UN AMOR SIN FRONTERA
Jorge Majul
En un pueblo ubicado en la Media Guajira, llamado Maikou, provincia fronteriza situada al arrimo del ramal oriental de la gran cordillera de los Andes, adornada por un río conocido como “Montes de Oca”, acompañado de zonas verdes que, a primera vista, se podía contemplar un sendero como dibujado por el viento cálido y pesado. Ese río poseía una rica agua cristalina, la cual regeneraba las energías a todos los bañistas que así lo creyeran desde lo más profundo de sus corazones. Esa agua, después de acariciar los cuerpos, se marchaba haciendo un sonido de alegría bajo el sol que acompañaba su esplendoroso trayecto, quizá al mar. En su profundidad subyacían unas piedras preciosísimas, cual huevos prehistóricos, cuya principal cualidad se basaba en emanar armoniosas melodías jamás oídas por los mortales del mundo, que despuntaban con mayor frecuencia sonora en el ocaso del día, cada doscientos un día.
En aquel pueblo había un líder de nombre Gonzalo Supuruyu, que tenía más de diez mujeres legítimas, hijas todas de paisanos wayuu. Gonzalo se sentía el más feliz de los patriarcas de su etnia, a causa de la paz y la prosperidad que gozaba en su vida, con todas sus posesiones en tierras, animales y mujeres. Pero una sola cosa turbaba su tranquilidad: la de verse ya mayor y tener un único hijo varón de brazos, a pesar del gran número de mujeres con las que contaba. En una ocasión, quejumbroso de esta fatal desgracia, preguntó a uno de sus más fieles servidores, de nombre Cedula, si conocía alguna forma de solucionar esto.
—Mi señor, pienso que deberías presentar ofrendas y hacer sacrificios con algunos chivos agradables al dios Yuja, para que este le pueda entregar tan anhelada satisfacción, porque solo así puede suceder dicho milagro —dijo Cedula.
Gonzalo aceptó este consejo, basado en sus costumbres, hizo como le fue explicado y, al cabo de unos meses, el dios Yuja, que trabajaba de día y tomaba descanso por las noches, le concedió otro hijo, tal como lo deseaba, a quien puso el nombre de Jack, esto es, misericordia del Sol.
El venturoso patriarca dio a su hijo los mejores preceptores, y cuando este cumplió los dieciocho años de edad, su hermano mayor le sobraba tan solo en un año y unos meses. Gonzalo, que había acobijado de tanto amor y protección para su hijo menor, pensó en cederle todas sus posesiones.
El gran servidor Cedula, a quien comunicó su proyecto, aunque sabía que nada podía disuadir a su señor de lo que había propuesto, le dijo:
—Señor, creo que es demasiado joven su hijo Jack para soportar semejante responsabilidad de toda sus tierras y animales. ¿Acaso teme su señor que el ocio lo pervierta y lo arroje a los nefastos caminos de los cachacos o ecuatorianos?
—Pues, lo mejor será casarlo —dijo Gonzalo—. Observando sus dotes para la pesca y caza, lo más probable es que le vaya bien con las tierras.
—Señor, usted no ha pensado en Shaw, es a él por ser el mayor a quien le corresponde el poder que usted, con tantas ganas, ansía concederle a Jack.
—No, Shaw, por su fragilidad de carácter y poca participación en los oficios varoniles, es más conveniente que se encargue de su madre y hermanas, mientras que Jack es varón hábil en los negocios y con destrezas en el campo. Es, sin duda, el indicado para ser mi sucesor.
—Pero, señor…
—¡Cállate, Cedula! Más bien ve por mi hijo Jack de inmediato.
Tal como le ordenó, hizo Cedula, pero con mala gana, ya que particularmente él no sostenía buenas relaciones con el menor, más con el mayor. Al saber sobre los obstinados planes que deseaba llevar a cabo su señor, permitió que el miedo se apoderara de su corazón durante los siguientes minutos, imaginando que, una vez que Gonzalo muera, Jack lo despojaría de lo poco que tenía para lanzarlo a la miseria absoluta. Tan pronto como Jack recibió el mensaje, fue a ver a su padre con diligencia, acompañado de su arco, el cual utilizaba para cazar animales del monte; colgaba de su fornida espalda, que lucía por lo general cuando hacía fuerza descomunal.
—Hola, padre, abandoné mi actividad al enterarme de que me necesitaba.
