LA OTRA NAVIDAD

Diego Fernando Gutiérrez

Cuando Efraín salió en la mañana del miércoles a muy tempranas horas, impulsado por el rescate de ideas y meditaciones que lograban remover la conciencia por épocas, lo que advertía su precariedad, dejó una nota plegada en el mesón leñoso de la cocina, que poco explicaba el motivo de haber pasado trapo a las pantaneras:

—Los pies querían caminar —decía en el pie de página como una especie de posdata.

Dulce María, sin dejar rastro de su angustia sobre las sábanas, quiso esperarlo como siempre en estas fechas, junto a la ventana que se codeaba a la puerta. Se convenció de presentir a leguas el alma de su esposo.

Hasta entonces, sus hijos yacían hasta tarde en el jergón que el cabildo le pudo donar por los largos servicios que les prestó Efraín. Los niños habían culminado el año escolar, eran  tiempos de ocio y de muchas cosas que a ellos no se les describiría. Serían largos sueños, pues también habían escrito las cartas, que con tanta expectativa y vehemencia, redactaron para las vísperas del día siguiente: “Esa quimera de niño que solo la mata los años”.

Serían las diez menos cuarto cuando notó que Efraín no regresaba.

—Seguramente debe estar donde el compadre Lucas —musitaba la mujer recogiendo sus lívidas manos entre los muslos.

Efraín, Efraín, seguro… Repetía, con presunciones que la seguirían martirizando; pero se aseguró de todas formas para salir de la duda.

Prefirió el baño antes que otra ocupación y duró menos que cuando se acostumbra a bañarse con un balde. Se afanó para tratar de colocarse la ropa menos raída y deshilada; fue hasta la habitación de sus niños observando que aún se sumergían en la somnolencia. Fue entonces cuando decidió salir hasta la Secretaría de la Jurisdicción, donde su prima Cádiz tenía un puesto de venta de minutos a celulares en la entrada.

Ella había presenciado la huida. Sus ojos, a facultades sombrías en la hora que Efraín partió, despiertos estarían por el sublime desasosiego y escasez que padecían desde la cuna que nunca tuvieron y el menester que siempre los cobijó. La mujer tomó el impulso, y trémula, hacía de la distancia el más inquietante itinerario. La perturbaba la falta de bonanza hasta la impaciencia de llegar y agarrar el teléfono y hablarle a su compadre Lucas.

—¡Buenas! —prorrumpió—, ¿Cádiz?                                                              

—¡Mija! Buen día es hoy para mirarla —dijo su prima saliendo de la recepción.

—Lo mismo le digo —prosiguió Dulce María apoyándose en el estante.

—¿Su merced de prontico no miró por aquí al Efraín? 

—No, no lo he visto desde el sábado que vino el Gobernador, ¿en dónde se zambulliría? 

—¡Ay Dios santo! Tengo un muy mal presentimiento, salió desde la madrugada y estas son las horas que no asoma. 

—No se anude con esas barruntas —dijo Cádiz—, mire que siempre las tragedias se manifiestan a primera hora.

—¡No diga eso caramba! —espetó Dulce María recogiéndose el cabello—. Mejor venga, regáleme un minutico.

—Subieron a ciento cincuenta pesos, tome y sálvese de dudas.

Dulce María se dio por enterada que el tiempo es cómplice del caos. Eran pues las diez y media y Don Lucas le había corroborado que Efraín pasó desde muy temprano por su casa, a eso de las siete y diez, tal como se lo había craneado ella misma. Había ido para pedirle prestado unos pesos para comprarle los detalles de navidad a sus hijos; claro que Don Lucas no era del todo acomodado para hacerle ese favor, pero él mismo le contó a Dulce María la desesperanza que corría por el rostro de su marido.

—No tuve de otra que romper la alcancía y prestarle unos pesitos, aunque hayan sido unos pocos —dijo Don Lucas.

—Al final, ¿qué camino tomaría?

—Nadie lo sabe.

—Por último, le dejó diciendo que se iba a rebuscar una chauchita de buena paga fuera del pueblo.

Afuera podía pasar de todo, la guerrilla llevaba reteniendo los últimos días a quien intentase salir furtivamente del territorio. Esta pues era una cuita más abalanzada ahora que su marido probablemente estaba por paso de riesgo.

—Y tanto peligro qui hay ahora —se dijo cuando Cádiz la veía toda ensimismada, abstraída por las imágenes nocivas que la abatían con nerviosismo.

—Tome y por favorcito, le debo estico también.

Evitó cualquier reclamo, y su prima decidió que no era momentos de mora ni regateos, que por más cicatera que hubiera sido, ahora sería prudente olvidarlo.

Pronto, se quitó las esparteñas y bajó de nuevo a la barraca.

—¿Dónde andará el Efra? ¿Dónde, Dios mío? —siseaba al viento.

Le costaría unos segundos mirar que sus pies estaban blancos del polvo que salpicaba y recordó la nota que leyó en la mañana. Le hizo pensar que no podía escandalizarse por lo que le pregonaba el presente, el futuro era otra cosa de la que se podría discutir, ¿quién sabría del futuro? Así que la artimaña del presente era una combustión psicológica, de la angustia que sabía ser fuerte, y que hoy la había empezado a desnudar.

Cuando entró a la barraca, percibió que el hálito precoz trascendía por toda la estancia y Nicolás y la niña Sofía ya presidían desde el mesón:

—Los niños se creen autócratas hasta que luego crecen y cuando conocen la vida, verán derretirse la piel de sus párpados y despellejarse la resistencia de la vida —murmuraba entre dientes preparando el frugal desayuno.

