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La barraca de los inútiles

Gastón Ernesto Ludueña

Paso caminando entre las cáscaras del edificio. Es un día hermoso, iluminado y árido de julio. Por suerte, pude entrar a la ciudad sin que me vieran. Nada, que te quieren cuidar de que no te afecte la radiación, pero, en definitiva, todos fuimos mutados. Nuestra generación vivió en esta jungla de edificios, cuando era un vergel de ingenuidad, donde con la palabra se podía construir y destruir civilizaciones enteras en un gran edificio en la orilla del río brillante o, aquí mismo, donde antes hubo una sede de aquella universidad. También se podía reflexionar en la vereda de enfrente, tomando un café en uno de los tantos bares. Ahora son sólo cáscaras radiactivas que brillan bajo el sol puro de julio. Cuánto tiempo que pasó.

Recuerdo cuando era un joven de veinte, veintiún años, creo, cuando sentado aquí mismo, en un banco doble, una chica me tomaba la mano y la llenaba de garabatos mientras yo intentaba entender qué carajos trataba de explicar el decano. ¿Qué habrá sido de esa chica? Me la juego a que aquel hombre murió de viejo antes de la guerra, pero ¿y la chica? Creo que se llamaba Mariana. Me quería, le gustaba y me seguía a donde fuera. A mí, en cambio, sólo me preocupaba que no entendía al decano, ni a los demás profesores ni al resto de los alumnos, que hablaban y escribían de maneras tan retorcidas, mensajes simples que muchísimos años después de haber abandonado la carrera, comprendí, pero con palabras más sencillas. ¿Seguirán con vida esos compañeros crípticos que siempre me miraron raro? Sospecho que, como muchos, sobrevivieron al bombardeo. ¿Dónde estarán ahora? ¿Estarán acantonados en una isla con los pocos libros que quedaron tras el fuego? ¿Estarán en las barracas de descarte, donde pernoctamos los ancianos inútiles a las labores y oficios? Yo les perdí el rastro muchísimos años antes de la guerra. Sólo jugábamos con las palabras; ellos la ponían difícil con sus amaneramientos intelectuales, pero el mensaje era más que sencillo. Ahora ya no tiene sentido, si a gatas sólo se pueden edificar más barracas, porque son básicas y baratas, como las palabras actuales.

No encuentro nada que testimonie nada. Sólo son columnas truncadas de hormigón, nada de vidrios rotos, hierros retorcidos de autos abandonados, ni qué hablar de computadoras y mucho menos, papeles. Nada quedó… nada.

El sol del invierno calienta el mar de piedras que me rodea. Kilómetros y kilómetros de piedras de lo que fuera una ciudad. ¿A dónde iré? ¿Tengo ganas de volver a la barraca de los inútiles? Creo que caminé demasiado. Lo suficiente para no divisar los puestos de control. Ni la policía viene aquí. Me siento libre. Pero tengo sed y hambre. Los escombros no se pueden comer… Están radiactivos. Mi memoria es mi bastón y los recuerdos son mi alimento.

Cerca de aquí, solía haber un enorme parque. Seguramente lo crucé hace algunas horas sin darme cuenta. Más adelante estaría la estación del subte. ¿Conservaría algo de lo viejo en el subsuelo? Ya tengo un motivo para seguir caminando y dejarme de joder con el cansancio, el hambre y todas esas mierdas que hoy están de moda en las barracas. Hace muchísimos años, estaba de moda fumar en el salón de clases; reclinarse en el asiento y exhalar el humo de tabaco para luego acotar sobre qué es el arte y cuál es el sexo de los ángeles. Décadas más tarde, se puso de moda linchar a los fumadores de tabaco en beneficio de fumar marihuana. Décadas más tarde, se puso de moda hablar de lo feliz de sólo estar vivo. Años después, la moda afectó al habla. Los pulgares se gastaron con la versión más rudimentaria de la comunicación escrita. Y, años más tarde, la guerra.

Siempre quise ser longevo a cualquier precio, para saber cómo sigue esta historia de la humanidad. No sé si es por viejo o por sabio, pero para mí, la historia del ser humano se termina acá, en un ato de barracas desperdigadas, rellenas de almas en pena que son alimentadas para durar lo más posible, sin tabaco, sin marihuana y sin pulgares. Las toscas voces de hoy sólo usan unas pocas palabras: aquí, allá, sí, no, mientras las miradas se pierden indiferentes, en el suelo. Lo que no recuerdo, es en qué momento pasó de moda eso de tocarse. Bueno, yo en eso tengo más veteranía. La última persona que me tocó fue esa tal Mariana, en lo que fuera una sede de la universidad, aquí mismo, hace más de… muchas décadas.

