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LAS LLAMAS DEL INFIERNO

Javier Quiñónez Quiroz

Habían pasado demasiadas lunas llenas y otras no tanto. Los mangos habían dado más de veinticinco cosechas; el pueblo había crecido y la gente también había cambiado modas y modos. Sin embargo, ella estaba ahí, bajo los árboles, contemplando las hiedras que cubrían la puerta, esperando al príncipe o villano que llegara y pusiera fin a este cuento. Sentía el deseo de abrirse a la especulación de un espasmo, pero enseguida le llegaba la voz de la vieja abuela y de la madre que le decía: «Solo después de casada podrás estar con un hombre; si lo haces antes, te quemarás en el infierno». Y, por supuesto, frente a ese castigo del maligno, cualquiera convierte el temor en prudencia.

Pero el día pasaba con el sopor de un sol de abril sin brisa. Su cuerpo sudaba y, de repente, vio llegar —no a un príncipe ni a un villano—, sino a un hombre de ese tiempo y sin tiempo. Retiró las hiedras de la puerta, timbró en sus pezones y pronunció en sus labios:

—¿Hay alguien ahí? —a modo de susurro.

Y, ante el silencio, entró con delicadeza. Ella sintió que el universo se caía; el alma le temblaba, los huesos oraban; el infierno se diluía en cada estertor de los movimientos, entre rápidos y lentos. Después de varios minutos de sudor compartido, amarrada a los brazos de él, sentía que un manantial fluía de su interior y una lava la quemaba suavemente. En ese momento era un universo, alcanzaba el cielo y miró a lo alto para, al final, gritar:

—Si esto es el infierno, que me lleve el putas.

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