Al medio día, el pueblo suscitaba el esplendor que diariamente le hacía cara al cielo, el frío no podía cesar ningún ritmo que en ese diciembre podía agitarse. El más longevo del arrabal, Don Riveros, acogía la navidad con las canciones del maestro Quintero. Ahí el olvidado pueblo no tenía lumbreras ni esa época ni otra, recibían siempre otros sacrificios, extraño sería apreciar la montaña sin el diluvio que cortaba las voces. Por otra parte, el gobierno de esa nación jamás hizo otra cosa que velar por los extranjeros y por las celebridades de ese país.

Se hizo la tarde y Dulce María aún no entendía por qué en la puerta no se situaba la sombra de Efraín, que con tanta perfección podía acertar reconocerla. Nicolás, que no se cansaba de preguntar por su padre, se sentaba alrededor del árbol a acariciar cada rama enmarañada del cableado de luces.

—Ahora sí se demoró, mamita —dijo Nicolás.

—Debe estar bien, ya ha de llegar.

—Él mismo nos dijo que no era bueno estar fuera de la casa a estas horas.

-Cinco y veinte —mascullaba la madre mirando el reloj de pared, lo único que les quedaba para ubicarse en el cosmos. Entender la realidad de una perspectiva que había que llevarla en la espalda.

—Por lo que sea, algún día hombre llegarás a ser, y de tu padre deberás recordar su amor —le dijo Dulce María a su hijo.

—¿Qué pasa mamita? ¿Dónde está mi papá?

—Debe estar en la chiva, viajando de vuelta.

Sofía, la sietemesina, volvió a tomar la carta que había dejado en el árbol y sin titubeos repuso sus deseos por uno solo: «Que mi padre recuerde el camino». Eso dejaba vaporizada la cautela con que las paredes también sentían, miraban, esperaban las estaciones, los cambios, la dicotomía que solo el reloj especificaba el tiempo, si podía acaso deducir al tiempo. Pero ya la noche había difuminado las blancas nubes y era el momento de remover todo. Mentirle de todas formas a Nicolás y a Sofía, decirles que mañana habrá júbilo y por qué no, sería muy fácil, engañarles con la esperanza de tener en sus manos los regalos materiales que nunca habían poseído. Eso precipitaba la lluvia que adormecía las buenas voluntades de la calle, más justificaciones para castañetear, para morderse la lengua. Eran mucho más las especulaciones, las rotaciones que hacía la cabeza de pensar y de solo pensar que podía abrir la puerta y recibir a su esposo con un café considerablemente hervido, o de alguna manera salir a buscarlo y que la noche se alargara hacia todas las bifurcaciones que encaminaban esas ineludibles atrocidades de la psique.

Qué bueno sería si la cabeza en estos incordios no pensara tanto, cómo duele pensar cuando alguien hace falta, cuando la silla está menos huérfana que este pueblo. Ahora sí debía dejar de crear ideas prescriptibles, darle valor a lo que quedaba, orar tanto como fuese necesario, ella no perdía la fe. Sus hijos, que de nada se les esclarecía, solo podrían enterarse en cuanto una nostalgia de Dulce María dejara en claro una explicación sin precedentes.

El miércoles 23 de diciembre, corrían afuera las voces tardías para las premonitorias teorías que se habían irradiado desde la palidez y otros factores cavilosos. Sin parpadear, la mujer solo le regaló sus ojos a la manija y al reloj, que configuraban la llegada de la media noche, y el silencio fue interferido por el súbito escándalo que había demorado desde hace ya unas inescrutables horas. La respiración profunda al dirigirse a la puerta lo había confirmado todo.

—¡Niña María, niña María! —voceaba el viejo Riveros.

—¿Qué pasa Don Riveros?

—El joven Efraín, es el joven Efraín.

Sin inmutarse, quiso creer que la noche era joven, haló la puerta bruscamente, le echó los brazos a Don Riveros y salió arriada sin escuchar ningún comentario, sintiendo en lo más abismal un entusiasmo que la trastocaba. Don Riveros, estaba de lo más viejo para poder acelerar con la noticia; además, al hombre le faltaba aliento, casi el dolor lo consumía entero y sin embargo prefirió restablecer la franqueza.

—Mija espéreme la llevo, lo encontraron en el río; todo el cabildo lo está levantando —dijo el viejo.

—¿Levantando? —preguntó la mujer.

—Mija, míreme, escúcheme, serénese, no tiemble; hoy la lluvia cayó temprano para cantarnos una elegía.

—¿Una quéé? —inquirió Dulce María sin poder interpretar esos contenidos que ella no quería comprender, que no querría escuchar.

—Ay mi niña —le ciñó las manos—. Al muchacho Efraín lo mataron, lo mataron.

Con esa frigidez que descendía la gota a un rincón del suplicio, se ven los árboles invertidos, una larga retrospección de cuando el matrimonio modesto los unió hasta ese día. Efraín era hijo de campo abierto y cosechador no solo de trigo sino de sueños que dejó en el vástago tres páginas extensamente vacías. Ahí en el pueblo no costaba nada entregar la vida y dejar a los suyos en la parvedad, el desconsuelo y en el vórtice del tormento. Este era el país de los encantos y de las sorpresas infernales. En  este pueblo alguna vez en el pasado solía salir el sol.

Creció el fuego, llegaban las doce y papá Efraín no regresaba, como hacía Dulce María para darle la mala nueva a sus niños; sobre todo a Nicolás, que entraba en la edad prematura de los incansables cuestionamientos. Qué más pobre se puede ser cuando la muerte anda rondando por todos lados. A ellos, que navidad codiciaban por primera vez, probar sabor del manjar de la alegría, no les quedaba más que vestir de negro y contemplar el profundo abismo.

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