MENTIRAS PIADOSAS
Anushka Tereshkova
Agobiada y decepcionada, luego de una seguidilla de infortunios, dirigí mi atención a trabajos más desobligados. Paseaba por las calles de la ciudad en busca de posibles atacantes que me hicieran reforzar ese estado triste y punzante que llevaba a cuestas.Es fácil dar de comer al dolor cuando el alma hace agua por todas partes. Todo te predispone al llanto, a la queja y al desasosiego. Una simple charla puede sumergirte en un pozo ciego, devastador, negro y frío.
Mis botas gastadas, mi abrigo pesado y fuera de época, mi sombrero deforme y mi bastón me daban la apariencia de una verdadera pordiosera. Mi rostro se reflejaba en los charcos del camino, otrora polvoriento, ahora fangoso. Mis manos heladas hurgaban mis bolsillos agujereados, esperando encontrar el billete salvador para no pasar otro día de hambre y más tristezas.
Mamá esperaba en casa, olvidada del tiempo, arropada entre sábanas amarillentas y gatos diseminados por doquier. Los días buenos salían paseos de perros, masajes, repartos de paquetes o trabajos de poca trascendencia, para pagar los medicamentos, un trozo de carne y algunas otras vituallas, generalmente para alimentar a mi madre y los gatos. La señora gorda del kiosco me decía que le gustaría tener mis medidas para ponerse ropa elegante. La modista me daba sus prendas para repartir y, alguna que otra vez, unos centavos de más para que me fumara un cigarrillo. Yo lo guardaba hasta juntar lo suficiente para un trozo de pastel, que era lo que mamá miraba con desmedido placer y se comía hasta la mitad para ofrendarme el resto.
Había dejado el hábito de escribir un diario que contaba los episodios de la vida de un criminal de guerra nazi que había despertado muchos años después de la guerra y no sabía quién era. Mi mente se fue secando y, de mis épocas de prolífica narradora de mentiras, había perimido. No era agradable traspasarse de frío ante la obsoleta maquinita de escribir que cantaba una monótona canción nocturna. Mamá me gritaba:
—Ven a acostarte, tengo frío —y yo me acomodaba a su lado a darle calor. Eran épocas buenas, comparadas con estas últimas.
Apenas abrí la puerta, me dijo con un hilo de voz:
—Hija, los calmantes ya no me hacen nada. No los compres.
Y mi pena se multiplicó por veinte.
—Claro que te hacen —le dije, acercándome al lecho.
Me acomodé a su lado y le acaricié el rostro, poblado de arrugas profundas.
—Mañana comeremos tu plato favorito. Me van a pagar unas cosas que vendí.
Le canté una canción de cuna y le hice unos masajes para que entrara en calor. Los gatos lloraban en la ventana y hacían un coro tétrico.
Me fui quedando dormida y las sombras de la noche inundaron el cuarto. Mamá pronunció mi nombre por última vez para decirme que había sido la mejor de sus hijos, porque no le había dado quebrantos ni dolores de cabeza. Yo le contesté que en algunas horas comenzaría a preparar su comida favorita y que se durmiera pensando en eso. Era mentira, pero ella se olvidaba en pocos minutos de todo cuanto yo le decía.
Al despertar, la vi con los ojos abiertos y la cara pálida. Sus manos estaban tiesas y mi calor no podría recobrarla nunca más del gélido abrazo de la muerte. Los días posteriores me quedé acostada en su lugar de la cama. Era toda la herencia que me había dejado: en el guardarropa, algunos vestidos de tela brillosa y sombreros de todos los modelos.
Mi capital se había convertido en incalculable si los vendía. Le inventaría previamente una historia increíble sobre las andanzas de una bailarina de cabaret que había sido la reina de la noche en sus mejores tiempos. Desempolvé la maquinita de escribir y me puse a contar historias vanas que desechaba más rápido de lo que duraba la vela que me alumbraba tímidamente. Mamá no quería que gane dinero a sus costillas y se había llevado todas mis ideas.
Entrada la noche, me metía en su lugar de la cama y fingía abrazarla.
Las cosas que guardaste se están vendiendo bien, —le decía— mañana comeremos pastel.
La mentira esta vez era para mí.




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(Argentina. 1966). Aborda temas de hondo contenido humano, enfatizando en el desamor, las emociones, la cotidianidad y la búsqueda del autoconocimiento a través de la introspección y la escritura autobiográficas.


¡Precioso, querida Anushka! Sensible hasta el tuétano.
¡Gracias! Me alegro de leerte nuevamente.
Saludos hasta la Argentina.