LA MIRADA SILENCIOSA DE LAS CUATRO PAREDES

Marianné Rivera

Si las paredes hablaran, le decía la abuela a su pequeña nieta, ¿cuántas historias nos contarían? Cerraba los ojos cansados, casi sin vida. Los gestos y las muecas en su cara vislumbraban dolorosos recuerdos que no podían ser percibidos por la pequeña Sahara. Sin embargo, cuando la abuela la veía, la agudeza de su mirada era tan fría y profunda que parecía traspasar el alma. La pequeña permanecía asustada frente a ella, mientras la mano marchita y envejecida por el tiempo la alcanzaba y le daba pequeñas palmadas en la suave y tierna mejilla le decía:

—Pobre niña, tu belleza será tu maldición.

Sahara corría en busca de su mamá y al encontrarla le suplicaba se fueran a casa. Gabriela se despedía tiernamente de la abuela, tomaba a su hija de la mano y subían al auto. De camino, la niña le platicaba que sentía mucho miedo al percibir el miramiento de la abuela que le presagiaba un angustioso destino.

—Tranquila cariño, todo está bien —le consolaba.

Tiempo después, la abuela falleció a causa de las heridas del alma que envenenaron su cuerpo. El cáncer invadió primero el seno izquierdo, después el hígado, los riñones y al final los pulmones. La aparición inminente de la enfermedad llevó a la destrucción de su cuerpo sin consideración alguna. La metástasis la invadió de manera fulminante. Su partida era un hecho. Para Gabriela fue un golpe devastador; pasaron los días y su comportamiento no mejoraba. La joven estaba preocupada por la situación que atravesaba su madre, no podía dejarla así, entonces resolvió acercarse a ella para apoyarla.

 Era sábado por la mañana, perfecto para llevarla a desayunar; Sahara se apresuró a llegar a la casa de su madre y aunque Gabriela no estaba de humor para salir, se animó. Tenía que confesarle el hallazgo que había hecho. En camino, la niña recordó aquel momento en que su mamá la tomaba de la mano y la hacía sentir mejor, ahora es mi turno de hacer lo mismo por ella, pensó. Minutos después Sahara le describe emocionada a Gabriela el lugar al que la llevaría:

—Es un maravilloso restaurante, con grandes ventanales, hermosos jardines y la comida exquisita.

Cuando llegaron quedó extasiada, no sabía si era el lugar o su hija tan atenta. Entraron y se acomodaron junto a la ventana, los rayos del sol iluminaban el rostro de Gabriela, tenía en su mirada un brillo muy especial que la hacía ver preciosa, cuando su hija la miró, le pareció ver a la mujer más espectacular del planeta, sin embargo, en sus ojos se podía percibir la tristeza que le invadía. Sahara la tomó de la mano y le preguntó:

—¿Qué pasa mamá?

—Tengo que contarte un secreto. Hace algunos días, quité del closet la ropa de la abuela; ahí encontré un baúl, en el fondo de este había un llamativo diario rojo de pastas duras y junto a él, la foto de una bellísima mujer de vívidos ojos negros. Sabía que no era correcto leerlo, aun así, lo hice.

Sacó de su bolso el cuaderno y lo colocó sobre la mesa. Con palabras entrecortadas por las lágrimas que hacían difícil su dicción, dijo:

—No puedo continuar, quiero que lo leas.

La chica tomó el viejo diario y lo abrió, en sus páginas, ya amarillentas por el paso del tiempo, encontró un escrito que llamó su atención: La mujer es sometida a la bajeza de las palabras hirientes que tienen como objetivo acabar con la poca autoestima que queda, propiciando la violencia y humillación, sobajando la dignidad y arrebatándole todo. El silencio y el miedo te someten y conquistan tu voluntad.

Intrigada, siguió leyendo: Ha pasado el tiempo, espero no volver a verlo. En las siguientes páginas se vislumbra el horror de la abuela cuando escribió: Hoy lo vi, no fue casualidad, él me esperaba, cuando se acercó mi corazón se aceleró y mis piernas entorpecieron, intenté correr, pero me alcanzó, jaló de mi brazo, sabía lo que pasaría y aunque me resistí, no pude evitarlo, tiró de mi cabello con fuerza y me arrastró hasta aquel lúgubre espacio donde solo las cuatro paredes eran fiel testigo de mi desgracia. Traté de escapar, fue lo peor que se me ocurrió. Cuando me tomó y estrujó contra la pared pude ver en su mirada la oscura crueldad dispuesta a lastimar sin piedad; entonces preferí cerrar los ojos y crear una realidad alterna que me permitiera escapar de aquel espantoso suceso.

