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PAGAMENTO*

Juan Manuel Gómez

Cuando Abelardo Izquierdo tomó el balón entre sus manos se acordó de su Gran Madre, la Sierra Nevada. Hacia allá iba a mandar el balón que rompería las manos del portero rival y la red del arco. Era el último partido de la región Norte del Campeonato Nacional Indígena de Futbol y el encuentro lo disputaban ante el equipo wayuu. Con el marcador en tablas durante todo el partido, el empate le bastaba a ellos para consagrarse campeones.

Pensaba en esa montaña después que, faltando un minuto para concluir las acciones, el juez sancionó penalti a favor del combinado local. Su compañero, el delantero Naringumo Villafañe incursionó en el área de los wayuu, regateó a un defensa rival, quien le metió una zancadilla provocando la infracción cobrada por el árbitro.

Los jugadores wayuu protestaron la decisión rodeando al juez central. Unos futbolistas ikun tenían las manos en sus cabezas, incrédulos ante esta gran oportunidad. El arquero Pinto, de rodillas le agradecía a Serankua, la deidad de los pueblos de la Sierra, por su generosidad. Era una posibilidad para la gran hazaña.

El penalti debía ser convertirlo por el capitán. Abelardo era mirado por sus compañeros, el banquillo y los pocos indígenas de la Sierra que estaban en el estadio de la ciudad de Santa Marta acompañando a su equipo: ikun, kogui, wiwa y kankuamos.

Reaccionó con valentía recorriendo el campo entre los gritos del público y las arengas de sus compañeros: ¡Rompe el arco! Al mismo tiempo era silbado por los aficionados provenientes del desierto de La Guajira.

Tomó el balón y lo apretó con las manos. El árbitro le recordaba lo que no se podía hacer, pero Izquierdo estaba nervioso frente al arquero guajiro, solo oía los latidos del corazón y la respiración. No lograba acomodar el balón en el punto blanco, sentía que este se movía por su cuenta, burlándose de él. ¿Al centro? ¿A la derecha? ¿A la izquierda? ¿A lo Panenka? Indeciso, no sabía cómo ni a donde patearlo. Intentaba calmarse, pero no hubo tiempo. Sonó el silbato y comenzó a correr para finalmente pegarle al balón sin mirarlo. Después sólo observaba como se elevaba por encima de la portería, pareciendo que se fuera dirigir hacia la misma Sierra Nevada tal como lo había pensado, pero no de la forma en que sucedió.

De repente hubo un silencio por parte de los indígenas que habían llegado de la Sierra, seguido de los gritos de alegría del portero wayuu que se abrazaba con sus compañeros y el escándalo de los aficionados provenientes del desierto de La Guajira que ya tenían asegurado su título y el derecho a disputar la gran final nacional en la capital de la república.

Los compañeros de Abelardo tardaron en reaccionar, pero luego fueron a consolar a su capitán que se encontraba tirado en el césped del estadio samario como un guerrero caído en combate, él solo quería salir de allí y regresar lo más pronto a la Gran Madre, pensando en que debió hacerle un pagamento con piedras preciosas antes de disputar el torneo.

* Primer lugar Categoría “El encanto de mi país”, concurso de Cuento Corto “El Encanto de mi País 2022”, Dirección de Bienestar y Experiencia del Estudiante de la Universidad de La Sabana.

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