El sol bajó un poquito. El paisaje sigue siendo el mismo, no encuentro nada que me señale el acceso a la estación del subterráneo. La entrada al subsuelo debe estar tapada por los escombros. Pero ¿qué escombros levantar? No hay calles, no hay avenidas… sólo escombros calientes por el sol del invierno.

Bueno, suponiendo que esas columnas fueron sostenes de edificios, calculando cierta sutileza en la disposición uniforme, conjeturo que estoy en la avenida Rivadavia. Pero ¿a qué altura? Me doy risa, otra cosa que pasó de moda después de que nos quitaran el derecho a fumar marihuana. Tantos años para legalizarla y funcionó, realmente. Yo la odiaba porque me afectaba las facultades cognitivas, pero cuando la ancianidad encorvó mi espalda, pedía desesperado que mis facultades cognitivas fueran afectadas y me hice dependiente de esa buena hierba. Siempre llegando tarde a todo. Diez años después, la volvieron a prohibir. Tabaco, azúcar, yerba mate, café, videojuegos, cine, publicidades, las escuelas, el teatro, la música, las familias, los niños, las mascotas… todo fue prohibido. Y después, vino la guerra.

Sí, me arriesgo. Acá debe estar la entrada del subterráneo. Trato de levantar una piedra y veo mis manos. Tan oscuras y marchitas. Tan gastadas que ya ni me tiemblan cuando las tenso. Ahora trato de mirar, como puedo, la piel que las recubre, tratando de distinguir si hay una marca del bolígrafo que Mariana usaba para dibujarme corazones mientras yo trataba infructuosamente de entender al decano y a mis compañeros de clase. ¿Tan difícil era hablar fácil para que yo entendiera cosas tan sencillas? ¡Qué manera de joder, Dios mío! Ahora todos estamos confinados a las barracas de los inútiles, siendo alimentados hasta la muerte que parece no querer llegar nunca. ¿Qué habrá sido de Mariana? Seguramente esté viva, como todos los de la generación X, porque de todas las cosas que nos tocó vivir, la más irónica es la prohibición de la muerte.

Alguien llega hasta nosotros cada mañana y nos atiborra con una pasta gris que nos hace perder el cansancio, el sueño, cualquier atisbo de dolor físico, sólo para pasar el día mirando por una ventana un paisaje yermo de cielo azul y piedras blancas. Me atrevo a decir que los guardias del punto de control se hicieron los boludos conmigo dejándome pasar para que llegara hasta aquí y reventara del desengaño.

Camino un poco más con la ilusión de encontrar las vías del ferrocarril, pero es lo mismo, escombros y columnas truncadas. Es la primera vez que veo el sol tan rasante en la ciudad. El viento se siente, pero no se escucha porque no tiene nada con qué chocar y lamentarse. Bueno, sí, choca contra mis oídos, pero eso no importa porque hace como quince años prohibieron escuchar más que esas palabras que dije antes.

En mis tiempos, cuando vivía en la ciudad, había una cancha de fútbol junto a las vías, pero si no hay vías, no tengo referencia para saber dónde estaba exactamente. Igual, la demolieron cuando prohibieron el deporte y luego vino la guerra.

Levanto unas piedras y las acomodo como si fuera un banquito. Necesito descansar y respirar un poco. Si este desierto de piedras que antes fue mi ciudad está contaminado por la radiación, no se nota. El aire es más puro que en las barracas. Y si hay algo que no está prohibido, es respirar. Cómo se rellenan mis pulmones, cómo se enriquece la mirada con el oxígeno. Tengo hambre, pero no me debilito. La pasta gris de cada día me mantiene con energía suficiente para respirar esta delicia de cementerio. A pesar de tantos años de estar solo, ahora quisiera compartir este momento sublime con alguien, quizás con esa tal Mariana, que garabateaba corazones en el dorso de mi mano mientras trataba de entender el discurso retorcido del decano. ¿Tanto le costaba bajar el nivel discursivo para que yo pudiera entender cosas tan básicas?

