EL ALMA NEGRA EN EL CASTILLO DE COLORES

Fabiana Patricia Pernía

Estaba nublado, como es cotidiano en esta ciudad, el frío de la tarde era la mejor compañía que podía tener, ¡ah! y por supuesto una taza de chocolate con pequeños masmelos flotando en él. Ese día elegí cambiar mi ruta de paseo, ahora que lo pienso bien, fue la mejor decisión que tomé. Salir a caminar era una actividad donde buscaba crear aventuras en mi mente y salir de lo conocido por unos instantes. Aún no podía creer el efecto que los colores causaban en mí. Sentía que me perdía en ellos, que esos tonos brillantes o cálidos me llevaban hacia la luz, hacia el arco iris. Aquella tarde no solo sentí ansiedad y curiosidad, sino que, por primera vez, desde hace muchos años, sentí en carne propia la libertad tanto de cuerpo como de mente. 

Mientras seguía el camino sin destino alguno pude observar que en este lado del bosque había más animales; un águila entre las nubes; lejos vi dos ardillas subiendo por un árbol; escuché los sonidos característicos de los sapos; en fin, animales que no veía usualmente. Entre más avanzaba, más preguntas me hacía sobre lo cuadriculada que puede ser la vida de los seres humanos. Soy claro ejemplo de ello, cambié de rumbo luego de tanto tiempo. Se oían las ramas moviéndose lentamente con el viento. 


¿Es posible que, entre más limitada sea nuestra vida, más encajamos con los demás? ¿Por qué los seres humanos tienen que parecerse?, y no hablo puramente de lo físico. ¿Por qué nuestras ideas deben coincidir con las de otros? Me percaté que mientras mi mente dialogaba consigo misma me había quitado los guantes. Eran unos guantes que me había regalado mi abuela hacía ya varios meses: negros con rayas grises y por dentro tenían piel tipo peluche. Comencé a sentir brisas cálidas por lo cual me dio curiosidad experimentar con mi cuerpo, así que me quité la chaqueta negra y me arremangué la camisa blanca hasta los codos. Era una sensación extraña. Me quedé inmóvil y cerré los ojos, consciente de cómo los vellos de mis brazos se erizaban y cómo mi cuerpo comenzaba a calentarse. Pude sentir lo que todas las personas denominan “paz”, extraño placer y equilibrio individual, que se da en momentos donde se es feliz con nuestro alrededor. 

Abrí los ojos y respiré lo más profundo que pude para que llegara suficiente aire a mis pulmones, pues me sentía ahogada. Caminé unos 30 pasos y a mano derecha vi un castillo con infinidad de colores; nunca había visto tantas tonalidades: fosforescentes, brillantes, pálidos, era una fiesta de colores. Me acerqué y vi que cada uno tenía una textura diferente, quise sentir la del color rojo esmeralda, era suave con circulitos que se hundían cuando los tocaba. El azul índigo, eran líneas horizontales de diferentes tamaños muy rústicas. Quería tocar todos, pero la curiosidad surgió cuando vi por una ventana el interior de la casa y me di cuenta que todo adentro era negro; se parece a mi casa pensé. No podía creer lo raro que esto parecía. 

Un sofá individual negro; un espejo con marco del mismo color y el vidrio roto; las paredes negro mate con pequeños triángulos grises; la mesa, el pocillo encima de la ella; todo era negro. Sentí los pasos de alguien detrás de mí: un señor alto, flaco, con los ojos negros y un atuendo de retazos de ropa negra venía caminando. Se acercó y de manera poco amistosa dijo:

—¿Qué estás haciendo aquí?

—Caminaba por el bosque —le respondí.

Sentí miedo, no sabía si salir a correr o solo quedarme estática. Mi corazón palpitaba muy rápido y me temblaban las manos.

—Debes de tener frío; ven, traje leña y tengo chocolate adentro —me dijo.

Asentí sin siquiera pensarlo. Sabía que esto estaba mal, pero algo dentro de mí quería conocer internamente ese castillo. Pensé que el calor que sentía cuando caminaba por el bosque se debía a la leña quemándose en esa casa. Me senté frente a la chimenea. La casa era acogedora, a pesar de que era terrorífica. No aguanté el silencio incómodo mientras el señor colocaba la leña en la chimenea. 

— ¿Por qué tu casa es tan colorida por fuera y, por dentro es tan oscura? —dije.

—Todas las personas que ven mi casa me hacen la misma pregunta. 

— ¿Más personas han estado aquí?, ¿Por qué nunca había escuchado hablar de este castillo? —pensé mientras sonreía hipócritamente. 

—Te has preguntado por qué las personas se arreglan tanto para salir, pero cuándo están en sus casas no se preocupan por cómo se ven —dijo.

—Realmente no —contesté. 

—La única respuesta para eso es que, necesitan aparentar que son agradables para no estar solos. Yo no soy lo que aparento, no soy amistoso ni cálido como se ve la mezcla de colores fuera de la casa. No me gusta convivir con otras personas porque al final, quiero que todo esté a mi gusto. Ningún ser humano podría entender cómo es que mi casa aparenta ser la casa de los payasos e internamente es desolada y oscura; sencillo, quiero que todos crean que no soy una amenaza, que pienso como ellos, que la vida es color de rosa. Meter en su mente con pequeños símbolos que soy como ellos. Las únicas personas que pueden saber lo que realmente soy, son aquellas que interactúan conmigo dentro de mi casa, en mi espacio, las que puedo manipular, porque sus cerebros están tan asustados por la incertidumbre que se quedan inmóviles. 

Tenía mis manos pegadas dentro de mis muslos. Inmóvil analizando todo lo que aquel señor me había dicho y a la vez pensando: ¿Cómo es que un ser humano teniendo una casa única, puede ser tan oscuro y hasta perverso? 

Me dolía la espalda, comencé a moverme lentamente y poco a poco fui abriendo los ojos; la luz del día me indicaba que todo había sido un sueño de lo que vivía en este castillo con aquel de alma negra y castillo de colores, sin embargo, sentí paz al darme cuenta: ya no era la misma chica que quería ser como los demás.

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2 comentarios en «El alma negra en el castillo de colores»

  1. Es cierto, hay personas que no tienen alegría en sus corazones ni un motivo para ser felices. Hay que seguir trabajando en uno mismo para no ser opacos, grises u oscuros.

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