NO DIGAS NADA
Valentina Romero Mendoza
Cenizas
Al recordar aquellos momentos, mi alma vibra sin estar en mi presente. Merodeas en cada parte de mi cuerpo y, cariño, me encanta ser prisionero de ese amor que me pone los pelos de punta, un amor que ni un par de locos entenderían.
Amor, sí, amor, que me hace creer que nunca estuve en la tierra, que habité en el mismito cielo con una mirada angelical que me hizo perder la razón. Cada vez que ella abría la boca, el tiempo se detenía y la pasión recorría cada rincón de mi cuerpo. Estar contigo era simplemente hermoso; no había algo más puro que ser, en tu historia, el galán. Desde entonces, trajiste tu cálida primavera a este invierno, y te abracé. Me aferré como el cristiano a su religión, porque sin tu remo sería imposible llegar a un buen puerto, ese puerto que sería nuestro destino para ser felices.
Después de tanto, solo encuentro cenizas. Es increíble cómo ese fuego que permanecía entre ambos, ese fuego que juré nunca dejar apagar, se me salió de las manos. No pude impedir su descenso, pero la memoria no falla, y serán las cenizas de mi vida. Cenizas que, aunque para los demás sean un simple polvo, para mí serán el rostro del amor de mi vida.
Espero que, cuando pase por su mente, se le dibuje una sonrisa, que sus mejillas se tornen color rosa y su corazón palpite con la misma intensidad con la que lo sentí la última noche.
Mis besos tendrás que sepultarlos.
No digas nada
Pequeña, no merecías haber sentido tanto miedo, no exageraste. Yo pude sentir ese escalofrío que invadió tu cuerpo, cómo tu boca se cerró de repente y ninguna palabra salió. ¿Cómo iba a salir alguna, si eras la próxima víctima? Tan vulnerable como ese niño que, sin saber caminar, quiere hacerlo. Tampoco merecías sentirte decepcionada, tú no lo buscaste.
¿Acaso hay alguien que quiera buscar la muerte? Aquella muerte que tuve un par de segundos al frente. La muerte la conocí aquella tarde. Se materializó en hombre. No olvidaré esos ojos. Al verlos, solo pude ver cómo me arruinaría la vida.
Una vida que, después de ese día, no existió más. Y desafortunadamente, moriste, pequeña. No abandonaste la tierra, pero sí tu vida. Tu sonrisa nunca volvió a ser igual. Qué irónico… te intentaron callar tres veces. Aquel hombre no quería ser expuesto. ¡Cobarde!
Cobarde. Yo tampoco quería ser tachada. Tampoco quería ser callada. Y mucho menos, morir en vida, como yo lo hice. Vida que ya no tengo. No sé qué hedor desprendía mi cuerpo para llamar tu atención. Espero no tenerlo más. Lo siento, pequeña. No he podido arrancar ese recuerdo.
En serio, lo siento. Doce meses no sirvieron para nada. Ese maldito aún me visita en los sueños, continúa torturándome. No sé qué más quiere de mí, si se llevó mi vida. Qué tristeza cuántas personas dijeron: “Pobrecita, ella no se merecía eso”. Solo eran voces que no cambiarán nada.
Nunca había querido conocer la soledad. Y terminó convirtiéndose en mi amiga. En medio de ella, muchas veces esperé la muerte. Muerte que nunca llegó. Gracias a quien la distrajo, porque tenía que vivir para contarlo. Contar que, un día cualquiera, intentaron abusar de mí.
Para ver si, por lo menos, conseguía salir de este mar de rabia, tristeza y temor en el que vivo hace varios meses. Pequeña, lo lograste. Tú sí dijiste todo. Cuando casi logran que no digas nada.




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Nacida en Maicao, La Guajira. Tiene 22 años y una trayectoria literaria que comenzó desde temprana edad.


Excelentes escritos 👏👏👏👏👏 joven con mucho talento