PRISIONERO
Alcia López
El hastío me está matando. Torrentes de sudor corren por mi frente; el pañuelo está empapado. No aguanto más este bochorno. Mis piernas no responden a las señales de mi cerebro. Me serví un vaso de agua y, del cajón de la mesita de noche, saqué un par de pastillas que aliviaban un poco mis afecciones; luego salí de la habitación. Me percaté de que la oscuridad estrellada había cubierto al pueblo que me ha acogido nuevamente en mis años otoñales.
Entonces me dispuse a caminar por las calles renovadas del centro. Muy cerca se encuentra el mercado donde se comercia buen pescado y carne, entre otros productos, especialmente los sábados. Esas calles, aunque llenas de concreto, están inundadas de olores nauseabundos, donde toda clase de vendedores informales se dan cita en este famoso y antiquísimo lugar.
Las trifulcas por los trancones que se forman no pasan inadvertidas, y las rechiflas no se hacen esperar.
De pronto, la música que salía de los maltrechos bares hizo que levantara el rostro y mirara a una prostituta ofreciendo sus servicios al caballero que pasaba frente al viejo lupanar. Bastaba solo eso para advertir la tragedia que enmarcaba los rostros marchitos de aquellas mujeres, marcadas por el trasegar de la mala vida y por el maquillaje que cubría sus mejillas sin lustre.
Me pareció estar viviendo un déjà vu. Esas grotescas imágenes trajeron a mi mente recuerdos, y cada paso ahondaba en mi antigua vida. Todos esos fantasmas surgían como ecos, dando testimonio de noches y días de placeres lujuriosos, amenizados bajo la embriaguez del “cuatro esquinas”, que aceleraba el ritual de caderas candentes y arrancaba sonidos a los catres oxidados, disfrazados por los vallenatos y las cumbias sabaneras que se escuchaban por doquier.
Seguí caminando, abrazado a mis recuerdos. De repente, me vi parado en la muralla donde hice citas y promesas que se desvanecieron como el humo de mi tabaco. El olor de las flores de acacia aromatizaba, como entonces, el ambiente.
Me quedé mirando el reflejo de la luna llena en las aguas del gran e imponente Sinú. Divisé, no muy lejos, una pequeña embarcación donde iba un arenero conocido por muchos y que, poco a poco, ha ido dejando su vida en el río. Casi siempre lleva en sus manos encallecidas unos cuantos pesos para el sustento de su familia. Sus oportunidades de trabajo han sido escasas; pero, qué más da, hoy continúa robándole al río su esencia para sobrevivir.
Este lugar ha sido testigo de historias de amor, tragedias y leyendas, como la del popular Mingo, a quien el río Sinú se tragó en una tarde de juegos y risas, devolviéndolo quince días después. El Burro Colón —personaje muy conocido del lugar— fue quien se percató de que bajo el muelle alguien logró hacer un orificio y, con una varita, molestaba la pierna del que se convertiría en el salvador de aquel niño desaparecido; historia que él mismo contaría año tras año. Domingo pasó a ser Mingo Muralla, quien sobrevivió durante dos semanas alimentándose de pequeños peces.
Escuché a lo lejos un viejo bolero, y mi mente me llevó a un lugar paradisíaco donde viví un romance que se convirtió en mi motivo para respirar, cuando alrededor de una fogata un grupo de guitarras lo interpretó para mi novia y para mí.
La mujer a quien amaba seguía presente en mis recuerdos; me perseguían aquellos en los que dábamos rienda suelta a nuestros deseos. Yo me creía dueño absoluto de su cuerpo: mis besos la recorrían palmo a palmo, y nuestras fantasías no parecían tener límites.
Una tarde llegué a nuestro templo de pasiones. Estaba desnuda, el cuerpo bañado en sudor. Como un demente, devastado por el dolor de la traición, tomé el candelabro que los iluminaba y, en un arrebato de furia, asesté un golpe mortal al traidor. Después, fuera de mí, descargué mi rabia hasta dejarla sin vida.
Fue la bocina de un automóvil la que me sacó abruptamente de aquel recuerdo fatal.
Hoy, tras haber cumplido una condena de cuarenta años en prisión, recorro los mismos lugares donde alguna vez caminé con mi amada y dulce desgracia.




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(Lorica, Córdoba, Colombia. 1972). Forma parte del Chindau Literario – Taller de escritura creativa. Amante del flolklor, la cultura y la tradición oral de su pueblo. Escribe poesía y cuentos. Su inspiración la halla en lo cotidiano. Es autodidacta. Disfruta leer clásicos de la Literatura como Cortázar, Borges y Alan Poe. Cantadora de décimas y bullerengue. Ha participado en varios Festivales en Córdoba, donde ha tenido la oportunidad de cantar obras de su autoría.

