Saltar al contenido

PEQUEÑO MENDIGO

Juan Manuel Gómez

En la madrugada, tu padre te despertó, jalando fuertemente la cabecera del chinchorro para interrumpir tu conexión con Lapü. Luego hacía lo mismo con tus hermanitos. Tu madre solo les preparaba un café clarito, lo único que tomaban en casa. Te habías puesto la ropa sucia y rota que te había regalado un tío hacía mucho tiempo. Andabas sin guaireñas para pisar la arena que se volvería hirviente dentro de pocas horas. Tus hermanitos no tenían nada que ponerse. Recogías una cuerda del suelo y la atravesabas en la vía, frente a la ranchería. Allí, desde temprano, cada vez que transitaba un vehículo, extendías las manos para pedir dulcecitos y bolsitas de agua.

Antes, la familia ponía cuerdas en la trocha para que tú y tus hermanitos vendieran iguarayas, pescados, camarones secos, caracoles, langostas, artesanías, cerveza y gasolina. Pero eso ya no era lo mismo. Ahora salían a la vía esperando que los viajeros les arrojaran galletitas y moneditas desde los vehículos, mientras los adultos se dedicaban a cobrarles dinero a los motociclistas alijuna que atravesaban el territorio wayuu en busca de los cerros, sitios sagrados para los viejos. Lo recaudado en esos peajes se destinaba a comprar chirrinchi. Por eso, los hombres adultos, incluido tu padre, permanecían de pie, embriagados, al lado de la carretera.

Otros primitos tuyos deambulaban sucios y descalzos por las calles de Uribia, pidiéndoles dinero a cuantos adultos se les cruzaran en las entradas de los supermercados o restaurantes. Dormían en las aceras o dentro de los parques. Lo que recogían se lo entregaban a uno de tus tíos, quien los sacaba de la comunidad después de alquilárselos a sus padres, que se desentendían de ellos. Estos solo aparecían cuando alguno de los niños moría o resultaba herido en cualquier circunstancia, para exigir la respectiva compensación. Tu tío se gastaba las ganancias en los bares y apenas les regalaba a tus primitos un billete de baja denominación. Los niños se lo gastaban comprando pegante bóxer.

Su situación no era muy diferente de la tuya. Pasabas días sin comer, no asistías al colegio, no había agua en la comunidad y tus padres no tenían cómo trabajar. La dignidad había desaparecido junto con los buenos tiempos, aquellos en los que ustedes eran felices sin saberlo. Entonces soñabas con ser grande para tener tu propio carro. Eran los días en que los viejos de tu familia consideraban la mendicidad una vergüenza colectiva.

Pero los tuyos ya no tenían oportunidades para sembrar, pescar, hacer artesanías, pastorear, comerciar o trabajar. Peor aún, carecían de educación, salud y agua. Cuando fueras grande, estarías destinado a no tener tu propio carro. Así, el peaje en la curva se convirtió en una fuente de dinero y de alimentos azucarados que los turistas alijuna les daban a los niños que salían a la carretera para recibirlos. Tus favoritos eran los confites y los bombones.

La curva era uno de los tantos corredores turísticos que conducían al Cabo de la Vela, Punta Gallinas y la serranía de la Makuira. Veías pasar Toyotas Fortuner, Prado, Explorer, Cherokee y Rubicon que transportaban a los alijuna con sus gafas oscuras, dispuestos a disfrutar del sol, la playa y la arena que no tenían en sus frías montañas, así como de los pargos y las langostas que no podían degustar en los finos restaurantes de las ciudades de donde provenían.

A medida que los vehículos transitaban durante el caluroso día, sonreías con los dientes llenos de caries, esperanzado en que sus ocupantes se bajaran, como ocurría muy pocas veces.

En esas ocasiones, algunos visitantes eran empresarios de las multinacionales. Te acariciaban el pelo desteñido por la desnutrición y, con ayuda de intérpretes, afirmaban que estaban cumpliendo sus responsabilidades con las comunidades. Decían hacerlo por permitir que les robaran el aire, el agua, el carbón y el gas de las tierras de tus ancestros, mientras destruían el medio ambiente a cambio de limosnas entregadas a los líderes. Estos eran comprados selectivamente y, de ese modo, las multinacionales dividían el sistema de organización social de tu pueblo wayuu.

Permanecías de pie en la carretera, pensando que tal vez de las Toyotas que estaban por pasar se bajarían otros visitantes: los políticos. Lo pensabas porque se acercaban los periodos de lluvias, cuando siempre aparecían. Aquellos políticos eran los verdaderos mendigos. Con sus iPhones en la mano, cazaban con mentiras a la autoridad tradicional de tu comunidad para que llevara a tus padres y demás familiares a votar por los candidatos de turno. Mendigaban votos cada vez que pasaban ocho lluvias y, después, se olvidaban de ustedes.

Así transcurría aquella mañana hasta que se tornó fatídica con la llegada de una caravana de vehículos. Desde la ventana de una Explorer en movimiento, una muchacha alijuna, tan blanca como la sal de Akualu’u, te lanzó un chocolate. Hacía esas cosas porque estaba acostumbrada a actuar desde sus privilegios. Corriste tan rápido para alcanzarlo y estabas tan feliz que no te diste cuenta de que una Prado se aproximaba a gran velocidad. El número de la matrícula y la palabra «Medellín», escrita en la placa amarilla, fueron lo último que viste en el mundo de los vivos.

1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas (1 votos, promedio: 5,00 de 5)
Cargando...

Déjanos tu comentario

error: ¡Contenido protegido!