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LA VEJEZ

Anushka Tereshkova

No sé qué día ni a qué hora uno comienza a ser viejo, Nadie lo decide. La vejez viene y se va posicionando en la vida de las personas que ya tienen cierta pereza por las cosas, por hacer, por sentir y por transmitir lo que uno sabe. Ese “me da igual”, esa triste resignación por alzar la voz y opinar, porque el joven te aparta y siente que estas en una realidad paralela.

La soledad del viejo es tan diferente, está tan llena de capítulos, de prefacios, de epílogos y de notas al pie. Es un enorme caudal de fotografías en blanco y negro, de colores vivos y de colores borrosos o grises indefinidos.

La sabiduría del viejo es como el agua templada que se va callando y se va enfriando con la lentitud de las olas que socaban la piedra.

Y la ternura que se va quedando en las manos cada vez mas pausadas y manchadas se va escapando, se va deteniendo en los rostros, a veces rozagantes de niños, a veces resplandecientes de jóvenes, a veces desesperados de aquellos que vieron en un abuelo, la posible respuesta a sus pesares.

El viejo como el niño, te indulta de todas tus maldades y te reconcilia con las oportunidades, especialmente cuando te habla del tiempo, del tiempo que él ya no tiene, porque se lo ha gastado.

No sé cuándo ni a qué hora he sentido el cansancio y la solemnidad de decirle a la vida que ya es la hora del regreso, de desempolvar el sombrero y llevarlo puesto como gesto de elegancia y de respeto.

Hay un momento donde dejamos que el paso se haga más lento, para medir exactamente donde cabe el taco y sea certero.

Hay un gesto nuevo al apagar las luces de los cuartos y encender otra vez el candelero de luz tenue que antes nos daba olor a muerto, pero que ante la proximidad de lo inevitable nos amiga de a poco con lo que más tarde o más temprano será cierto.

Hay un aroma que nos va envolviendo y se va quedando impreso, para no dejarnos más y servirá de recuerdo.

Hoy miré mis almanaques viejos y sentí una pesada síntesis sobre todo mi cuerpo; qué poderosa es la gravedad que va doblando el cuerpo y vamos de a poco deirguiéndonos como buscando terreno…

Un día sin darnos cuenta repetimos lo mismo y todos se saben el cuento que alguna vez escucharon con oído atento.

Un día o una noche te vas a dormir temprano y apenas aclaró se te fue el sueño, como si te arrepintieras de desperdiciar el tiempo, como si temieras que llegue primero alguien que no vino ni vendrá.

Y hay sabores que se van perdiendo, como la hierba cuando invade el sendero.

Y entra un frío que cala hasta los huesos.

Y la voz se apaga, hasta ser murmullo, hasta ser silencio.

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1 comentario en «La vejez»

  1. Tremenda realidad, Anushka.
    Transmites tristeza y resignación.
    El tiempo no vuelve, lo hemos gastado (bien o mal) y lo que resta es vivir los días que nos queden y saborearlos despacito, esperando que se agoten más tarde que temprano.

    Una vez más ¡felicitaciones!
    Recibe mi abrazo lleno de admiración desde México.

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