar este andrajo que tuvo alguna vez una remota semejanza con una corbata quizás verde, muy seguramente verde casi como tus ojos Marta, tan lejos tus ojos de mar como el mar, lejos de esta vasta miseria que soy y me circunda, e intentaré destorcerla, aunque sepa que no se puede. Y ya te vas Marta como esas cosas bellas y fugaces en el cielo. Desapareces bajo la sombra de los arbustos de vuelta a tu oficina, que yo imagino tendrá acuarios y limpios muebles de terciopelo verde, otra vez ese alucinante color de tus ojos, y yo me quedaré un poco más en la sombra fresca, pensando en tu mirada, solo un poco más cobijado por la sombra, pues sé bien hasta dónde llega la paciencia de aquel solícito guardián y evito así, casi siempre, terminar echado a empellones.

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2 comentarios en «Verde»

  1. El «Verde» bolañoriano es un verde de los que calan hondo por los cinco sentidos hasta borrar lentamente toda concepción preconcebida de lo que el verde significó una vez. La naturaleza enterrada pero resollando aún con vida bajo los pies de una ciudad polvorienta. Una naturaleza palpitante en plenitud todavía en los ojos de Marta que un ser humano ha atrapado para siempre en su retina y en su corbata «de jueves en la mañana »

    Uno de los muchos cuentos magistrales del narrador extraordinario Jeison Bolaños!!

    P.D.: Marta, un nombre de pila femenino de origen hebreo y acadio que significa «HIJA» y «SEÑORA», no podría estar más acertado hasta el nombre de esta portadora de vida de ojos de naturaleza pura y salvaje…

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