—Hola, hijo mío —le dijo—. ¿Sabes para qué te he mandado a llamar?
—Lo sabré cuando su señor tenga la bondad de decírmelo.
—Pues bien, te he llamado para informarte que quiero casarte. ¿Qué te parece? —El joven contestó después de unos segundos de silencio y turbación manifiesta.
—Señor, como soy tan joven aún, no esperaba que me hiciera cargo de semejante compromiso. No sé si podré resolverme algún día a soportar el yugo del matrimonio, no solo porque las mujeres fastidian en gran manera, sino porque también he leído de nuestros ancestros autores que son maliciosas y fementidas.
—Debes tener en cuenta, sin embargo —repuso el líder Gonzalo, desconcertado—, que un hombre como tú, hijo de la autoridad, destinado a ser mi sucesor en todo, es preciso que pienses en tener descendencia que le suceda en el mando para preservar las costumbres.
Dicho esto, le mandó a que se retire. Al cabo de un tiempo, le volvió a llamar.
—¿Has pensado en lo que te hablé hace unos meses atrás acerca de mis intenciones de casarte?
—Señor —replicó el joven—, lo he pensado y muy seriamente, y estoy firmemente resuelto a no contraer matrimonio.
De forma irreverente, trató de dar vuelta para marcharse de la presencia de su padre; mas este, indignado, le expresó:
—Eres un malagradecido, yo he tratado de muchas maneras, desde tu nacimiento hasta el día de hoy, que el dios Yuja aún te mantiene con los ojos abiertos, de entregarte lo mejor para que te sientas el hijo más dichoso, ¿y así es como me pagas?
Luego de hablarle en tono recio, le ordenó que lo dejara a solas, pero Jack tenía una intrigante pregunta.
—Padre, mi hermano Shaw es mayor que yo, ¿por qué razón usted se empecina en que sea yo el digno de sus posesiones, a tal punto de pretender un casamiento primero conmigo y no con él? —Gonzalo, que podía responder la pregunta, sintió una corazonada que no debía hacerlo.
—Anda, sal de aquí, he dicho.
El líder hondamente enfadado se dirigió a una de las principales zonas donde confluía el comercio del pueblo llamado “Almendro”, un árbol exigente en cuanto a la tierra por la profunda longitud de sus raíces, el gran desarrollo de sus hojas y sus características de ser corpulento; brinda un gran espacio de sombra. Al arribar, coincidió con un viejo conocido de trueques de mercancías, el cual era árabe y que a duras penas se le entendía al hablar.
—¿Qué le pasa, amigo? Lo noto mucho más serio de lo normal —preguntó el árabe de nombre Munir.
En ese momento, Gonzalo meditó en la pregunta y la persona que la hacía; entonces vio nada inteligente declarar la verdad sobre aquello que lo acongojaba y más bien decidió crear un tema de negocio en el que le había ido muy mal y, por lo tanto, era ese el motivo de su malhumorado semblante. Al terminar de referirle los supuestos hechos, el árabe Munir, de buena forma, procedió a dar su apreciación.
—Esta tierra es bendita por tu dios y por el dios de mis antepasados, que a donde vamos nos mira con piedad y nos ayuda conforme a la medida de nuestro empeño sobre el trabajo. Esto que le he expresado es para que lo tenga en cuenta, amigo; uno en las cosas de negocios no puede estar fuerte todo el tiempo, pero si demuestras flaquear, hasta tu propia familia se puede aprovechar de ti. Así que ánimo, amigo, aún puedes hacer otro negocio que te ayude a recuperar esas tierras que has perdido.
Munir, después de esas palabras, siguió su camino, llamando a voz viva en su jerga a otro de su misma cultura, mientras que el líder Gonzalo, que en nada le podía sacar provecho a esas palabras, por el momento se mantuvo bajo el Almendro, que soltaba sus últimas hojas podridas. Al poco tiempo inició un diálogo con dos paisanos en su lengua natal denominada wayuunaiki. Antes de esta lengua, la comunicación de los primeros nativos era posible por medio de señas, usando las manos, o también haciendo garabatos con los dedos en la soleada y árida tierra. Por mucho tiempo fueron presa de un infortunio, quedando esclavizados en sus propios condominios y llevados al yugo de la opresión más deplorable y antihumana posible por parte de un grupo de gentes con características físicas cautivadoras y con las personalidades más déspotas y perversas jamás vistas; tanto que, dentro de ellos, habitaba una energía siniestra capaz de acaparar, absorber y destruir todo a su paso cuanto pudieran; con pies pesados y manos de ruina llegaron a dominarlos. Mas los nativos que vivieron ese horror, en una ocasión, consintieron en sus corazones crear una lengua para así poder forjar planes que les permitiera, poco a poco, según la ayuda de su deidad Yuja, rebelárseles sin perder sus propiedades. Luego de muchos años, los wayuu lograron recuperar gran parte de sus territorios, pero desafortunadamente su identidad y dignidad quedaron manchadas y nunca más volvieron a ser las mismas.
