EL PIANO QUE GEMÍA SU NOMBRE
Juan Camilo Ramos Henao
La descubrí, si es que descubrir puede llamarse al acto fatal de reconocer aquello que nos aguardaba desde antes de nacer, en el ángulo más sombrío de una subasta miserable, amortajada bajo polvo, abandono y una dignidad fúnebre que parecía desafiar la vulgaridad de los vivos.
Nadie la quiso; y en aquella repulsa general advertí, no sin íntimo estremecimiento, una advertencia que mi razón se obstinó en despreciar. Nadie se atrevió siquiera a rozar su madera ennegrecida, como si bajo el barniz cuarteado palpitara una piel antigua, sensible aún al contacto de la mano humana.
Decían que estaba maldita; que sus teclas velaban aún en las horas sin lámpara; que en su vientre de nogal dormía, si dormir puede la culpa, una música nacida para devorar lentamente la cordura. Y yo, dominado por esa arrogancia febril que suele preceder al castigo, la compré.
La hice trasladar a mi casa, una construcción estrecha y húmeda donde los corredores parecían prolongarse por voluntad propia y donde cada reloj, detenido o no, conservaba la facultad siniestra de señalar una hora interior.
Era una pianola antigua, de una belleza enferma, adornada con tallas que semejaban espinas, nervaduras o quizá símbolos de un culto olvidado; sus teclas, amarillas y brillantes, tenían la expresión inmóvil de una dentadura que hubiese aprendido a esperar. La coloqué frente al ventanal ciego con la vana intención de someterla a mi voluntad. ¡Insensato! No tardé en comprender que era mi voluntad la que había sido colocada allí, dócil y temblorosa, ante ella.
A las tres, siempre a las tres, hora exacta, matemática, intolerable, comenzaba el suplicio. La pianola despertaba sin manos visibles, sin aliento, sin causa. De ella brotaba una melodía remota, delicada hasta la crueldad, compuesta no de notas sino de recuerdos ajenos, de lamentos comprimidos, de esa tristeza perfecta que sólo poseen las cosas muertas cuando se obstinan en no morir.
Cada acorde penetraba en mí con la precisión de una aguja, y no hería la carne, sino alguna región más secreta, más culpable, más antigua. Así permanecía hasta el alba, con los ojos abiertos y el corazón reducido a un péndulo, persuadido de haber perdido una felicidad que jamás había poseído y, sin embargo, me reclamaba como una deuda.
La cuarta noche la recuerdo con una nitidez que ningún sueño podría falsificar. La lluvia golpeaba el techo con dedos obstinados, y la casa entera parecía escuchar. Entonces apareció. No entró; no caminó; no produjo el menor sonido que permitiera a mi razón defenderse. Simplemente estaba allí, sentada ante el instrumento, como si siempre hubiese ocupado ese sitio y el mundo entero no hubiese sido sino una larga distracción hasta que mis ojos la encontraron.
Llevaba un vestido blanco, ajado por la humedad de la tumba y por el lento roce de los años. Su cabello negro caía sobre el rostro con una pesadez acuática, como si acabara de ser rescatada de un río subterráneo. No era humo ni niebla ni delirio misericordioso. Era una presencia demasiado precisa para ser negada y demasiado imposible para ser aceptada.
Traía consigo un olor tenue a madera húmeda, a cera extinguida, a ataúd recién abierto. Cuando alzó los ojos hacia mí, no vi en ellos ternura, sino reconocimiento. Y aquel reconocimiento fue más terrible que el odio: era la certeza de que una parte de mí, perdida antes de mi nacimiento, había permanecido enterrada junto a ella.
No pronunció palabra; las palabras habrían sido una vulgaridad. Sus dedos, pálidos y exactos, descendieron sobre las teclas con la serenidad de quien abre una herida conocida. Entonces el piano gimió su nombre. No lo escuché con los oídos, lo sentí escrito, sílaba por sílaba, en la cavidad más oscura de mis huesos.
Me acerqué con esa obediencia sonámbula que no nace del deseo, sino de una orden antigua. Al tomar su mano comprendí que ninguna voluntad humana, ni la mía ni la de Dios, podría ya rescatarme.
Estaba fría, no con la frialdad noble del mármol, sino con la frialdad íntima del pensamiento final, ese relámpago de conciencia que precede a la nada. Era la frialdad de una carta sellada para siempre, de una promesa hecha bajo tierra.
Esa noche creí amarla; ahora sé que el amor fue apenas el nombre piadoso que di a mi posesión. Quizá ella abrió mi pecho; quizá fui yo quien, con devoción de condenado, le ofreció el corazón todavía tibio. Fuimos uno, si tal blasfemia puede escribirse sin que la tinta palidezca. No como se unen los amantes, sino como se confunden dos sombras proyectadas por una misma lámpara agonizante.
Mi sangre aceptó su condena; mi memoria, su muerte y, en el fondo de aquella unión, comprendí que ciertos besos no despiertan la vida: la sepultan con mayor dulzura.
Al amanecer, cuando la primera claridad se arrastró por el cuarto como una acusación, ella desapareció. No se desvaneció; se retiró, como se retira una sentencia después de haber sido dictada. Sobre el banco quedó una rosa seca, oscura, quebradiza, cuya forma conservaba aún la memoria del tacto de sus dedos.
Desde entonces el piano no ha cesado. Lo he cubierto con mantas pesadas como mortajas; canta debajo de ellas. Lo he encerrado tras puertas dobles, llaves, cerrojos y plegarias; canta detrás de todo.
Su música no ocupa la habitación: ocupa mi cráneo, mi pulso, la sustancia misma de mis noches. En cada nota reconozco su voz, aunque jamás la haya oído hablar. Reconozco su aliento de agua quieta, su cercanía de cripta, su paciencia infinita. Reconozco, sobre todo, su ausencia: esa presencia más fiel, más exacta, más cruel que cualquier cuerpo.
He abandonado el trato con los hombres. Sus voces me parecen burdas, excesivamente vivas. Prefiero la conversación muda de los espectros, el diálogo incesante de la madera, el eco obediente de un nombre que no me atrevo a escribir.
Ella me vela desde el otro lado del sueño, y yo, que ya casi no duermo, comienzo a sospechar que ese otro lado es mi verdadera patria. Dicen, porque aún hay quienes se atreven a visitarme, que la locura se me derrama por los ojos. Dicen que mi rostro ha perdido toda obediencia al tiempo. Dicen que repito un nombre que ningún registro conserva y que ningún vivo recuerda.
Pero se equivocan en una cosa: no estoy solo. Ella habita en el piano, y, lo que es peor, habita también en mí. Cada noche, cuando las agujas se reúnen en el número tres y la casa contiene el aliento, vuelve la música, vuelve con su lento esplendor de entierro, con su dulzura corrupta, con su promesa de descanso.
Entonces el amor gime dentro de la madera, y yo, que alguna vez fui hombre, cedo. Cedo a su abrazo sin tiempo, a su dominio de sombra, a la ternura espantosa de su condena. Cedo, finalmente, a su beso sin salvación.




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