PESSOANDO
ANUSHKA TERESHKOVA
Si hubiera llegado primero al mundo, no sentiría esta infelicidad que siento por no poder estar en la ciudad más bella, llena de museos y bibliotecas, con enormes farolas como soles, con fuentes derramando frescura, con ruidosos vehículos zigzagueando por doquier.
Ni tendría estas ganas de escribir como Pessoa, conocer su casa y tomarme un vino en “flagrante delitro” en un bar de Lisboa, no querría conocer y vagar por las calles donde caminaron mis autores y pintores franceses favoritos ni descreería de la llegada del hombre a la luna.
No me arrepentiría de haberte amado y luego odiado con todas mis fuerzas como si a ti te importara más que aquel papel inservible que has de tirar en el basurero de tu oficina, porque podría ser un error tirarlo y podrías querer buscarlo de nuevo, -que suerte la del papel- que no se habría inventado si yo hubiera llegado primero.
Si hubiera llegado primero al mundo, no tendría que aprender otro idioma ni esperar el autobús a un barrio que no existiría, que no tendría las plazas más bonitas que mi barrio no tiene.
Cuando uno llega primero al mundo no está obligado a enumerar todas las cosas que se hicieron en todo el tiempo que hace que el mundo existe y que no puede nombrar por temor a olvidarse alguna.
El que haya llegado luego me ha dado la posibilidad de excusarme por tener delante un mundo hecho, un montón de cosas por desear y no tener, un espacio repleto de cosas para codiciar y perder día tras día porque ya hay cada vez menos tiempo para lograrlas todas.
El que haya llegado tarde y encontrar todo hecho, me limita a querer hacer sólo lo que no está y no tengo la más mínima idea de cómo hacerlo.
El que crea que no podre lograr las cosas que no se han inventado me abstrae a tal punto de lo ya inventado hasta el límite de convertirme en un punto ínfimo en el universo.
¿Y cómo habrá comenzado todo en el universo?
Tal vez con un punto, un punto que quiso ser lo que no estaba, lo que nadie había imaginado, lo que no era cierto aun por no formar parte del tratado que nos han impuesto.
Alguien fue un punto y dijo que eso era un punto, luego vino alguien que reafirmo la idea de que el punto era un punto y que nadie debería dudar de que eso era un punto.
Y si yo hubiera llegado en ese preciso momento hubiera deseado algo imposible, algo que aún no estaba inventado, algo incierto, algo que nadie hubiera escrito que era eso.
No he llegado primero y no he llegado siquiera al final.
Si dejara de preguntarme dejaría de sentirme tan infeliz como me siento.
¿Y quién decretó que es ser feliz o infeliz, quién patentó el deseo, la codicia de tenerlo todo, la avidez por comerme el mundo por no tenerlo?
Y caigo en la cuenta de que no hay principio ni fin, ni contrato ni punto ni deseo, sólo la posibilidad de estar observando lo ya creado, sin el peso de tener que hacerlo, sin la presión de estar primero, ni al final.
He decidido dormir y despertar, y eso es todo.
Tal vez, sólo tal vez, haya una mínima posibilidad de decretar algo nuevo, algo mío, sutil, efímero, como ese rayo de luz que se filtra debajo de la puerta en esta habitación en penumbras donde pago mi sentencia por pensarlo todo tanto.
La lucidez y la locura juegan a esconderse en los rincones de mi casa desierta y silenciosa, a veces se encuentran, se miran a los ojos como fieras a punto de dar el zarpazo y yo las espanto y vuelven a correr y a esconderse en los rincones de mi alma.
Decía que hay una mínima posibilidad de crear algo nuevo, un decreto que invoque al universo entero que unos puntos y se produzcan despertares después de eternos sueños y que certifique que la luna está y que todos vamos a llegar a ella ese día lejano o cercano para hacer realidad los deseos.
Hay una mísera instancia que puede llegar a abrir la puerta y dejar pasar la luz. el aire, el calor o el fresco.
Cierro los ojos y como por un túnel largo me deslizo a ese Aleph donde todo converge y todo se hace realidad.
En el borde de mi cama está sentada triunfante una de las fieras, con la boca sangrante, con los ojos brillantes, con el pelo erizado luego de haber ganado la batalla.
Había una remota posibilidad de cambiar mi realidad, pero yo me resistía con todas las fuerzas posibles e imposibles.




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(Argentina. 1966). Aborda temas de hondo contenido humano, enfatizando en el desamor, las emociones, la cotidianidad y la búsqueda del autoconocimiento a través de la introspección y la escritura autobiográficas.