Media hora más tarde, Gonzalo y los paisanos se provisionaron de unas deliciosas bebidas propias de su cultura, más conocidas como “chicha” de maíz puro, para contrarrestar la sed y calmar el feroz calor que hacía por esos lares. Al parecer, uno de ellos tenía un gravísimo problema con otra casta de mayor peso que la de su familia: tenía que pagar la falta con un promedio no menor de doscientos cincuenta chivos de óptimas condiciones, sin vacilar, y criados todos en la misma tierra. Esto era común y necesario para saldar la falta y quedar ambas familias en paz. Este paisano, agobiado por resolver el colosal lío que enfrentaba, solicitaba a Gonzalo que le acompañe para mediar la situación en función de líder y representante, hasta llegar al punto de rebajar la cantidad de animales a entregar.
Una mañana, Jack estaba cortando leña cerca de la ranchería familiar, cuando su padre Gonzalo le encomendó personalmente, y con un aspecto que proyectaba el afán más apremiante, hacer un mandado al centro del pueblo. Para ello, el joven debía por lo menos cambiarse de ropa, obviando el sudor que corría por todo su cuerpo, si quería no demorar tanto. Al instante ya estaba listo y resuelto en ir al lugar antes indicado. Al recalar y, después de asegurar bien el caballo, Jack caminó unas cuantas cuadras, penetrando las zonas más confluidas del centro por esas horas, con la sensación de prisa respirando en su nuca y repitiendo en su mente una y otra vez el motivo del mandado. Así avanzaba velozmente, con la mirada puesta a los costados, tratando de encontrar lo que buscaba, tropezando con la muchedumbre de alrededor que caminaba en diferentes direcciones, exponiéndose a los insultos y ofensas verbales, las cuales no eran de su momentáneo interés. Justo cuando el azaroso joven creía haber encontrado lo que le mantenía por ahí, no muy lejos se escucharon varios disparos de diferentes armas, lo cual ocasionó que la gente, producto del temor, se dispersara corriendo a diversos lugares; pero no solo eso: los dueños de negocios, al ver el torbellino de personas que, bajo la necesidad de buscar un refugio, trataban de entrar a como diera lugar a los establecimientos, junto con los empleados se dieron a la tarea de cerrar sus persianas.
Jack trató de ir al mismo lugar donde antes había dejado el caballo, pero la desconcertada turba no le permitió, y, al contrario, terminó dando botes sobre las paredes, presionando su cuerpo por muchas personas, hasta entrar al edificio más espléndido y costoso del pueblo, llamado Juan Hotel Plaza. Al verse a salvo, decidió no afanar su espíritu y descansar mientras todo parecía empeorar afuera, según los gritos, porque los disparos persistían y, para colmo de males, la fuerza policial aún no hacía presencia en el lugar; de esa manera, los bandidos actuaban con mayor confianza de lo común, como si les fuese conferido licencias para hacer su trabajo con la total libertad posible y a plena luz del día. Según, era una grandísima banda de asaltantes fuertemente armada con revólver marca 38 cacha blanca, los cuales se hacían llamar “Los corre caminos”. Este grupo ilegal intentaba, a punta de plomo, despojar a los cambiadores de divisas del producido, y como algunos de estos buenos hombres del trabajo honrado se la mantenían armados en sus lugares de labores para evitar o defenderse de estas nefastas eventualidades, donde cada vez esto se convertía en una práctica constante sobre el arenoso pueblo de Maikou. Gran parte de la población trabajaba a peso de sudor por el pan diario y otro grupo muy pequeño, apoyados por las armas y la apática acción de la seguridad pública, a mitigar estos permanentes atropellos. Los intercambios de bala continuaban sofocando el sector y sus alrededores. Jack, sintiéndose preso dentro del edificio, concibió en su corazón la idea de subir hasta la terraza del hotel. Entonces, sin tanto pensar, comenzó a subir las escaleras, pasando muy rápido, producto de la curiosidad, cuando, de pronto, en uno de los pisos que subía y sin percatarse de quién venía, tropezó con una joven musulmán que se dirigía en sentido contrario. Jack, luego del sorpresivo choque y al ver a la joven en el suelo, sintió algo de vergüenza por tratarse de una mujer y, con el mayor sentido de caballerosidad, le extendió su brazo derecho para ayudar a levantarla, mas la joven, que aún permanecía turbada en el suelo, al sentir su cabello descubierto fue abrazada por los nervios y, con desespero, procuró ubicar el hiyab, que es un velo que cubre la cabeza de las mujeres musulmanas y que están obligadas a portarlo desde su pubertad en presencia de varones adultos que no pertenezcan a su familia cercana. Luego de cubrir su cabeza y al notar la posición inclinada de Jack, se negó rotundamente, pero sin pronunciar palabra alguna, sacó fuerzas y se puso en pie.
