OCASO

Anushka Tereshkova

Puso el libro sobre el escritorio, apoyó sus dos manos sobre él y sobre ellas su cabeza, como pretendiendo que todo lo contenido en este penetrara en su mente cansada. Sentía un entumecimiento en las piernas y espalda. El pelo se erizaba como si el pasado con todo su ímpetu se apoderara de ella. Había depositado todas sus esperanzas en ese libro; horas de desvelo interminables; rechazando trabajos ventajosos; visitas a sus nietos. Ella solo no quería irse de este mundo sin darse el gusto de contar su historia, sin cumplir el más caro de sus sueños. Era su momento, y, a pesar de todo, estaba terminado. Una puerta a infinitas bonanzas se abría, se concretaba. No lo podía creer, la felicidad la inundaba. Había alcanzado, por fin, el umbral de la plenitud absoluta, ese tan deseado por todos.

Se detuvo en su infancia triste y solitaria. Se visualizó hamacándose en la rueda que su padre le había instalado en el árbol del patio de la casa. Llegó a sentir el frío viento en su rostro y se recordó volando mientras extendía sus piernitas descubiertas. Volar durante horas era la manera de salir de la realidad sin siquiera proponérselo. Pasó luego a los dieciséis; año tremendo por el desarraigo y la guerra, tejidos y caminatas largas, gente osca, cambios, desacuerdos y marcha; una época desafortunada. El penúltimo recuerdo la encontró desenvolviéndose como madre, esposa y abuela; haciendo miles de tareas, estudiando y trabajando, disfrutando y maldiciendo; en una palabra, viviendo.

Su último recuerdo la llevó a sus últimos diez años; supuso que estos la estarían esperando para viajar, enamorarse y ser lo más dichosa posible; era su oportunidad. Tenía todo planeado, perfectamente cronometrado como era su costumbre; a partir del siguiente mes pondría manos a la obra, pensaba en aquel momento. Trabajo, viajes, cambio de vivienda, disfrute y lo más deseado: paz. Estaba entusiasmada, eufórica y enajenada. Tenía todo al alcance de la mano y empezaba la aventura, la última y definitiva que daría el nombre a su lápida: ¡Vivió! Salió a la calle. Llevó su libro terminado y listo para publicar, era su pasaporte a la vida que siempre soñó. Era un nuevo comienzo, era el “por fin” de los porfines.

La enfermera le acarició suavemente la espalda y le peinó los plateados cabellos con los dedos. Había una infinita ternura en su trato y en su voz al hablarle.

—Vamos, Ema. Hay que ponerle bonita, hoy viene su nieto a llevarle. La condujo en su silla y, después de adornarla con sus mejores galas, la transportó al patio en donde la esperaba un joven apuesto que la saludó con una sonrisa y la besó tiernamente. Ella sintió que la abrazaba, que la sostenía tibiamente.

—Está igual, no habla, solo se aferra a ese libro. Muchas veces se lo pedí para leérselo, pero no lo deja —dijo la enfermera.

—Ella ya sabe lo que dice, lo escribió antes del accidente —respondió el muchacho con cansancio, refiriéndose al libro.

El joven empujó la silla por el largo sendero que conduce a la salida de la casa de reposo. Ella sentía la brisa en su rostro igual que cuando se hamacaba en la rueda del árbol. Sus piernas y todo su cuerpo se iban enfriando como si una descarga eléctrica la invadiera. Ema tenía medido el tiempo para llegar a la salida, entonces, allí, soltó el libro. Su nieto se detuvo a levantarlo y la miró: se había ido, sin él.

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