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DEL MAR AL INFIERNO

Juan Manuel Gómez

Nadaba tranquila en las aguas del territorio salvaje de la abuela Palaa. Con ayuda de las corrientes marinas, me dirigía, junto con algunas compañeras de travesía, hacia las hermosas playas de Jepira para anidar en sus orillas como parte de nuestro ritual natural de reproducción. El lugar exacto de Jepira al que debíamos llegar era conocido como Sawainrü, sitio donde había suficiente pasto para nosotras. Sawainrü era también mi nombre, una palabra en lengua wayuunaiki para referirse a nuestra especie de reptiles quelonios. Los científicos nos denominaban Eretmochelys imbricata y, en castellano, éramos conocidas como tortugas carey.

Pero no pudimos llegar a Sawainrü. Todo cambió en la ruta hacia la Alta Guajira cuando recibí un disparo de arpón por parte de un pescador apalaanchi. No fui la única en ser arponeada: varias tortugas fueron atacadas por esas bestias que se valían de sus instrumentos para atraparnos. No les importó que éramos las vacas que formaban parte de los rebaños de la diosa Pulowi, protectora de los animales marinos. Ella únicamente permitía que los apalaanchi capturaran una de las nuestras cuando estos pescadores solicitaban su permiso con infusiones de alouka o malambo. Ahora se habían vuelto locos pescando tortugas de manera desproporcionada.

La herida que me causó el disparo fue tan profunda y dolorosa que fui perdiendo las fuerzas para seguir nadando; además, el arpón quedó ensartado en mi caparazón, situación que aprovecharon los apalaanchi para arrastrarme hacia su bote, donde fui subida en medio de redes junto con otras tortugas. A bordo, nos golpearon inmisericordemente para que no intentáramos escapar. Si esos pescadores tan solo se hubieran llevado una de nosotras, las demás habríamos sido curadas por la diosa Pulowi, quien nos cargaría hasta el morro de Julianarü, quitaría los arpones incrustados y sanaría las heridas para liberarnos en el mar salvaje. Pero esta vez no pudo protegernos.

Los apalaanchi nos llevaron hacia las playas de Punta Gallinas. Teníamos mucho miedo, porque recordábamos las historias que nos narraban las tortugas viejas en el mar: En tiempos antiguos, otras bestias, parecidas a las que nos atraparon, cazaban a las nuestras para arrancarles sus caparazones, con los que hacían muchos objetos que usaban en su vida diaria. Esperaban escondidos en la noche a que las tortugas llegaran a anidar en la playa; luego, se acercaban en silencio y las volteaban, colocándolas patas arriba. Así, las nuestras no podían escapar y ellos se iban, regresando al día siguiente para matarnos en grandes cantidades. La cifra de quelonios que asesinaron desde entonces fue tan numerosa como las estrellas del cielo que veíamos para guiarnos en los viajes marinos.

Ese era el destino que nos esperaba en Punta Gallinas. Al llegar a la playa, los apalaanchi nos tiraron de los botes. Algunas tortugas ya habían muerto por las profundas heridas de los arpones. Yo aún estaba con vida, y me llevaron hacia su ranchería, allí mismo, en las orillas. Cómo deseaba que amaneciera para convertirme en piedra y que así no pudieran hacerme nada. Luego, llena de terror, me di cuenta de lo que en realidad pasaba con nosotras: colgaban nuestros cráneos en las puertas de los corrales del ganado o en los árboles frutales; todavía usaban los caparazones y, lo peor, éramos descuartizadas poco a poco para utilizar la sangre, la bilis, la grasa, el pene, los riñones y, finalmente, comerse nuestra carne, todo ello en medio de una intensa y tortuosa agonía. Viviría el mismísimo infierno entre esas bestias que caminaban erguidas. Solo esperaba que mi muerte fuera rápida y que la diosa Pulowi los castigara algún día por esta crueldad contra sus rebaños.

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1 comentario en «Del mar al infierno»

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