Jack, extrañado de la actitud de la joven, suplicó que le trate sin enojo por su repentina aparición. Se expresó más atropellando las palabras que otra cosa, porque al ver bien la deslumbrante belleza de la joven, quedó prendado de su sin igual hermosura, pero ella contuvo el aliento y, aferrando sus manos la una con la otra, salió como disparada de la presencia de él, que no dudó un segundo en seguirla al tiempo que preguntaba si se encontraba bien. Por más que intentó detener su desesperada huida, le fue imposible dentro del edificio, y solo cuando la joven se halló afuera, contemplando el alboroto de la gente que salía de todas partes, sintió verdadero temor de que algo malo le fuese a suceder, puesto que le habían enseñado que la mala hora estaba en todas partes; por consiguiente, las piernas le temblaban. Enseguida, un sujeto, aprovechando que todos corrían tropezándose entre sí, muy hábil de vista, pero malintencionado de corazón, trató de despojarla de una cadena de oro que colgaba de su cuello, forrado por la vestimenta. Tal acción fue advertida por Jack, que no estaba muy lejos de ella y, esquivando a unos cuantos, saltó sobre este maleante. Con su fuerza bruta lo sometió hasta hacerlo exclamar palabras de sinceras disculpas. Jack, al mirar los ojos de la joven, comprendió que debía darle libertad inmediata a este vulgar callejero y dejarlo huir; entonces la invitó a volver al hotel, y así lo hicieron. Cuando estaban adentro, él preguntó cuál era su nombre, a lo que ella, un poco calmada, respondió:
—Yiham Massur y vivo aquí con mi familia.
Jack sonrió al escuchar su voz hermosa y cálida, igual que su físico. También se presentó nuevamente, esta vez sonrojado; ella, luego de escucharlo, se mantuvo en silencio, pero le regaló una tímida sonrisa que escondía una sensación de confusa empatía, acompañada de una mirada con esos ojos grandes como el mar, color azul. Luego de ese inexplicable momento, a un joven de nombre Samir le habían encomendado buscarla por ser el hermano mayor de Yiham. Al verlos muy cerca y en síntomas de confianza con Jack, un completo desconocido, sin reparos pronunció su nombre bajo el calor del enfado, se dirigió hasta donde ambos permanecían y, prendiéndola del brazo, mirando a Jack, se la llevó.
No muy lejos, Samir realizó una pregunta a su hermana muy común por aquellos tiempos:
—¿Quién es ese indio?
La cual fue arropada por el silencio de Yiham.
Jack esta vez no pudo hacer nada, pero a partir de ese instante su vida daría un vuelco inesperado.
Luego del altercado, pudo volver a casa. Lo recibió en las cercas frontales su hermano Shaw, que lidiaba con la paciencia y mansedumbre que solo una verdadera madre puede ejercer sobre sus hijos. Con algunas de sus hermanas, pero las de otra madre que sostenían contiendas, todas apelotonadas por definir cuál de ellas sería la propietaria de la última presa de chivo que reposaba en el agitado caldero, Shaw se dio cuenta de la extraña felicidad con la que venía su hermano a pleno sol y después de andar por muchos terrenos donde la brisa, mezclada con el calor, levantaba la tierra sobre la cara.
—¿Te pasó algo, Jack? —preguntó Shaw con semblante de confidente.
—No, ¿dónde está papá? —repuso Jack, que le urgía poner al tanto a Gonzalo sobre las novedades.
