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Papito

Joel Peñuela

Melquíades y yo nos quedamos solos mientras Alcira, su mujer, se ocupó de algo en la estufa que funcionaba con energía eléctrica.

 

—¿Por qué no cocinas con gas?, es más barato.

Melquíades sonrió, levantó los hombros y contestó que no era problema porque no pagaba energía. Me señaló desde donde estaba «pegado», era el único poste de servicio en dos cuadras a la redonda y soportaba la carga de cientos de cables de todos los tamaños y colores que llevaban la energía a ciento sesenta casas del Barrio Nazaret, en Riohacha, mi ciudad.

—¿Qué haces cuando se te va la luz?

Papito me la arregla —respondió, como si esperara mi pregunta.

 

Lo que hace Papito está prohibido, pero eso no le quita el sueño, aunque si se lo quitara igual tendría que continuar haciéndolo, porque es lo único que le permite llevar un poco de comida a su casa cada día. Algunas veces la policía lo pilla enmarañado entre los cables y se lo lleva para la comisaría.  La última vez que lo hicieron fue hace cuatro meses. Ese día caía una llovizna rala.

 

—¡Usted de nuevo por aquí, señor? ­—preguntó el comandante en la estación sorbiendo una taza de café—, vamos a tener que acomodarle una habitación aquí, ¿no?

 Papito miró al comandante, su cara le recordaba el trasero de un marrano que tenía en su casa cuando él era apenas un niño; agachó su cabeza y metió los labios dentro de la boca para ocultar la risa que comenzaba a escapársele sin su permiso. Sin levantar la mirada, se acomodó en la silla frente al escritorio del comandante. Los dos policías que lo habían traído se miraron entre ellos y luego al jefe; este levantó las cejas, movió la cabeza de un lado al otro y apretó los dientes, uno de los polochos suspiró mientras negaba con la cabeza. 

 

—¡Mucho tipo descarado este! La próxima vez que lo traigan aquí lo voy a poner a barrer la calle, ¡mire! —Con los dedos de la mano donde tenía la tasa de café, el comandante señaló en derredor de la estación—. Todo eso, para que no vuelva a tumbarse la energía.

Papito lo miró sin inmutarse, y afirmó en silencio. Fijó en la taza de café en la mano del comandante.

—¡Más bien regáleme un poquito de tinto! —dijo Papito, mirándolo en forma confianzuda y con una calidez que enfadaba aún más a los dos polochos de pie detrás de él, esperando qué haría el comandante esta vez.

 

—¡Vean! ¡Saquen de aquí a este desvergonzado antes que lo corte a patadas!

Papito no se dio por enterado. No movió un solo músculo.

—¡Que se vaya! ¿No me oye?

—¡Yo de aquí no me voy!

—¿Qué? ¿Cómo así?

—¿Es que no ve que está lloviendo?

—¡Y a mí, qué!

 Papito iba a responder, pero se contuvo. Tragó saliva, miró a los ojos del comandante, luego con rostro de jugador de póquer, con una buena partida entre sus manos, dijo:

—Pues a mí sí me importa, ¿qué quiere?, ¿qué me moje?

—Ajá, a ver, ¿y como qué quiere, el señor, que yo haga?

—Pues que me lleven a mi casa.

—¿Qué?

—Yo así lloviendo no me voy.

—¿«Así lloviendo»? ¿Y por qué no pensó en eso antes de montarse al poste?

—Es que me estaban pagando… ¿Usted me va a pagar pa que me moje?

 Papito hizo un gesto de desprecio: movió la cabeza hacia un lado, apretó los labios y los retorció, luego los separó y dejó escapar un silbido como cuando el aire sale por un resquicio pequeño. El comandante no podía creer la desfachatez de Papito. Se puso de pie, caminó al lado del detenido, pensó en darle un puntapié, pero se acordó que la última vez, casi lo echan de la institución, trató de deshacerse de él cargándoselo a los dos polochos que lo habían traído.  Los dos policías intentaron salir de la estación previendo lo inminente.

—¡Ey, ey, ey! ¿Para dónde creen que van? ¡Llévense a este… de aquí! ¡No lo quiero ver más: ahora ni nunca!

Los dos polochos se miraron atónitos y murmuraron entre ellos: «te lo dije», «te dije que lo dejáramos quieto», «ahora mira en lo que nos hemos metido».  Miraron a Papito que en ese momento estaba con la mirada enterrada en el piso y en absoluto silencio.  Amagaron de nuevo con salir, pero el comandante les lanzó una mirada que los detuvo en seco.

 

—¡Pendejos nosotros!

—¡Qué vaina! —complementó el otro.

—¡Ahora sí, pues, nos ganamos a este güevón!

Uno de los polochos le movió la mano al otro pidiéndole dinero.

—Bájate del bus… pon dos mil; yo pongo el resto.

 

Los dos se miraron con odio, pero pagaron el taxi entre ambos; eso resultaba mejor que lidiar con el detenido y ni qué decir del comandante. Papito cogió los cuatro mil pesos, el valor del taxi y se marchó de la oficina en completo silencio. Cuando comenzó a caminar en medio de la lluvia, los polochos le gritaron:

 

—Ey, y tú, ¿no que no te podías mojar?

—Voy a coger el taxi en la esquina, ¿o quieres tú ir a buscármelo?

Los dos polochos se miraron y entraron a tomar una taza de café caliente para pasar con él el mal trago de la tarde. Antes de llegar a su casa, más mojado que bombero nuevo, Papito llegó a la tienda y compró dos mil pesos en pan y con los otros dos mil le alcanzó para una papeleta de café y media libra de azúcar: era la primera comida del día que sus hijos probarían antes de irse a la cama.

Los policías pasaron al siguiente día por el barrio, como siempre, Papito estaba encaramado y metido entre los cables de un poste de la energía; pasaron de largo mirando para el lado contrario, mientras Papito comenzaba a cantar un vallenato que le gusta mucho:

 

Ay, no sé por qué La Guajira/

se mete hasta el mar así/

como si pelear quisiera/

como engreída/

como altanera…/

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