Las piedras blancas se volvieron cobrizas. Deben ser las cuatro o cinco de la tarde. Me dejo encandilar por el sol oblicuo mientras mis cabellos se revuelven por el viento silencioso. Gracias a que prohibieron la vergüenza, ya no me avergüenzo de sentirme solo. Me miro la mano derecha y no encuentro ni una marca del bolígrafo de esa chica… Mariana se llamaba, creo. ¿Me habrá odiado por no prestarle atención? Es que yo quería entender al decano y ella me molestaba. Cuando comprendí que el decano decía en su lenguaje críptico cosas tan básicas, tan obvias… cuando comprendí el significado de todo eso, me arrepentí de no haberle seguido el juego a esa chica. Si me hubiera anotado en Medicina, habría sido todo más fácil. Aunque hoy en día da igual, porque a mi edad, no estaría en otro sitio que en esa barraca, con todos los inútiles como yo, siendo alimentado con una pasta gris, porque está prohibido morirse.

El sol se ocultó y yo sigo aquí sentado. Con mis recuerdos y mis palabras pude reconstruir la ciudad que tanto amé, con sus luces y sus coches. Con su música y sus puestos callejeros. Reconstruí la facultad de Letras y las marcas en la mano que me dibujó esa chica que creo, se llamaba Mariana. Pero no pude ni puedo por más que trate y me arranque los pelos para forzarme, reconstruir a las personas. No puedo hacer que aparezca Mariana ni el decano, ni mis compañeros hablando en esa lengua retorcida sobre algo tan básico que luego con el tiempo comprendí. 

Alguien me trajo de vuelta a la barraca en cuanto me quedé dormido. Me estuvieron vigilando todo el día y esperaron a que cayera rendido sobre las piedras negras de la madrugada. Durmiendo me trajeron de vuelta. Eso suelen hacer desde que hace muchísimo tiempo, prohibieron las puteadas. Yo los habría insultado en el camino de regreso si los hubiera visto venir hacia mí. Los que habían prohibido las puteadas fueron los mismos que habían prohibido la queja, que eran los mismos que no paraban de quejarse cada segundo del día hasta que un día, vino la guerra.

Cuando levantaron las barracas, al no poder prohibir las reverberaciones prohibieron los ronquidos y al no poder prohibir la respiración porque chocaría con la prohibición de morirse, me hicieron un favor.

Sólo se oye la respiración calmada de los que duermen, la expresión más básica de la vida, y si es básico, está bien. Pobres viejos inútiles, carcamanes bicentenarios sin sexo y sin nombre, cuya única identidad es el permanecer en los camastros hasta que alguien nos mete en la boca esa pasta gris que nos hace sentir vivos. Cuando prohibieron la identificación y perdimos las características, todos fuimos la misma persona. O sea, que esta mañana nos saqué a pasear. Todas las respiraciones que se escuchan en la barraca de los inútiles, son la mía. Si aguanto la respiración, todos callan y el silencio… Cuando prohibieron el silencio ya no pude silenciarme.

Voy a seguir durmiendo y mañana, con el nuevo sol, voy a volver a escaparme. ¿Pero para qué volver a escaparme? No quiero volver a ese desierto de piedras blancas.

Voy a echarme de costado, voy a cerrar los ojos y como todos somos el mismo, voy a buscar soñando a esa chica que, creo se llama Mariana, porque sé que ella está durmiendo en algún rincón de esta barraca de los inútiles, soñando que me busca para escribirme en la mano un corazón, para que yo la invite al café frente a la sede, para fumar y reír luego de explicarme qué estaba diciendo el decano con palabras retorcidas, ese mensaje que se decodifica en un beso y eso era todo. Tantos años devanándome los sesos y cuando pude comprenderlo… vino la guerra.

Lo que hace que yo, ellos, nosotros, no explotemos y caigamos en el precipicio de la locura, es que todavía, no prohibieron soñar.

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1 comentario en «La barraca de los inútiles»

  1. Es una historia muy interesante, me lleva a pensar que el hombre se encuentra en el limbo después de la guerra y que hace un esfuerzo gigante para recordar cuando estaba vivo aferrándose a lo terrenal de su pasado. A demás la historia muestra una narrativa de fácil comprensión enriquecida de elementos que ayudan a darle paso a la imaginación y te mantiene expectante hasta el final.

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