—Por allá lo vi hace un instante —señalando con su dedo índice.
Shaw al fin tomó la mejor decisión y le entregó el caldero con la presa a Yulesca, la menor, que, por cierto, era la única que faltaba por probar bocado. Luego, su mente comenzó a divagar en el retrato soñador y triunfante con el cual había visto a su hermano y, dejando volar la imaginación, comenzó a sacar sus propias conclusiones en la soledad de uno de los pozos de agua salobre, no descartando la idea de conversar con su hermano para descubrir las razones.
Jack, después de hablar con su padre y contarle todos los pormenores sobre los bandidos, escuchó de boca de Gonzalo que al día siguiente debía volver para, esta vez sí, cumplir con la misión, en esta ocasión sin excusas ni tropiezos. Esa noticia emocionó sobremanera al joven, ya que trazó un mapa mental donde, después de cumplir con el mandado, pasaría por el hotel tratando de encontrar a la bella joven. El padre, al verle semejante reacción, le preguntó atónito sobre los motivos, los cuales fueron revelados por el joven con lujos y detalles, pensando que su padre podría ayudarle en algo. Gonzalo, que deseaba casar a su hijo, al saber la historia, se mostró un tanto apático, teniendo en cuenta la gravedad del asunto, y sentía que su hijo tenía un espíritu de osadía. El joven, que ignoraba muchas leyes y principios culturales entre linajes, tan solo veía la posibilidad de concretar la contrapunta de su alma en la joven musulmán. Seguía con la misma emoción del inicio; según como pintaban las cosas, Yiham había logrado cambiar la percepción de Jack sobre las mujeres sin importar su edad actual; por lo tanto, su padre le explicó lo que podría suceder dado el caso que él siguiera persistiendo en buscarla, y terminó la conversación con esta frase: “Eso es un imposible, porque esa gente y nosotros nunca seremos una sola familia; olvídala si quieres vivir en paz toda tu vida”.
—Padre —prorrumpió Jack—, usted ha contado que hace negocios con los árabes, ¿por qué razón no podríamos mezclarnos en lo sentimentales con sus mujeres?
—Cállate, hijo, mira que eres aún muy joven, pero si algo debes aprender hoy es preciso que sea esto: los negocios y el amor con esa gente son como el día y la noche.
Jack, ahora desfallecido, sentía como si las palabras de su padre le fuesen arrancado el corazón y estripado los pulmones. En lenta agonía se refugió sobre la extensa sombra bajo un árbol de trupillo que yacía a unos pocos metros de su desahuciado cuerpo. Shaw, a lo lejos, vio a su hermano y sintió en su ser la necesidad de acompañarle.
—Aja ware, no sé los motivos por los cuales pasaste de una felicidad infinita a una cara de amargura eterna, que presiento tienes el pecho a punto de incendiarse, pero aquí estoy para ti, hermanito menor —dijo Shaw con la humildad y el ánimo de ayudar; seguido de esto se fundieron en un abrazo de hermandad, simulando ser un par de niños que juegan sobre la tierra seca y dura de la ranchería.
—Gracias, hermano, y pues te voy a contar todo lo que me está sucediendo —Shaw, luego de escuchar la historia de su hermano, le expresó con franca alegría que se asemejaba a novelas cachacas sintonizadas por la radio del pueblo.
La espesa oscuridad de la noche los había sorprendido mientras ambos esforzaban la mente, separada de la razón, para ingeniarse un plan que le permitiera a Jack seguir frecuentando exitosamente a la joven Yiham. De un momento a otro Jack se incorporó y dijo:
—Si por azares de la vida nos rencontramos y aún conserva esa mirada que me brindó hoy, prometo ante la madre tierra que nos sustenta que nadie nos podrá separar —Shaw, viendo lo resuelto y animoso que estaba su hermano, pasó a ser su nuevo cómplice y confidente; ahora había un trato que fue cerrado apretando sus manos derechas sin agitarlas, bajo la infinidad de estrellas que los contemplaban en silencio. Luego se dirigieron a comer algo de friche con bollo blanco y chicha.
