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LA MUERTE

Anushka Tereshkova

Solo me faltaba escribir algo sobre la muerte y, aunque nos tenemos cierto respeto, he de deshojarla como una flor para que no me tome desprevenida.

He de recordar algunos episodios donde me ha dado la mano con la frialdad que la caracteriza, pero no me ha llevado: un mal parto, un accidente, una golpiza, algún que otro intento de demostrar más fortaleza de la que tengo, algún salto al vacío sin paracaídas, algún mal amor, una desdicha atragantada que no quiso irse pronto, otras tantas que dejaron una herida abierta, putrefacta, purulenta.

No hay nada. Después de la muerte hay lo que hubo antes de nacer: nada.

No hay cielo, ni infierno ni túnel ni luz ni jardines con ovejitas saltando: nada.

La muerte transcurre durante la vida. Mientras esperas pacientemente que el universo resuelva tus problemas. Mientras sueñas despierto aquellas cosas que has de obtener con movimiento y destrezas. Destrezas que se desarrollan con dolor. Dolor tan duro como quemarte en el infierno.

La muerte es el silencio oscuro de la tumba fría donde te meten los que te olvidan, los que no se ocupan, los que te dejaron a un lado del camino y te dejaron atrás porque estorbas.

La muerte son las risas sarcásticas del manicomio de la vida, los extremos de frío y de calor, el hambre de comida y de atención, la soledad no elegida, la tibieza de los que no se comprometen, la guerra.

Ya hay demasiada muerte antes de la muerte.

Ya hay demasiada desgracia en los intersticios de la vida.

Ya hay más intersticios que vida.

No le temo a la muerte; sería un descanso de tanta lucha, sería un limbo donde no tengo que pensar en la cara del señor que me aumenta los precios cada seis meses. Sería acabar con la zozobra de no llegar a tiempo a la muerte de mis seres queridos. Sería dejar de esperar a que me quieras. Sería ver, desde ninguna parte, si no se leen mis poemas y no ponerme triste porque no pude trascender como hubiera querido. Sería solamente vencer el egoísmo de no estar donde nadie se ha dado cuenta, desde ahora, que ya no estoy.

La muerte me ha dado su mano fría unas cuantas veces y he sentido una electricidad inexplicable en todo el cuerpo, pero no me ha llevado. Quizá me ha dejado su impronta para que pueda familiarizarme con el camino que me esperaba, con el avatar, con la ignominia, con la certeza de que somos finitos y que algún día sí seré de la partida.

O tal vez, y solo tal vez, ella tampoco me ha querido.

Y de eso sí que puedo enseñarle.

Nadie quiere a la muerte, porque la imaginan fea, triste y fría. Porque no la conocen, porque pide cuentas de los actos, porque allí sí que se borran las vestiduras, los cargos y los premios.

Pero, ¿acaso no nos vendemos como buenos, sufridos y potentes? ¿Acaso no somos valientes guerreros devastados y marcados por la intemperie?

No tanto, no como para salir ilesos al juicio implacable de la muerte incorruptible, que no repara en adjetivos que nos dimos nosotros mismos durante la vida.

La vida es la vida.

Es bonita, es esbelta, tiene caminos asfaltados y playas de color azul con barquitos.

La muerte es fea, flaca, con ojos turbios, con manos huesudas y mal aliento.

Pero, ¿no éramos tan buenos y piadosos? ¿Por qué le tememos y le rehuimos?

Porque la muerte no se deja sobornar, porque ya nos viene viendo toda una vida.

Y más de una vez nos ha dado la mano; apenas nos ha perdonado.

Nos ha dado una oportunidad más para que, cuando sí, no tengamos tanto miedo de estar con ella, desnudos.

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1 comentario en «La muerte»

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