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LA COPIA DE MI LLAVE

Leonardo Petro

 

LLAMÉMOSLO CAFÉ

Usted me debe un beso,

pero llamémoslo café,

para que el mundo no entienda,

para que la rutina no sospeche

que tras ese café hay labios que tiemblan

y miradas que se enredan en el humo.

 

Podríamos llamarlo helado,

como esos que se derriten lentamente,

sin prisa,

dejando un rastro dulce

en las comisuras de la vida.

Un helado para esconder los suspiros

que se escapan sin permiso,

como si fueran secretos alados.

 

Las palabras cifradas tienen su magia,

porque decir «beso» sería desnudarlo todo,

y mejor vestirlo con metáforas,

con excusas de azúcar y espuma.

Así, cuando llegue el momento,

y usted me pague lo que me debe,

llámese café o helado,

al final nadie sabrá que la etiqueta…

 fue sólo un pretexto.

 

 

MONOSILABOS, UN SILENCIO DISFRAZADO

 

«Conversar con monosílabos es como bailar con un fantasma:     

uno se esfuerza por no pisar el vacío mientras el otro finge estar ahí».     

Leo Petro     

 

«¿Cómo estás?»,

le pregunté con la voz en la mano,

esperando más que un eco,

pero ella simplemente respondió «bien»,

eso me llegó como un portazo,

un silencio que se disculpa al cerrarse.

«¿Y tú?», devolvió,

con el tono de quien cumple un guion,

sin ganas, sin tiempo,

como una frase escrita en lápiz

que ni siquiera merece tinta.

 

«¿Hiciste algo hoy?», me atreví a insistir,

porque los valientes no se rinden a la primera,

aunque su frío «sí» me dejó frente a una puerta

que no supe cómo abrir,

o cómo cerrar.

Porque a esas alturas,

ya no sabía sí estaba dentro o afuera.

«¿Algo interesante?», arriesgué en el vacío,

pero ella «no» cayó como la sombra de un puente

que nadie cruzará.

 

Hay monosílabos que son puñales discretos,

dagas que se clavan sin ruido.

Dicen «te escucho»,

pero están incompletos,

son el arte de callar

usando palabras pequeñas.

Es un juego tramposo donde uno siempre pierde,

aunque no caiga del todo.

 

Y mírame aquí,

haciendo malabares con sus respuestas cortas,

soñando que sus monosílabos algún día

abran la calle y no la cierren.

 

Tal vez en su «sí» hay miedo al abismo

y en su «no», una guerra contra espejismos

que nunca dice en voz alta.

Tal vez sus palabras son jaulas,

cerraduras oxidadas,

y yo, como un idiota,

busco llaves que ni existen.

 

Así que me rindo sin ruido.

Me retiro despacio,

la dejo en su mundo

sin juicios, sin reproches.

Porque cuando decida hablar,

si alguna vez lo hace

aquí estaré,

con un «hola» que no se apaga.

 

 

NO SÉ SI YA TE DIJE

No sé si ya te dije que me gustas,

o si acaso lo has leído entre líneas,

en esos mensajes donde intento ser prudente

pero siempre me delata la urgencia.

 

Me gustas en la certeza de no haberte visto,

en la ironía de imaginarte mejor

de lo que la realidad podría permitirse.

 

Me gusta pensar que tu piel tiene el olor del limón en flor,

que hueles a brisa de mar,

a café sin azúcar, a domingos sin prisa.

Imaginarte sonriendo

con un secreto entre los labios.

 

Nunca he escuchado tu voz,

pero la adivino en los silencios que nos quedan

entre mensaje y mensaje,

en la pausa que haces antes de responder,

como si cada palabra tuya

fuera un acto premeditado de ternura.

 

Enséñame a leerte como si fueras un libro abierto,

a entender que hay miradas que no necesitan ojos,

que hay distancias que se acortan

con solo un «buenos días» escrito en la pantalla.

 

No sé si ya te dije que me gustas,

o si hace falta decirlo.

Quizá lo sepan nuestras conversaciones a medio escribir,

las frases que dejo abiertas

esperando que las completes,

y que de algún modo,

siempre lo haces.

 

 

LA COPIA DE MI LLAVE

Darle a alguien la copia de tu llave

no es un gesto cualquiera,

es el prólogo de una confesión.

Es abrir la puerta de un templo,

de un secreto,

donde revelas quién eres cuando nadie te mira.

 

Al inicio la llave suena a promesa.

La entregamos temblando,

con el vértigo que provoca la vulnerabilidad.

Hay algo casi sagrado en decir:

“Entra cuando quieras,

este espacio es tuyo tanto como mío”.

 

Luego, en mitad del camino,

el metal empieza a pesar.

La llave está ahí,

pero ya no se usa con la misma frecuencia.

Los ruidos se tornan rutina;

el giro en la cerradura suena más a obligación

que a invitación.

El templo sigue en pie,

pero el aire es frío,

y las sombras empiezan a hacer esquinas.

 

Cuando llega el final,

ya sea por amor roto o vida partida,

la llave regresa a tus manos.

«Devuélveme la copia,” decimos,

y no hablamos solo del metal.

Te devuelven o devolvemos los días compartidos,

los silencios entendidos,

las palabras que se quedaron en los umbrales.

 

Dar una llave es abrir un capítulo

y pedirla de vuelta es cerrarlo.

Pero aunque las puertas se cierren,

aunque pidamos las llaves o las devolvamos

siempre queda la esperanza de que algún día

alguien vuelva a cruzarlas sin miedo.

El gesto duele,

pero también libera;

te recuerda que un templo puede vaciarse

para ser llenado de nuevo.

 

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1 comentario en «La copia de mi llave»

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