EL SARGENTO QUINTERO

Adalberto Camargo

La doce de la medianoche, hora mala, porque los espíritus del mal salen a las comunidades a influenciar a los hombres para inducirlos a diabólicas acciones.

El sargento Quintero con los ojos entrecerrados a causa de la borrachera, dijo a su compañero:

—Vámonos de esta mierda, quiero hacer un velorio en Distracción.

—¿Y quién va a poner el muerto? —preguntó su amigo, otro militar del mismo rango y en las mismas condiciones.

Entre canturreos y maldiciones caminaron durante más de media hora entre Fonseca y Distracción. Tras ellos y sin que pudieran verla caminaba una mujer huesuda semicubriendo el rosto con una capucha y empuñando con su mano izquierda una guadaña. El pueblo se hallaba silencioso, entraron por el mercado, subieron por la corregiduría y frente a la iglesia se detuvieron para tomarse un trago a pico de botella. Dentro de la iglesia se escuchó un murmullo de rezos y un roce suave como de pisadas deslizantes en el piso. El par de borrachos ni se percataron del detalle.

La puerta mayor se abrió y un hombre en pijama asomó la cabeza sigilosamente y al ver a la mujer que acompañaba a los dos hombres exclamó al tiempo que se persignaba: ¡Dios mío!

Los hombres continuaron su camino y al llegar a la esquina de Colasa, Quintero dijo:

—Este pueblo está muerto, hermano, camine para el batallón.

—Espere, mire allá hay luces y se escucha música; La muerte de Abel Antonio, en mi tierra la sintieron los muchachos.

Efectivamente, en la cantina de Yupo Oñate sonaba la bocina de metal y se oía voces y golpes de fichas de dominó y la grisapa típica de la parranda costeña. Los dos militares entraron y se sentaron aparte, nadie se ocupó de ellos hasta cuando pidieron un par de cervezas. Un muchacho moreno que atendía la cantina acudió solícito al llamado, les colocó las cervezas y se alejó. Allí estuvieron conversando y observando sin provocar y sin ser provocados, hasta cuando Quintero comenzó a protestar:

—¡Cállense güevones, que no dejan oír la puta música! —nadie se dio por aludido.

—¡Están borrachos, no les paren bolas! —le gritaron mientras la parranda seguía.

—¡Estos indios jediondos que tanta bullan hacen, ave maría va a ver! —gritaba el militar.

El sargento Quintero llegó a la mesa de los jugadores, tomó las fichas y las arrojó por encima de las cabezas hacia la calle.

Ante tal desafío Pedro Guerra se puso de pie y enfurecido le pegó una trompada a Quintero en la cara.

—¡Cachaco hijueputa! —le gritó mientras Quintero se iba de espalda contra una mesa y eso evitó que cayera.

El otro militar se acercó para auxiliarlo y le conversó algo al oído. Los civiles se aprestaron a esperar su reacción, pero los uniformados optaron por salir de la cantina. Los jugadores al verlos irse reanudaron la partida de dominó.

De pronto entró Quintero con una pistola disparándole sorpresivamente a Pedro, este saltó la cerca de tablas, pero ya iba mortalmente herido. Quintero seguía disparando indiscriminadamente contra todo lo que se movía. Aquello se volvió un torbellino de piernas que corrían buscando sitio seguro. Se escuchaban maldiciones impotentes ante la desventaja de enfrentar a un hombre armado.

Ángel, un hermano de Pedro, se trenzó en una lucha cuerpo a cuerpo con el sargento tratando de quitarle el arma, pero la juventud y el entrenamiento militar de Quintero se impusieron y Ángel recibió un balazo en la boca. Pedro logró cruzar la calle, respiraba con dificultad, una de las balas atravesó su pulmón derecho y la otra se alojó en su hígado, cayó de bruces debajo del palo de algarrobillo que muchos domingos lo vio jugar a la cucuruvaca.

Quintero quedó solo, su compañero huyó dejándolo. Seguía disparando al aire, mientras llamaba cobardes a los civiles conminándolos a enfrentarlos; parecía haber perdido la razón. Se le agotaron las balas y tiró la pistola. Aun así, Toño Martínez, tuvo temor de dispararle cuando pasó junto a él sin percatarse de su presencia.

Ángel logró llegar a su casa, entre el dolor y el llanto contó a su madre la tragedia; al oírla, la vieja Margoth salió gritando por toda la calle. La noche despertó y transportó el grito de aquella madre por todo el pueblo y al instante, todos sus habitantes se volcaron al sitio de la desgracia.

Margoth llegó hasta el cuerpo de su hijo y desconsolada se tiró encima de él. El dolor penetró en su pecho, explotó en su garganta, se derritió en sus ojos y corrió por sus mejillas, para finalmente evaporarse en el oscuro fondo de su traje negro.

El ejército hizo que Quintero pagara una corta condena en sus propios calabozos, después lo dejaron en libertad, no sin antes despojarlo de su rango.

Ya de civil se casó en Buenavista. Su belicosidad nunca cambió, no obstante haber recibido frecuentes palizas de aquellos que provocaba. Pero el tiempo pasa sin hacer olvidar los agravios y, “al que pega se le olvida, pero al golpeado no”. Diecisiete años después Ángel encontró a Quintero en Valledupar ya entregado a la bohemia y con la mente perdida, sin importarle su estado le metió tres balazos en el pecho. Este hecho revivió los comentarios del pasado.

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3 comentarios en «El sargento Quintero»

  1. Mi profe querido tus letras le dan voces a las historias que el tiempo hace que la mente olvide pero tu pluma las inmortaliza para que sean muchas l generaciones a las.que llegue.
    Un abrazo fraterno

  2. Lamentable es saber que este tipo de historias son tan cotidianas en nuestros países; la mafia y el gobierno están coludidos de manera tan obvia que nos resulta ya «normal» vivir entre asesinatos y luchas infinitas por el poder.

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