Al día siguiente, Jack, fingiendo frente a su padre no estar muy cómodo para ir, para generar tranquilidad en el corazón de Gonzalo y así su espíritu no se turbe pensando que su hijo procuraría ver a la joven musulmana. El padre, que le apuraba el encargo, creyó el engaño y lo despidió. Jack, en esta ocasión, fue mucho más eficiente que de costumbre y, después del compromiso, dirigió su cuerpo, conmovido de la emoción y expectativa, al hotel, pero antes de entrar extrajo del bolsillo derecho un pequeño frasco de vidrio donde almacenaba una fresca y olorosa fragancia varonil, que fue obsequiada por Shaw mientras cenaban. La vertió dos veces en su mano derecha, haciendo abanico con su cabeza, volvió a poner el tapón sobre la boca del envase, la guardó y, frotando sus manos, se las pasó por el cuello hasta los cachetes y la camisa; ahora sí sentía la seguridad que ameritaba para el posible encuentro. Enseguida atravesó la puerta y recorrió todo el edificio sin poder hallarla; sentía que los minutos caminaban cada vez más lento y tuvo que salir del lugar al enterarse de la hora. Muy agotado, sin lograr su objetivo, molesto buscó el caballo para ir a casa.
Durante quince días no consecutivos se mantuvo visitando el hotel; mientras tanto Shaw lo cubría en sus tareas rutinarias, sin embargo, para su mala fortuna no tuvo éxito en ningún día. Shaw, que era amante de la lectura por convicción, en una ocasión leyó en unos manuscritos precisamente sobre la cultura árabe; refería que ellos realizaban fielmente la celebración de una práctica llamada Ramadán, la cual consistía en apartar un tiempo de recogimiento y mayor acercamiento a su Dios, y se llevaba a cabo por un periodo de un mes, entre abril y mayo. Justo ya era inicio de mayo. Así que, recordando estos datos, fue donde Jack y lo persuadió explicándole educativamente la información, para que esperara por lo menos hasta mitad de mayo, ya que lo más probable es que la joven permanezca encerrada, apartada igual que los demás. Esto le pareció muy bien a Jack, que haciendo memoria pudo recordar que todos los días anteriores a los que fue al edificio casi no tuvo contacto visual con alguno de ellos.
Tal como su hermano le indicó, esperó pacientemente esos días y, cuando se cumplió la fecha, por fin Jack pudo retomar su encantador plan. El reloj municipal marcaba las diez de la mañana cuando Jack y Yiham se encontraron. Ella, que vestía según su cultura, lo reconoció a primera vista y esbozó un semblante de alegría oprimida; él sintió ensancharse su corazón por el memorable instante. Después de conectar sus miradas por unos segundos ininterrumpidos, ella quiso seguir su camino, sintiendo que era todo lo que debía suceder, pero Jack, expuesto a todo, pronunció por primera vez su nombre para llamarla; ella solo se detuvo.
Rápidamente dieron inicio a una apenada conversación que se manifestaba como si durante muchos días antes ya germinara en sus cabezas, llena más de risas que se ahogaban entre los labios de ella y carcajadas de él; pero la mala hora se avecinaba. Samir, hermano de Yiham, los encontró de nuevo, esta vez completamente compenetrados; esto desató una terrible furia en el joven árabe y fue en busca de su padre, que estaba en el almacén de electrodomésticos. Cuando este señor supo lo que ocurría, se dirigió, igual o peor de enfurecido que su hijo, al llegar al hotel y apreciar la escena que su hija menor estaba protagonizando y, en presencia de los que por allí paseaban, le resultó aún más indignante y deshonroso. Encolerizado, caminó a donde estaban los jóvenes alucinados el uno del otro; Yiham, al sentir la inadvertida presencia de su padre, quedó totalmente paralizada, con los nervios de punta y la piel más pálida de lo habitual.
—¡Yiham Massur, sube al apartamento de inmediato! —gritó su padre, que tenía una mirada criminal reposando sobre ambos.
Jack, ignorando la lengua árabe, intuyó lo que había dicho viendo que la joven no vaciló ni medio segundo en desaparecer. Luego de eso, la mirada del señor que persiguió a su hija se instaló en Jack; sintió el siniestro calor latente según la energía que emanaba el árabe.
—Nunca más vuelva a acercarse a mi hija, pedazo de indio pata rajá —esbozando una mirada aterradora y macabra, la cual succionó a Jack junto con las palabras, que sonaron más a amenazas para su juvenil ser.
Sin pérdida de tiempo, Jack y Shaw durante más de dos horas mantuvieron conversaciones sobre lo reciente. Shaw recomendó a su hermano confesarle la verdad a su padre para evitar cualquier percance a la familia. Al despuntar la mañana siguiente, Jack preguntó a Cédula por Gonzalo; este en breve le manifestó el paradero.
