EL MÉDICO

Luis CampoElíaz

En aquellas tardes de viernes donde habitualmente se ingería alcohol a cántaros en la tienda de mis padres, El Cacique, un médico amigo de la casa, al compás de música vallenata y bajo la sombra de un frondoso almendro siempre me dejaba perplejo por la extraña forma de expresarse. Me daba la sensación de que era sanjuanero, pero pronunciaba ciertas palabras con un golpe en su acento, propio del cartagenero y una que otra con dejo paisa.

—Papi, ¿de dónde es el médico? —preguntaba desconcertado.

—Mijo, él es provinciano. ¿Por qué?

—Es que habla medio raro.

Y con una sonrisa que provocaba mi inocencia de aquellos años, me explicaba:

—Es que él estudió en Cartagena y la esposa es de Medellín.

Aquella fue mi primera consternación lingüística, esa extraña mezcla de acentos en una misma persona siempre me mantuvo expectante, causaba cierta curiosidad en el niño que apenas era por aquellos años.

El médico, por alguna razón desconocida por mí hasta ese entonces, contaba historias fantásticas de sus épocas juveniles: lideraba las marchas estudiantiles, «que por aquellas épocas eran altamente ideológicas. No como las de ahora» —decía—; los dedos, incluyendo manos y pies, no alcanzaban para enumerar sus amores; manifestaba ser un estudiante de notas inmejorables, —estudió becado—, y un excelso deportista, al punto que no ingresó al Júnior de Barranquilla, —según él—, por una extraña lesión de tobillo que sufrió en un juego de «vóleibol» donde ingresó a reemplazar al pívot que había faltado al encuentro, pero el paso inexorable del tiempo va quitando el velo de la inocencia de todo niño y al ir creciendo empecé a notar un alto grado de incredulidad en todo aquel que oía sus anécdotas. Mi padre y muchos con los que el médico compartía un trago de whisky se miraban entre sí, en el mayor de los mutismos y respetos, cuando el doctor contaba una historia, en las que él siempre era el protagonista. Enumeraba gestas dignas de cualquier héroe mitológico, fácilmente decía —sin despeinarse— que, en los eventos deportivos universitarios, él anotaba el gol del campeonato; vencía, por nocaut, a un contendor de boxeo y se bajaba del ring para correr los doscientos metros planos. Eso sí, amalayando su suerte porque no había quedado de primer lugar en la última competición debido a que trastabilló en la salida. Esa historia fue tan increíblemente hiperbólica, que cada vez que la contaba le aumentaba una nueva disciplina a su récord de participaciones en aquellas justas deportivas. —En mis cuentas, el doctor, llegó a ser ¡exatleta!

El médico, era de aquellos que se titulaban antiguamente como cirujano, siempre defendía la hipótesis de que todo galeno que se especializaba era bruto.

—Negro —decía a mi papá—, yo no operé a Jacinto Puyana de la válvula mitral porque aquí en Maicao no hay quirófano para ese procedimiento, tuve que remitirlo al doctor Sales Sales, en Barranquilla —contaba jactancioso.

Tan loables como sus hazañas competitivas fue su trasegar profesional, envuelto en la enjundia de su mitomanía narraba la práctica de todo tipo de intervenciones quirúrgicas de mayor o menor grado de complejidad y que debido a su extraordinaria labor, en por lo menos treinta de los cien pueblos en los que ejerció su praxis, —según contaba él—, los concejos municipales habían aprobados la instalación de placas o bustos en la plaza central de aquellas poblaciones rindiéndole honores a su memorable legado.

—Doctor disculpe, ¿usted a qué edad entró a la universidad de Cartagena? —preguntó mi papá, desprevenidamente.

Yo oí y me puse presto y atento esperando la perorata con la que el médico se despacharía.

—Negro, yo ingresé a la universidad en 1953, tenía veinticinco años y me gradué en 1965. 1967 me fui para Medellín y me casé con la mamá de mis primeros hijos. En 1968… —y así enumeró, en medio de una prosopopeya, el recorrido de su vida, año por año, hasta 1995.

—Papi, usted qué edad tiene —le pregunté a mi padre al día siguiente, durante el almuerzo.

—Si nací en 1955 y estamos en el 95.

—Tiene cuarenta, —afirmé—. Pa’ y el médico parece que tuviera como la misma edad suya, ¿cierto? —pregunté finalmente con intriga.

—Él es exactamente diez años mayor que yo —me dijo mi papá mientras tomaba una cucharada de sopa.

—Pero sacando las cuentas, al doctor le están sobrando doce años de vida —expresé asombrado, rascando mi cabeza.

—¿Doce? Yo dejé de llevar la cuenta porque la última vez que hice el cálculo le sobraban treinta y cuatro años.

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