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LA PARADOJA DEL DESEO

Anushka Tereshkova

 

Gotas, como palabras

A veces, caen como un aluvión;

otras, como una gotera molesta,

o como una tortura cruel

penetrando en una espalda desnuda.

 

Como una lágrima que rueda,

o como el anuncio de un chaparrón.

Como un néctar que sacia en el desierto.

 

Las gotas, que unidas te dan un baño de placer

después de un arduo día de trabajo,

después de un largo día.

 

Hermanadas, furiosas, en ronda;

pizpiretas, risueñas, bandidas

de una noche de pasión encendida.

 

Gotas que, como palabras sueltas,

forman la rima de los poemas,

anécdotas de la vida…

 

La solución fisiológica

de quien lucha aún estando dormida.

 

Gotas de sudor, gotas de miedo,

gotas que son el disfrute de amores nuevos,

que se beben gota a gota, degustando el tiempo.

 

Las que se cuelan traviesas,

rebosando el vaso y, por hacerlo,

se diluyó el dos y se formó el cero.

 

La gota resbaladiza de aquello

que dio vida y dejó un recuerdo.

 

Gotas, simples derrames del cielo,

para volverse charco, lago y riachuelo.

 

Gota dura de hielo sobre la hoja trémula del invierno.

Gota semejante a una perla, al Aleph, al punto final…

A todo.

 

En una carta de despedida, al desconsuelo.

A la emoción partida después de un inesperado regreso.

 

Gota salada, como gota de mar en un gotero.

Allá vas, en tu derrotero,

huyendo por un camino que no es certero.

 

Por una garganta dolorida que explota en llanto,

después de darse cuenta de que no valió de nada

haber amado tanto…

 

 

El día después

Parecía que arrancamos,

pero no arrancamos.

 

Parecía que ganamos,

pero no ganamos.

 

Parecía que crecimos,

pero eran solo tacos altos.

 

Parecía que éramos felices,

pero solo estábamos borrachos.

 

Parecía que me querías,

pero solo me diste un placebo.

 

Parecía que nos sosteníamos,

pero solo hacíamos equilibrio.

 

Parecía que ya estaba,

pero alguien abría el horno

antes de tiempo.

 

Pero no importa.

 

Solo habrá que transitar

un camino más sinuoso.

 

Que tendremos que llevar más herramientas.

Que los mapas, a veces, no son fidedignos.

 

Que va a ser un poco más entretenido.

Que habrá que usar más sentidos.

 

Que habrá que estar más filosos.

Porque ahora ya hay experiencia.

 

Porque ahora ya otros lo hicieron con sangre.

Porque ya hay huella.

 

Porque conocemos el paño.

 

Y en el paño hay una marca,

una silueta inconfundible

que revela verdades,

que acentúa mentiras,

que deja ver hilachas.

 

Parecía que teníamos el tesoro,

pero solo teníamos el mapa.

 

Y el mapa es mucho.

Es un nuevo comienzo.

 

Es un sol a lo lejos, adonde hay que llegar.

 

Por nosotros, por los que vienen, por la quimera,

por la utopía, por la realidad; por dejar un alimento

que encuentre algún futuro viajero cansado,

cuando tenga ganas de rendirse.

 

 

Sentir

Recuerdo un sentir profundo.

No temas, es solo un recuerdo.

 

Es solo bañarse en un charco de polvo,

como se bañan las palomas.

 

Me vanaglorio de seguir sintiendo,

pero ya no es lo mismo.

 

Es solo el recuerdo póstumo

de un amor sincero,

que ya no tendría nada de sincero

si dijera que es el mismo.

 

Porque tú eres otro y yo soy otra.

Porque nos perdimos.

 

Nos dejamos llevar por el tumulto,

por el vaivén del gentío que no sabe

que está empujando a un lisiado del amor,

a un ciego que creyó ver, por minutos,

una felicidad superflua,

a un sordo que oyó, por unos minutos,

todos los ruidos de un universo silencioso,

todos los pájaros cantando al unísono.

 

 

La paradoja del deseo

¿Podemos decir que es el mismo deseo

si ya pasaron por tu cuerpo tantos deseos?

 

¿Podemos decir que aún amamos

si tantos otros amores te han tocado?

 

¿Podemos decir que sigue prístino,

en tu pensamiento, el acto

de tomar mi mano, de oler mi cabello,

de exhalar el grito atrapado en llanto?

 

El deseo usado cada día, con diferentes actos.

El suspiro viejo de todas las mañanas,

preparando un café rancio,

tostando el pan, saliendo a las corridas,

regresando…

 

¿Se puede decir que aún es amor?

¿O apenas cansancio, o apenas pereza,

o apenas la languidez de una llama

que se va apagando

y que, a veces, se aviva con algunos celos,

con algunos gritos, con algunos truenos?

 

Hemos cambiado tantas tablas del barco…

que ya ni se sabe si es el mismo barco.

 

Aún seguimos navegando

en un mar conocido, en un lago quieto,

donde todo es predecible, anodino y calmo.

 

¿No necesitas una tormenta?

¿No deseas, acaso, nadar hacia el sol

en algún ocaso?

 

Y recoger las velas y atracar en la orilla

de una isla virgen.

Yo lo he pensado. Me lo he imaginado.

Y si lo sueñas, lo haces.

 

Y yo hace mucho tiempo que lo estoy soñando.

 

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2 comentarios en «La paradoja del deseo»

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