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MARITA

Anushka Tereshkova

Con sus jóvenes noventa años, Marita despliega una actividad altruista hacia sus semejantes, trabajando para madres sin recursos, Supo ser maestra y crió a cinco hijas que hoy son distinguidas profesionales. La conocí a mis pocos treinta y cinco años, pero pese a la gran diferencia de edad, nos hicimos grandes amigas.

Tuve oportunidad de visitar su casa, conocer la capital y sus lugares emblemáticos, disfrutar de su compañía y de sus innumerables anécdotas. Pero la que más me gustó fue la de su boda, la de su amor imposible y su final poco feliz, por lo que visitamos un sitio poco convencional, pero con mucha historia: Un cementerio.

Marita perteneció a una acaudalada familia de campo, con muchas propiedades y costumbres arraigadas a la vieja usanza, de comprometer a los hijos para casamientos convenientes a los que nadie se le ocurría oponerse.

A la hora de elegir una carrera, Marita eligió la docencia en un pueblo cercano a su casa de campo. Su rutina invariable era de estudiar de lunes a viernes y viajar para ver a su familia los fines de semana. En uno de esos viajes, conoció al amor de su vida, con el que tuvo una relación de muchos meses, pero estaba comprometida con quien su padre había elegido para preservar los intereses de la dinastía que iba a dar un linaje perpetuo a tan distinguido apellido.

El novio que Marita tenía en su corazón trató de interponerse a estas cuestiones y decidió cambiar las cosas. Le propuso ir al campo y hablar con su padre, para deshacer lo ya estipulado y pedir la mano de la joven, pero Marita se anticipó y volvió antes para preparar el terreno.

En la estación de trenes la aguardaban su padre y su prometido, prestos a cumplir con lo acordado. Marita no tuvo el valor suficiente para enfrentar a su padre y aceptó la propuesta, con una gran congoja que la acompañaría por el resto de sus días.

El amor verdadero de Marita la esperó por un tiempo prudencial y luego trató de comunicarse con ella, pero grande fue su sorpresa cuando en todas partes se hablaba de la gran boda que se celebraría en la estancia de los Pérez Echague. Era Marita la que se casaba con otro, con quien ni siquiera había caminado por debajo de los cerezos, con quien nunca había mirado la Luna plateada durmiendo en el fondo del estanque, con quien nunca había sentido ni por un instante ese desespero, esa agonía de sentir sus pasos al llegar a la cita. Marita había decidido y él debía olvidarla, callar su amor para siempre, respetar la palabra dada por un padre autoritario e influyente.

Rafael terminó su carrera de médico y se fue a la capital donde más tarde formó una familia y tuvo una hija que le siguió los pasos. Marita sufrió terribles avatares con su esposo, perdió su herencia, tuvo tres hijas y finalmente quedó viuda.

Durante toda su vida ejerció la docencia para costear sus gastos, ya que su esposo la dejó en la ruina total y gracias a la generosidad de su madre que le hizo un fuerte préstamo de dinero, pudo poner su propia guardería de niños.

Una de las cosas que más admiré en Marita fue su gran generosidad, pese a haber pasado por momentos muy difíciles, al punto de adoptar una quinta hija, que fue abandonada por una madre adolescente. De todas sus hijas, la niña fue la única que le siguió los pasos en la docencia.

Marita decidió buscar a Rafael luego de enviudar y lo encontró, pero en un cementerio donde todos los años le llevaba flores para rememorar la única etapa feliz, que la vida le arrebató por no ser capaz de oponerse a los mandatos de su época.

En una de esas visitas, una mujer joven se le acercó y le tocó el hombro suavemente.

—¿Usted es Marita? —dijo con una suave voz afirmando sus palabras.

—Sí, soy yo —respondió sorprendida.

—Mi padre me habló de usted, él siempre la recordaba.

—¿Tú eres…?

—Soy su hija. Haga de cuenta que la conozco de toda la vida. Sé todo acerca de usted y mi padre. Eran novios, luego usted lo dejó y él tuvo que resignarse; conoció a mi madre y me tuvieron a mí. Mi madre murió a los pocos años y él tuvo que criarme solo, partió víctima de un infarto. Siempre tuvo la intención de buscarla, pero no quería…

—¡Rafael! ¡Cómo me hubiera gustado volver a verlo!

—Gracias por recordarlo y traerle flores, seguramente está sonriendo desde donde esté ahora, Marita.

 

Caminaron lentamente hacia la salida del cementerio evocando a Rafael y se despidieron para encontrarse una que otra vez; ahí estaban las que pudieron ser madre e hija, si las cosas hubieran pasado de otra forma.

Dejé ese trabajo y no volví a verla, seguramente ya está en el cielo, junto a su gran amor, siendo por fin felices, porque aquí no pudieron serlo.

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4 comentarios en «Marita»

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