—Padre, buen día.
—Hola, hijo, ¿qué quieres?
Como era de esperarse, luego de una sofocada conversación donde Jack apenas pudo conocer un poco más el cólera de su padre, este, muy airado, le ordenó encerrarse sin derecho a salir, por lo menos mientras indagaba con su gente de qué familia provenía la joven, pero desgraciadamente las intenciones del señor Gonzalo no eran las mismas que las del árabe, así que este último, valiéndose de su dinero y de su gente, una tarde donde el sol se veía que calcinaba las pocas casas, invadieron la ranchería donde reposaba Gonzalo y sus mujeres. Por todos lados llegaron en varios carros grandes marca Toyota, alrededor de veinte sujetos de talla, con buena corpulencia física, de piel tan blanca como un papel y sus caras atestadas de pelos desordenados.
—Buenas —dijo el árabe.
Gonzalo se incorporó en el acto del chinchorro al escuchar la inoportuna voz del forastero, para identificar quién era; las mujeres salieron bajo un asombro palpable al ver salir tanta gente extraña de todo ese montón de carros elegantes.
—¿Qué se les ofrece? —preguntó Gonzalo mientras peleaba con la camisa por abrochar los botones.
—¿Usted es el padre de aquel muchacho? —señalando a Jack, al tiempo se dirigía a ellos, analizando el panorama sin la menor pizca de temor.
—Sí lo soy, ¿qué quiere y por qué entra a mi territorio con tanta gente armada?
—Solo vengo a decir que no quiero a este joven cerca de mi hija en lo que le resta de vida —la forma como penetraron su hábitat y las palabras llenaron de ira a Gonzalo, pero sabiendo que eran minoría, aun de local, prefirió disimular la cólera y callar a Jack, que sí respondió muy serio, pero sin ofensas. El advenedizo árabe, viendo que no tenía más que hacer allí, sacudió el polvo de sus botas y se marchó junto con los suyos. Enseguida, Gonzalo reprendió a Jack y Shaw, pero el menor pidió excluir de la reprimenda a su hermano. Cédula, que se mantuvo al lado de Gonzalo desde el principio, le aconsejó cobrar el agravio por parte del árabe y su gente. Gonzalo sabía que para desarrollar aquel proyecto necesitaba también agrupar muchos paisanos, entonces prefirió esperar a finales de junio, que debía cobrar otra falta en Uribia para así llevar la gente necesaria.
No contento el árabe, envió a Yiham para el Líbano como muestra de castigo. Y durante los siguientes meses Jack estuvo muy triste y afligido, casi que sin ganas de comer, menos de hacer las actividades del campo que de costumbre antes solía hacer con vigor y entrega. Shaw sintió tanto pesar de él al verle tanto dolor pintado en su semblante, que elevó muchas oraciones en ayunos, presentando ofrendas gratas al dios Yuja, suplicando por la situación de su hermano. Para su buena fortuna, luego de muchos días, tales súplicas fueron escuchadas y contestadas, y esto fue lo que le indicaron que debía hacer Jack: bañarse en el río Montes de Oca de madrugada, poner sus manos en las preciosas piedras que yacían en su profundidad y, de todo corazón, pedir un deseo; si hacía todo tal cual, entonces sería concedida la petición. Shaw, sin pérdida de tiempo, le comunicó a Jack sobre esta revelación y los pasos a seguir, y así prometió ejecutar Jack.
El árabe, padre de Yiham, con tal de acrecentar sus empresas entró en negocios turbios, pero todo fue un fracaso, quedando endeudado con muchos socios, tanto así que ni con todo lo que ya tenía le alcanzaba para por lo menos estar en paz con ellos. Esto los obligó a irse de Maikou para el Líbano inmediatamente, con lo poco que le había quedado.
