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EXILIO Y CUARENTENA

Henry Manrique

—La vida, entonces, es histeria colectiva —le mencioné y esperé una respuesta que no llegaría al instante.

 

Él seguía ojeando las páginas de un viejo libro, creo el Manto Rojo, de un tal Nino Amadori, no podía precisarlo pues cierto resquemor me impedía acercarme. La palabra contagio había adquirido unas dimensiones asombrosas que se medían en el aislamiento o el distanciamiento. Sentí, sin meditarlo tanto, que mi presencia tenía cierta fatalidad que lo prevenía.

 

El tiempo latía bajo unos significados diferentes ahora que los dos nos sometíamos al encierro. Habíamos perdido la noción de la hora y, no importaba si era lunes o domingo, pues, el día alcanzaba tonalidades y ritmos que no se diferenciaban, solo entendíamos si clareaba o anochecía, era lo mismo estar en cualquier tiempo. Su biblioteca, aunque en la casa las habitaciones y salones se reiteraban contiguamente al recorrer los zaguanes, era una trinchera para enfrentar lo diminuto que asechaba sin poder verlo.

 

—La misma condición nos amordaza —dijo al fin sin voltear la mirada—. Todos somos uno, eso ya se ha dicho. Al hombre le importa reconocer su humanidad solo cuando el caos es lo cotidiano. Y la muerte, el concepto de la muerte que siempre ha estado, ahora, es la rutina que atormenta.

 

Sus palabras parecían aclarar un misterio.

 

—Tenerla tan cerca, es decir, tener conciencia que todo puede acabar sin concluir algo es terrorífico. Y al instante, sin detenerse, aquí, palpita muy al compás de nuestro pulso acelerado… de alguna forma; estamos condenados a sufrir una derrota. Todos, a todos nos inunda el miedo—. Insistió levantando el tono de su voz, ahora sí, afirmando.

 

Creo, no debemos precipitarnos, dijo pausando la voz, la historia nos ha ofrecido constantemente el fin del mundo.

 

Se volteó para quedar de frente, mirarme y seguir.

 

—Los hombres y sus imperios caen frente a lo invisible —Lento caminó y se acercó a la ventana que se cubría con cortinas transparentes, algo verdosas; las corrió y mientras miraba la soledad absoluta de las calles repuso unos versos que retrataban fielmente el estado de las cosas y de la vida.

Más acá del horizonte la ventana/ Nos queda asomarnos / A mirar tras las cortinas. / Solo sombras y contagios/ Y un silencio entre las ruinas.

 

Eran los versos de un tal poeta A.B, como firmaba sus creaciones, quizá para no ser reconocido, pero todos sabíamos de sus intimidades, los dos lo leíamos. Luego paseó vigilando los libros que se desperdigaban en repisas desniveladas hasta que depositó el Manto Rojo en un estante, acompañado por un texto de Lord Byron que refulgía su lomo vino tinto apretujado en la colección “atados” y junto a la Divina Comedia que palpó con sus dedos…

 

—Ah, el infierno, ¡ah! el infierno que nos toca vivir —repitió como suspirando.

—El infierno es el otro —le respondí aludiendo a Sartre y disimulando el fin de nuestro diálogo…

 

Nuestra distancia era de dos metros, creo. Pensé, pero no lo dije, que en una biblioteca se alcanzan dimensiones infinitas. Y tocaba soportarnos, no había otro remedio.

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