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LA CALLE

Irene Tapias

 

Desde la ventana

Desde la ventana

las personas parecen imágenes en tercera dimensión,

símbolos anacrónicos de una cultura desueta.

Seres extraños, en apariencia inmunes al dolor,

impíos gladiadores buscando alimento para el superyó.

 

Desde la ventana, la soledad es espesa

y el silencio filosa espada que hiere el alma.

No hay un horizonte azul como en los cuentos.

Hay a lo lejos una línea delgadita

que separa la tierra del cielo,

pero es gris como el humo.

 

Y desde aquí esta golondrina solo anhela volar,

aunque tenga las alas rotas.

Volar, muy alto como otras aves en los Andes…

Volar y que las penas se enreden en el viento

y la espuma de las nubes.

 

 

Fotografía

Esa imagen particular se me hace conocida

soy yo antes de que el mundo empezara

a escribir en mí sus iniquidades.

 

Soy líquido inflamable en las vasijas del calor

consumiéndolo todo

me extingo en el fuego vernáculo

pero entre las cenizas pervive mi esencia.

 

La naturaleza reitera mi existencia

y me obsequia el pasado escrito a mano

en un cuaderno deshojado

último vestigio de la primera temporada de mi vida.

 

 

Mi morral de cuero

Cómplice estático de mis pilatunas de colegiala

y al tiempo verbo de los más descarnados secretos.

Testigo ciego de las promesas del ayer

a las locas salidas inesperadas del amor.

Amor, ácrata capullo de adolescencia.

 

Guardián de ideas prostitutas,

análogas a deliciosos reflejos,

emergentes de la imprudente necesidad de saber.

 

Saber qué color tienen por ejemplo

los juicios analíticos de Kant

el alcance de las ideas subversivas del Che.

 

Las ideologías de Bolívar, Sócrates y Santander

o tal vez hasta qué punto se aceptan

las reglas de gobierno del príncipe de Maquiavelo.

 

Saber también

cómo responde el pensamiento virgen

al dulzor de fanáticas tentaciones,

a la larga imperfecciones cotidianas de la vida.

 

¡Mi viejo morral!

Inveterado compañero de fugas

hacia una dimensión no contaminada,

donde yo era libre,

donde dejaba de ser yo para ser… ¿?

 

Tiene en sus bolsillos y en el propio fondo

esquirlas, trocillos débiles

de ilusiones que fueron válidas

y hoy yacen derogadas en la fría memoria

de una mujer gris, cuya licencia para soñar está vencida.

 

 

Una caricia para Antonio María

A mi abuelo

Antonio…

Adicto al perfume divino

que expiden los agrestes altiplanos de la tierra.

Adorador de la coquetería arrebatada e indomable,

perfecta arma hechizante de la señora selva.

 

Prisionero conforme en traviesos gemidos,

creados por el silencio

y la blancura perfecta del tiempo

que se asoma en tu cabellera.

 

Los tuyos…

Gemidos melifluos

amasados en hipotéticas intenciones

sepultadas a su muerte en el vacío voraz del confín.

 

Vierte sobre mí tus sabios consejos

yo a cambio solo puedo ofrecerte

los arreboles inclonables e inolvidables

de esta tarde de mayo,

mientras nos deleitan las bailadoras

de fandango y bullerengue, ornamentos de la playa

 

Quiero regalarte abuelo…

Un beso a tu frente arrugadita,

un apretón de manos,

un sorbo de mi juventud

y un verso de García Lorca.

 

 

La calle

La calle es un sitio solitario,

no hay transeúntes, solo sombras

que tropiezan entre sí.

 

Sombras, seres alienados,

miembros ad honorem del club de consumidores.

Sombras, desvanecidas,

en el ajetreo cotidiano de dolores vernáculos,

regalando al prójimo desmigajados gestos de humanidad

si el afán lo permite.

 

Sombras temerosas, desconfiadas unas de otras,

compartiendo el mismo espacio, el mismo tiempo

la misma huella, el mismo cielo

El mismo sol, la misma lluvia.

Eslabones de una misma cadena

y al fin sombras humanas; nada más…

 

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7 comentarios en «La calle»

  1. Muchas gracias Irene, el poema a tu abuelo es bellísimo. Tus textos muestran lo gran observadora que eres y la maestría con la que traduces ese análisis de la sociedad.

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