Sahara quedó anonadada, una lágrima resbaló por su mejilla y siguió esculcando aquel escrito: El recuerdo me atormenta, me arrastra al abismo y a una locura momentánea. Ahora el silencio arremete contra mi cuerpo y el cáncer acaba conmigo, ¿qué opción queda? Solo morir con la marca de la desgracia. Sahara mira a su madre, se acerca a ella y la abraza, comparten por un instante el dolor que les aqueja aquella terrible confesión. Minutos después toma la vieja foto, la mira y entre suspiros le dice: Hoy por fin puedo comprender tus palabras abuela, el tabú y el silencio de lo que pasa dentro de casa son los mejores aliados para la inoculación de la infamia. La niña queda pensativa por un instante.

—¿Qué pasa hija? —le pregunta Gabriela angustiada.

Sahara la mira con lágrimas de dolor:

—Los temas prohibidos han dejado marcas en la historia y también en el cuerpo que con el tiempo se desvanecen y olvidan, pero las señales de maltrato permanecen grabadas en la mente y el alma, esas no desaparecen, la abuela solo aprendió a lidiar con ellas y con las consecuencias devastadoras que han terminado con su vida.

Hace pausa y continúa:

—¡Ay mamá! Si la abuela hubiera hablado con alguien y pedido ayuda, se daba cuenta que no fue culpa suya, ella no provocó esta monstruosidad.

Gabriela levanta el mentón de su hija con cariño, seca las lágrimas que resbalan por su cara:

—El silencio, la vergüenza y la culpa arrastraron a la abuela a una soledad infinita que la hizo sentir miserable toda su vida.

Suspira profundamente, hace una pausa y sigue comentando:

—Mi pequeña, si en algún momento pasas por una situación similar, no te quedes callada, cuenta tu historia a la persona que más confianza le tengas. Libérate de esos sentimientos y emociones negativas que te pueden enfermar y ¡busca ayuda! ¿Me lo prometes?

Sahara mira agradecida a su madre, la abraza, y le dice al oído:

—Te lo prometo mamá.  

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7 comentarios en «La mirada silenciosa de las cuatro paredes»

  1. Linda historia, es la de muchas mujeres que por callar tanta tristeza, ira y miedos desarrollan esta terrible enfermedad.
    Por ello hay que procurar reír, ser positivos, entusiastas y no quedarnos con emociones que nos ahoguen y frustren. No reprimirnos.
    Felicitaciones, querida Marianné.

  2. Guau 😮 que certera reflexión !!! Y pensar que en los tiempos de mi abuela no sabían leer. Hoy tengo la dicha de disfrutar de mi abue y a través de sus historias conocer más de su vida. Me queda pensar que si ella con TODO lo que vivió VIVE !!! Se aplica aquí su dicho : Lo que no te mata te hace más fuerte !!!!
    Yo soy una horMONA extraordinaria !!! Gracias por aportar y sumar en mi vida !! Marianne
    DIOS NOS BENDICE !!!

  3. Una historia muy dura, pero que al mismo tiempo invita a la sanación a través de la comunicación, a generar la confianza suficiente en la familia con el fin de fortalecer esos lazos generacionales valorando a las memorias vivas que lucharon por vivir para que continuemos por este sendero de la existencia, que con resiliencia, determinación y perseverancia tenemos la cura de esos momentos difíciles para convertirlos en experiencias liberadoras llenas de catarsis con Papel y Lápiz.

    1. Qué hermoso comentario mi querido amigo Charly!! Completamente de acuerdo contigo contigo. La escritura nos da la oportunidad de liberarnos incluso de renacer a través de las letras logrando sacar lo mejor de nosotros mismos… La mejor sanación para el alma es la escritura.. te mando un mega abrazo con mucho cariño y agradezco infinitamente tu comentario!! 😘😘😘

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