El secreto de Yenilde
Adalberto Camargo
Hoy con más de sesenta aniversarios, con su plateada cabellera y el surco de los años marcando su rostro curtido por el calor tropical y la mirada perdida en el laberinto de sus pensamientos, se dejó caer sobre el sillón de la terraza de su casa. Aun no entendía por qué nunca olvidó el suceso que le marcó la vida siendo todavía una adolescente, además, ella era una asesina inconfesa. El peso de la conciencia era como una roca sobre su cabeza, a veces le quitaba el sueño, otras veces la sacaba de los chiros, eso la había convertido en temida y rechazada, no había podido desahogarse con nadie ni siquiera con su madre, tal vez por miedo a ser juzgada, quizás por vergüenza; una tormenta que no cesaba, algo habría que hacer, no podía llevarse ese secreto a la tumba y aun peor, Dios se las cobraría el día del juicio final, era lo que le escuchaba decir al padre en la iglesia.
Aquella tarde, su padre la había enviado por agua al río, muy cerca al pueblo. Chorrera para esa época era como todos los pueblos de la comarca, muy sano; ella bajó la cuestecita antes de llegar al arroyo y siguió un poco más adelante donde se encontraba la corriente limpia y cristalina, pues el agua era para el consumo. Unos metros antes, lo vio salir de entre el mogote de castañetas y escobillas con su lívida mirada morbosa y brillando de deseo ofensivo e intimidante, ella conoció sus intenciones y quiso salir corriendo, pero él le cerró el paso y entonces decidió luchar por su dignidad. La superioridad muscular y la rudeza del salvaje hicieron que el ultraje fuera peor aún y después de revolcarla la poseyó extenuada de forcejear. Lloraba y maldecía al mismo tiempo, la amenazó de matarla y también a su mamá si llegaba a denunciarlo. Él, el indio Gerónimo, era conocido por todo el pueblo por su huraño comportamiento cuando bajaba del cerro a vender sus productos cultivados en esa parcela que nadie conocía; vivía solo y era un completo misterio su existencia.
A partir de ese día, Yenilde se volvió una rebelde implacable, una compañía insoportable, mal hablada y respondona, quería gritarle a todo el mundo lo que el viejo asqueroso le había hecho, pero la fama de hechicero del indio Gerónimo la frenaba y el miedo vencía sus deseos de venganza. No aceptaba galanteos de ningún hombre cuando resaltaba su figura en un piropo, les agredía verbalmente. Era rubia de ojos azules y elegante contoneo al caminar, una coqueta natural, pero aquel asqueroso incidente la había hecho vivir prevenida contra todo lo que fuera masculino y se volvió ruda, no quería mostrar debilidad ni fragilidad por el hecho de ser mujer.
El indio Gerónimo seguía bajando al pueblo en sus esporádicas salidas del monte a vender sus cosechas y a comprar lo que necesitaba para subsistir en esa ermitaña soledad, pero cuando solía cruzarse con ella, Yenilde notaba en él esa sonrisa de triunfo y también su mirada de deseo y hacía un gran esfuerzo por no gritarle a todo Chorrera que ese asqueroso la había abusado, pero ya no era miedo, era vergüenza sacar a la luz pública que semejante porquería, le había roto el sello a su pureza, se tragaba la rabia. Surgió de pronto su deseo de venganza, tenía que matar a ese individuo pero que nadie lo supiera. Él vivía solo en ese cerro, ¿cómo haría para llevar a cabo su plan? No lo sabía aún, pero no se iba a salir con la suya.
En una reunión familiar con ocasión de una fiesta de fin de año, se trajo a colocación la condición humana de su abuelo materno, el cual conoció solo por referencia que era un hombre de buenos principios y de recto proceder.
—Mamá, ¿cómo murió mi abuelo? Me imagino por causa de los años y con el deber cumplido.
—No, a él lo mató una mujer con un apretón en sus partes.
Por allá en los años cuarenta era pecado y vergonzoso decir los nombres de los genitales y eso dio origen a todos los eufemismos de hoy en día para referirse a ellos.
—¿Cómo así mamá? —se interesó Yenilde en el asunto.
Su madre le explicó que su padre y esa señora se jugaban y ella un día lo apretó por los testículos y a partir de allí, su papá enfermó con un dolor constante en los testes y eso lo llevó a la muerte. Sus ojos se iluminaron mezcla de emoción y odio, una maléfica idea habría cruzado por su cabeza, desde ese día volvió a frecuentar el lugar donde había sido víctima del indio Gerónimo y como no hay plazo que no se cumple, aquella tarde fue la fecha elegida por el destino. Estaba a punto de emprender el regreso al pueblo en vista de que la presa no caía en el trampero, cuando lo vio emerger del mogote donde solía esconderse; vio de nuevo en sus ojos la lascivia y en su boca mueca y desdentada, el baboseo de fumador de tabaco, sintió cerca de ella su vaho de bestia sudada y su aliento de dragón.
El indio Gerónimo inició agresivo como la primera vez, pero Yenilde no opuso resistencia, más bien colaboró acostándose sobre la empedrada rivera, levantó incluso su falda, él mordió el anzuelo creyéndose conquistador y dueño del aparente deseo de la hermosa fémina que tomó la iniciativa de aflojarle el cinturón y bajarle los calzones. Cuando lo tuvo a su disposición, lo apretó con todas sus fuerzas y pudo comprobar que el macho cabrío pierde todas sus facultades de sansón sin cortarle un pelo, sólo con apretujar sus cojones, bastaba para someterlo. Sus gritos se ahogaron en su garganta de la cual salía un gemido de gatito desvalido, mientras ella hacia más y más presión hasta verlo bañarse en sudor y caer como guiñapo.
Creo que lo maté, se dijo y salió casi corriendo de allí, se arregló un poco la ropa y el cabello, trató de serenarse para no despertar sospechas. Él pasó toda la noche allí tirado hasta bien entrado el mediodía, cuando un grupo de muchachos bajó a bañarse y se tropezaron con el cuerpo de Gerónimo, ya estaba hinchado y picoteado por algunas sabandijas. Eran los tiempos de las muertes de repente y todos supusieron que el solitario hombre había sido víctima de este tipo de evento.
Yenilde calló toda la vida su desgracia y hoy, a sus sesenta años, sigue callando su venganza. El tiempo cada día se le hace más corto y el juicio final más cerca.




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(Distracción, La Guajira) Licenciado en español y Literatura. Inicia su carrera docente, en el colegio Santa Catalina de Sena de Maicao. Laboró como instructor de teatro en la Institución Educativa Margoth Maestre de Ariza de Distracción por 44 años. Compositor de música vallenata y miembro de la sociedad de autores y compositores de Colombia (SAYCO), con más de 64 canciones grabadas. Incursiona en la política y sale electo Concejal de Distracción en por un grupo mínimo. Director y presentador del espacio radial y cultural “Escuchando y Aprendiendo” por Fonseca estéreo. Secretario del Concejo Departamental de Escritores de la Guajira. Sus obras: Los ojos de la esperanza, Los héroes de mi infancia y Maestro, fueron expuestas en la feria internacional del libro (Corferias Bogotá), Nací, luche y triunfe, novela auto biográfica. Participó del primer encuentro de escritores de la Cuenca dl Caribe en Barranquilla.



Muy buen relato. Es la crónica real de nuestros pueblos y veredas.
Bien pot Yenilde que vengó su mancillado honor.
Muy bueno relato, muestra la realidad de aquellos que se disfrazan de hombres pero que no son mas que unas bestias cobardes…