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LA SOMBRA DE OTRO GATO

Leonardo Petro

 

CARTA ASTRAL

Hay una parte de mí que nunca nació.
Se quedó arriba, viéndome vivir.

A veces levanto los ojos
y me pregunto
si esa otra parte de mí
también siente lástima
de este hombre.

Qué raro es el amor.

Se parece a una constelación:
uno junta puntos lejanos,
imagina una figura,
le pone un nombre
y después
pasa la vida defendiendo ese dibujo
en el que tal vez nunca
estuvimos escritos.

Nunca he creído
en las lecturas
del cielo,
de los astros
y de las estrellas.

Pero sí en la carne.

Quién decidió
que nos conociéramos en agosto.
Pudo haber sido abril,
julio o diciembre.

No sé si alguien me señaló
el banco donde me sentaría
a esperarte.

Quién escogió nuestra ciudad.

Tampoco sé quién escribió tu nombre.

Tal vez las estrellas ignoran la existencia.

Es tan solo casualidad
que dos personas consigan
atravesar la misma tarde
sin necesitar otra prueba que quedarse.

No es el cielo ni las estrellas.
Somos nosotros,
cansados,
llenos de dudas,
inventando entre puntos
nuestros nombres.

Somos nosotros los que necesitamos creer
que alguien dejó una señal:

antes del primer llanto.
Antes del primer beso.
Antes del primer orgasmo.
Antes del primer adiós.

Si alguien pudiera hacer mi carta astral,
le pediría que no hable de suerte.

Que diga apenas
que hubo un hombre
que confundió el cielo con el deseo,
que pasó la vida buscando en las estrellas
el rostro que solo aparecía

cuando cerraba los ojos.

 

 

CRÍA CUERVOS

Los cuervos jamás llegan del monte.

Le das de comer con la palma abierta,
sintiendo el picotazo en la piel,
esperando que se acerque sin miedo,
que crezca,
que se ponga fuerte bajo tu techo,
que aprenda a volar.

Y que de vez en cuando,
recuerde el camino de regreso.

Un día te miras las manos
y descubres
que el pájaro que alimentaste
tiene el pico afilado
y que la mesa está vacía.

Los cuervos no llegan del monte.
Salen del plato donde partiste
el pan para dos,
de la silla que acercaste,
de la llave que entregaste
sin preguntar
para qué puerta la querían.

Traen la camisa que ayudaste a planchar,
el perfume que regalaste en diciembre,
la carcajada compartida durante tantos años.

Saben cómo llamarte
para que abras la puerta
sin mirar por la ventana.

La gente te dice: cría cuervos…
Qué fácil resulta culpar al ave.

Nosotros alimentamos fantasmas
con nuestra propia sangre.

Limpiamos la herida.

El puñal tiene el olor
de nuestra casa.

 

 

LA SOMBRA DE OTRO GATO

A las once, a las dos
o a las tres de la madrugada
corren sin importar
si es tu casa,
si te despiertas o no.

Conocen los tejados,
conocen los ojos,
las ventanas abiertas,
conocen el ruido de una botella
que rueda por la calle
y la voz de quienes los consienten.

A los gatos todo les pertenece.

Quizá por eso parecen felices:
porque nunca extrañan,
porque nunca piden permiso,
porque no son de nadie.

Los gatos desconfían de casi todo.
Nunca se dejan engañar.

Por eso sobreviven.

No le temen a nada.
Solo a la sombra de otro gato.

 

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1 comentario en «La sombra de otro gato»

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