Por fin había llegado el momento, Jack, luego de hacer todos los pasos, fue traspuesto al Líbano por un carro de fuego, vaya sorpresa fue la que se llevó el joven al verse en otro lugar, el cual desconocía su existencia y peor aún, dentro de una casa parecida a la de un palacio de paredes, puertas y ventanas finísimas. Su asombro no tendría fin cuando se vio casi descubierto por algunas personas que murmuraban al tiempo que dirigían sus pasos hacia donde permanecía atónito; con la agilidad de un gato se mezcló entre las enormes cortinas de la habitación. Cuando examinó las sombras que inevitablemente crecían sobre la pared, su incertidumbre aumentó mucho más, al punto de inhalar casi todo el aire de la habitación cuando reconoció a Yiham dentro de aquel grupo de jóvenes que acababan de penetrar el lugar. Una vez instaladas, dieron rienda suelta a una conversación netamente árabe, en la que la misma joven se quejaba en lamentos conmovedores por lo mal que la ha tratado su padre durante su corta vida. No demoró mucho tiempo en quedarse sola; en ese instante se dejó caer a la cama, sosteniendo una mirada triste y un semblante que reflejaba un hondo desaliento. Jack deseaba salir para darle un abrazo, pero temía por su alarida reacción al verle salir, así como si nada. Pero toda esa desazón fue aplacada gracias a unas palabras que posaron en su corazón, donde le confesaban que ella todos los días lo había estado pensando y deseaba verlo a como diera lugar.
Justo ahí, aferrado a esa noticia, recobró la intención y se mostró ante Yiham, hecho un manojo de nervios, que, con los ojos a punto de salir de la cavidad orbitaria y sin poder gritar quizá del asombro, como quien ve a un espectro, se mantuvo sobre la cama. Al ver su increíble presencia, Jack fue a ella y le confesó su amor postrándose a sus pies; además, le explicó cómo las sensaciones que experimentaba le permitían estar ahí en tan poco tiempo, hallándose en sus lejanas tierras. Yiham por fin pudo incorporarse después de escuchar atentamente la inverosímil historia; en ese momento, un silencio escalofriante invadió la habitación, el cual fue interrumpido por un diminuto gemido de la joven, producido por un caluroso abrazo con efusión que se brindaron al mismo tiempo. Una vez que Yiham sabía cuáles eran las sinceras pretensiones, producto del profundo amor de Jack hacia ella, y a pesar de las enormes diferencias entre sus culturas y creencias, para colmo repudiada por su linaje, aun así decidió darse a la fuga con Jack. Él, antes de pedir a Yuja que los transportara a su tierra, esta vez al lado de su amor, incitó a Yiham a permitir explorar sus labios con un beso de amor; la joven no dudó en conceder la pretensión de su animoso enamorado y, mientras sucedía la acción del inexperto beso, Jack mentalmente pidió a su deidad para que por fin los transportase a la ranchería.
Tremenda fue la sorpresa que se llevaron este par de tortolos cuando aparecieron en la ranchería de los Supuruyu, al ver que toda la familia de Jack se hallaba reunida en medio de una magnífica fiesta, acompañada de las mejores comidas, al ritmo de las tamboras, bailando con fervor la Yonna y la Chichamaya y exponiendo otros rituales propios de los wayuu; sin duda la felicidad de ambos fue extraordinaria. Todo esto fue posible gracias a Shaw, quien, conociendo los pormenores de la repentina desaparición de Jack, manifestó a su padre todos los detalles y, cuando mencionó a Yuja y el Montes de Oca como artífice de las futuras buenas nuevas, se alegró en gran manera, mandando a llamar a todos para recibirlos como se lo merecían y sin escatimar nada. Ciertamente, Gonzalo rebosaba de felicidad al ver a su hijo amado con la mujer de sus deseos; derramando copiosas lágrimas, los abrazó y prometió a la joven que nada le faltaría mientras se mantenga ligada a su hijo, a lo que ella respondió con todo acatamiento; de inmediato llamó a Shaw, que, agradeciendo a Yuja, permanecía oculto bajo una choza en sollozos, para que fuese parte del festejo y así darle el merecido valor y crédito entre todos los presentes.
Después de unos meses de convivencia, en una noche plagada de estrellas a la orilla de las playas del Cabo de Vela, Jack le pidió matrimonio a Yiham; se casaron, tuvieron por todo nueve hijos y así vivieron el resto de sus vidas en armonía en el pueblo guajiro.




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(Maicao, La Guajira, Colombia. 1991) Escritor y docente de Ingles. Administrador de Empresas por la Universidad de la Guajira, extensión Maicao. Estudió ingles en el Colombo Americano en Cartagena. Tiene dos libros uno de poemas y poesías en prosa, y otro de cuentos. Su pasión es leer y escribir; es seguidor de las obras de Gabriel García Márquez, Jorge Luis Borges, Mario Benedetti, Pablo Neruda, José Saramago entre otros.

