FIFÍ, LA PERRA DE LA VECINA

Luis CampoElíaz

Corría un lunes del mes de junio del año 1994, el sopor de las horas de esa tarde se reflejaba en la quietud de las ramas del árbol de almendro enfrente de la tienda El Cacique.

— ¡Jueputaaaa! ¡Qué calor tan bravo! —pensaba, mientras me sudaba hasta el pensamiento, despachando a la clientela que se arremolinaba en la reja del negocio de mis padres en búsqueda de los alimentos para el almuerzo de sus casas.

—Vecino, buenas. ¿Hay carne? —preguntaba Carmen Helena, una asidua cliente de la tienda. De esas que sólo oírla hablar develan un arribismo fatuo.

—Sí señora.

— ¿Lomo fino? Es que a Fifí, la perra que traje de Miami, sólo come carne de primera, lomitos de atún en agua marca Van Camp’s y pechuga de pollo de la americana —advertía en tono orondo, sin nadie preguntarle.

—Hay una libra aproximadamente.

— ¡Noooo, Lucho! Yo estoy loca, jiji, —reía tapando su boca—, se me olvidaba que Pipe, mi esposo, había traído cuatro libras del matadero para Fifí; Luchito y esos guineos, a cómo son —preguntaba ahora, señalando unos bananos exhibidos en su caja.

—Uno en trescientos y dos en quinientos pesos.

— ¡Y tan chiquitos! —se quejaba—. En Miami sí venden unos de verdad-verdad y rebaraaaatos.

Nojoda, cómprelos allá, vieja malparida, me decía mentalmente, marcando una sonrisa levemente hipócrita en mi rostro.

—Es que están caros en el mercado, señora Carmen —le aclaraba, amablemente mi padre, quien atendía a otra ama de casa.

—Bueno, ya que vine a la tienda y pa’ no perder el viaje, dame tres, una libra de arroz y cuatro onzas de queso —decía, sin pedirle explicación alguna.

La mañana del martes comenzó como la tarde del día anterior, pero con el atenuante de que el fluido eléctrico había sido suspendido por aquella despreciable empresa comercializadora de energía en el caribe colombiano, a la que le recordábamos su distinguida progenitora en cada «mantenimiento programado»:

—Electricaribe y su hijueputa madre —estoy seguro que era la expresión de menor calibre ante la interrupción del servicio domiciliario.

En aquellas horas la camisa se empapaba de sudor con sólo pestañear. El calor incisivo doblaba la rectitud de las veladoras de cera que permanecían en sus respectivas cajas. El bochorno era incesante y excesivo.

—Negro, buenos días —saludaba Carmen Helena a mi papá.

—¿Cómo amanece señora Carmen?

—Negrito, ¿hay pechuga? —preguntaba en ese tonito de voz agudo y nasal que perturba más que el zumbido fastidioso de un mosquito en las noches de desvelo.

—Sí señora, cuántas libras le despacho —expresó mi papá, presto a atender a la presuntuosa cliente.

— ¡Andaaaa! Negro, disculpa; yo no sé dónde tengo la cabeza, se me olvidaba que Pipe, esta mañana mandó dos para la perra. Bueno, ya que estoy acá, véndeme media libra de espaguetis y medio paquetaco de galletas Saltinas, para no perder el viaje.

—Papi, pero Fifí come mejor que un poco de familias del barrio. —le dije a mi padre, poco después de que la clientela se había marchado de la tienda.

— ¡Mejor que tú! —dijo mi papá, medio sonriente, mirando mi cara, expresando, como siempre, ese gesto que aguzaba la malicia que, como niño inocente, aún no afloraba en mí.

—Luchito, tienes lomito de atún en agua, marca Van Camp’s —preguntó la señora Carmen al día siguiente antes de la hora del almuerzo, en plena hora pico de venta en la tienda El Cacique.

—Sí, señora.

— ¿Cuánto vale?

—Tres mil pesos.

Tragó en seco. El tintineo de las monedas que traía en sus manos evidenciaba que no tenía el dinero para la compra del producto.

—Lucho y en aceite, del barato; es que a Fifi me toca empezar a ponerla a comer normal; me está saliendo muy cara —reclamaba—. ¡Ya le dije a Pipe! —sentenciaba, enunciando sus palabras a un contertulio imaginario dentro de la multitud de amas de casa que la oía.

—Vale dos mil doscientos, señora Carmen.

— ¡Anda niñoooo! —zapateaba—. ¿Y ahora qué come la perra? ¿Ah? Entonces dame una sardina de mil quinientos; ¡Fifí tiene que acostumbrarse a lo que haya! —Sentenciaba, tomando el enlatado.

El jueves el astro rey despuntó tan fiero que los techos de las casas lamentaban su destino jorobando el maderamen que sostenía el duro Eternit de las cubiertas, era el preludio de que algo acontecería en la tienda El Cacique, la cual hervía en gente esperando el turno para la compra del almuerzo que pondrían en sus mesas.

— ¡Qué calor tan insoportable! Está más caliente que la lengua de la Negra Amelia —expresó mi papá, sabiendo que la persona con la que hacía el símil estaba oyéndolo.

—Compa’e Negro, le creo; hoy vengo con la lengua dispuesta y bien afilá —sentenció Amelia, desde la banqueta del negocio.

—Comadre, deje la pelea que eso no trae nada bueno —advirtió mi papá.

—No compa, es que la tal Fifí me tiene muy aburría; esa perra muerta de hambre me lleva arriá y la dueña me tiene que pagar los daños; ¡Si señor!

— ¿Cuáles daños? ¿Muerta de hambre Fifí? —preguntó Carmen Helena, un poco consternada, llegando a la tienda sin ser vista por ninguno de los presentes.

—Sí señora, así como lo oye; su perra se ha comido el cuero de tres asientos en mi casa —respondió Amelia, dando media vuelta.

— ¡Mi perra sólo come pechuga de pollo, lomo fino o lomitos de atún Van Camp’s en agua! —reclamó Carmen.

— ¡No hable mierda! Su marido todas las tardes le cocinaba un pedazo de galillo de vaca manido a esa perra porque hasta mi casa llegaba la hedentina; pero ya hace un mes que lo botaron del matadero y tienen a ese pobre animal pasando hambre y haciendo daño en las casas de los vecinos.

— ¡Jesucristooo! ¡Señor bendito, qué calumnia! Padre amado, átale esa lengua a esta mujer —imploraba Carmen, levantando sus manos al cielo.

— ¡Bueno! —Gritó Amelia a los cuatro vientos— Yo no vengo a cobrarle los taburetes, vengo es para que me pague los tres pares de zapatos, marca Verlon, que mis hijos dejaron secando ayer en el patio y la perra hambrienta esa, se comió. ¡Nojoda!

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