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Cuando la corriente se desborda

Joel Peñuela

Quedo mirándolo y el corazón se me arruga, los ojos arden y mi garganta me exige carraspear. Lo hago, entonces los pulmones exhalan un aire grueso donde se envuelven los recuerdos, almacenados en un rincón de mi memoria desde cuando era un niño campesino con una cosmovisión del mundo con el tamaño de aquel pueblo llamado Palomino, un rancherío con menos de mil habitantes ubicado en la carretera Troncal del Caribe, en La Guajira colombiana.

Mis emociones hoy amanecieron en la superficie. La alegría de verlo mejor contrasta con un sentimiento desierto, inclemente, punzante. Él hilvana bien los pensamientos, bueno, dos o tres, porque al cuarto me sorprende con una pregunta o comentario salidos de sus fantasmas que lo visitan a diario en su lecho en la clínica Cedes de Riohacha.

—¿Mi mamá ya comió? —me pregunta.

—Sí, claro. —respondo, sin pensarlo.

—¿Cómo está ella?

—Mejor que nosotros, don Noel. Ella está muy bien.

Hace algunos meses hizo la misma pregunta a mi madre, pero ella en su pudor de decirle siempre la verdad, le informó sobre su muerte veinte años antes. Él tuvo tres días de duelo. Lloraba con mucha frecuencia. Reclamaba que no le hubiera dicho, para estar en el entierro. De nada sirvieron las explicaciones de mi madre dándole los detalles cuando él había asistido al funeral con ella y nosotros, sus hijos.

—Meyo —expliqué a mi madre—, ¡él realmente acaba de enterarse de la muerte de la mamá! Está de duelo y usted debe asumirlo como tal, sígale la corriente y anímelo como más pueda.

—Pero, ¿cómo le voy a echar mentiras? —preguntó ella.

—No lo haga. Si él le pregunta por algún amigo o familiar fallecido, usted simplemente dígale que esa persona está bien. De esa forma no le miente, pero tampoco lo somete a experimentar de nuevo el dolor de su partida.

Meyo asintió en silencio, me miró, carraspeó y sonrió (cuatro pruebas de que me había comprendido).

—Entonces, ¿ella está bien? —repite el viejo su pregunta. Está inquieto por la mamá, como la vez anterior.

—Sí, claro, ¿por qué me pregunta por la vieja?

—Pues, tengo tiempo de no verla.

—Ah, entiendo, y por ahora no lo podrá hacer.

—¿Verdad? ¿Y por qué?

—Porque es difícil para ella venir desde donde está.

El viejo se queda pensando; le pongo un pedazo de pan en la boca, lo aplasta con sus encías. Sus dientes están gozando de buen retiro porque «eso le estaba fregando la boca». Le da vueltas y vueltas al pan, pero no lo traga. Le digo que lo haga, pero sigue revolviendo la masa como si no me hubiera escuchado.

—¿Avenita, viejo? —le digo y le acerco el vaso a la boca.

Deja de masticar y procede a tomar un poco del líquido blancuzco y desabrido. Viene al lado de una tajada de pan especial para diabéticos. Intenta tomar el vaso, se lo entrego y pongo mi mano cerca de la suya alerta por si decide bañarse con ella. No lo hace. Lleva el vaso a su boca con mucho tino. Me asombra. Lo felicito por la buena puntería, entonces ríe.

—¿Le gusta el desayuno?

—Sí, está bueno, pero ¿cuánto tienes que pagar?

—No se preocupe, don Noel, eso está pagado hace rato.

—¿Sí? ¿Cuándo lo pagaste?

—Fue usted quien lo pagó.

—¿Yo? ¿Cuándo? Si yo no tengo plata, ¿Cómo lo iba a pagar?

—Uf, hermano, tiene cincuenta y siete años de estar pagándolo —rebusca en su recuerdo, pero este no le responde como otras veces.

Ante su silencio doy una estocada para sacudirlo.

—¿No se acuerda o se está haciendo el…?

Dejo la palabra en suspenso para fastidiarlo… pero él no dice nada. Un tiempo atrás esa insinuación la habría tomado como una declaración de guerra, ahora solo mira el techo, en silencio. De pronto me siento muy solo. El viejo me está dejando… ¡los guantes ya no le calzan! ¿Con quién pelearé de ahora en adelante? Sin saber por qué, me acuerdo de mi hijo, pero ¡él no pelea conmigo!, además, ¡el horizonte es pequeño para sus grandes alas!

Le toco la mano al viejo: está helada. Mi cuerpo se estremece y el frío del viejo se mete por todo mi cuerpo. Ese escalofrío no tiene nada que ver con el acondicionador de aire. De pronto él me pregunta algo. Debo esperar un momento para controlar mi voz. Los ojos ya me delataron y debo pasar el dorso de mi mano para detener el recorrido del amor que, sin mi permiso, se desborda… río abajo.

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3 comentarios en «Cuando la corriente se desborda»

  1. Alicia del. Carmen López guerrero.

    Este relato me toca muchos sentimientos..Mi padre me pregunta por mis bisabuelos todo el tiempo y por muchas perdonas que fi estuvieran vivas tendrían casi un siglo.?

  2. Emotivo relato, cuando un ser querido está en su lecho de muerte siempre comienza a recordar, llamar y preguntar por familiares que no están en este plano terrenal, me pasó con mi abuelo paterno todas las noches preguntaba por su mamá y por su hermana en horas de la madrugada. Joel, tu escrito me hizo revivir ese momento.
    Excelente escritor te admiro mucho.
    Bendiciones.

  3. Es realmente fascinante como vas creando imágenes, en una armonía, en una sincronización de mementos exactos, la presicion de los detalles, las pausas que permiten ambientar el texto, el léxico. Es un relato sin pizca de tedio, que se disfruta de principio a fin.

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