LLAMADA DE AMENAZA

Carlos García Bonilla

— ¡Aló! ¡Buenas noches! —

— ¿Hablo con el señor Pedro Pérez? —

— Sí. ¿Con quién hablo? —

— Habla con su peor pesadilla. —

— Mmm, mi peor pesadilla es estar desnudo en medio de una multitud. ¿Está usted desnudo en medio de una multitud y se le ocurrió llamarme? —

— No, cómo se le ocurre. —

— Entonces, ¿se siente usted terriblemente avergonzado por algo? —

— Vea, no se haga el chistoso, mejor dicho, le voy a hacer la vida imposible. —

— ¿La vida imposible? Millones de años de evolución lo contradicen, esta misma conversación refuta su planteamiento. —

— No me enrede, le voy a hacer la vida muy difícil; su vida, quiero decir. —

— Mmm, se refiere a mi calidad de vida. —

— Eso, se la voy a poner bien difícil. —

— Pues eso no es complicado, teniendo en cuenta que el sueldo apenas me alcanza, tengo unas culebras que me acosan todos los días, ando peleado con mi novia, mi jefe me la tiene montada, creo que me va a dar gripa, con tanto problema pues parece que se me bajaron las defensas, sin contar la gastritis claro, que ya es crónica. —

— ¡No me venga con pendejadas! —

— ¡Uy perdón! Tiene razón, a la hora de la verdad esos problemas los tiene todo el mundo, hay quien tiene problemas más graves, sin ir más lejos Carmencita, la vecina, con ese cáncer y cuánta plata ha botado y como que para nada porque le hizo metástasis y los hijos ni le ayudan esos son unos desagradecidos…—

— Mire, esta vaina es seria, si no se la toma en serio le va a ir mal. —

— ¿Y usted cree que me va bien? —

— Le puede ir peor, mucho peor, créame. —

— Bueno, está bien. ¿Puedo preguntar entonces qué quiere? —

— Quiero que sepa que, si se descuida se le va a poner difícil la vaina. —

— Oiga, ¿su vida es fácil? —

— ¿Quéee? —

— ¿Que si su vida es fácil? Yo creía que todo el mundo tenía una vida difícil, pero si me habla de ponérmela difícil es porque usted no cree eso y para pensar así es porque la vida suya debe ser fácil. —

—¡Sabe qué hijueputa, no juegue conmigo! —

— Pero no se me ponga grosero, si estoy es tratando de entenderme con usted, ¿o no quiere que lo entienda? —

— Usted lo que debe es tenerme miedo. —

— Usted lo que debe es tenerme miedo… Mmm bueno, pues qué pena, pero es que no soy muy bueno con esto de la inteligencia emocional, pero ya las voy pescando. ¿Por qué debería tenerle miedo? Cuénteme. —

— Porque le voy a hacer la vida cuadritos. —

— ¡Pues hombre! Debería elegir mejor sus palabras, eso de la “vida de cuadritos” sonó pintoresco, casi poético. ¿A usted le gusta la pintura? ¿Cubismo tal vez? Pero no creo que esa sea la idea, me imagino que más que poético usted quiere ser intimidante, ¿cierto? —

— ¡Eso hermano, hágase el chistoso! —

— Vea, ahora que caigo en cuenta le va a salir cara la llamada, así que porqué no nos ahorramos tiempo. Asumamos que ya se cumplió el primer objetivo de la llamada y me tiene intimidado, así que podemos pasar a la segunda parte que, me imagino, son sus demandas. Cuénteme, ¿qué se supone que debo hacer para que no me haga la vida más difícil? —

— ¡DEJE EN PAZ A MARÍA! ¿OYÓ MARICÓN? —

— Mmm… supongo, María debe ser su novia. —

— Pues sí, es mi novia y no quiero que hable más con ella. —

— Pero si usted piensa que soy maricón, ¿por qué le preocupa que hable con ella? —

— Porque, es que, es que…—

— Espere, con calma, primero aclaremos algo. ¿Quién es María? —

— ¡Pues mi novia! —

— Mmm, ya veo, ¿puedes ser más específico? ¿María qué? —

— No se haga el pendejo. —

— No me hago, me sale natural, al menos eso me dice mi jefe, pero en serio, conozco un montón de Marías —

— Pues María Martínez, mi novia. —

— Espere un momento… María Martínez. —

— Sí, le estuve revisando el celular y tiene varias llamadas a usted. —

— ¿Cuándo? —

— Ayer. —

— ¿Ayer? ¡Aaah, sí! María Martínez. Sí, ella me llamó como cincuenta veces ayer porque dizque necesitaba una consulta urgente con el Doctor. —

— ¿Doctor? —

— Sí, el doctor Mendoza, mi jefe. —

— ¿Es que María está enferma? —

— Pues el doctor Mendoza es Psiquiatra, pero está de vacaciones y llega este fin de semana. —

— ¿Psiquiatra? —

— Sí. Oiga, ¿y usted, es el novio? —

— Sí, ¿por qué? —

— Eeeh, por nada. ¿Está en su casa? —

— No, me vine a beber donde un amigo. ¿Por qué? ¿Qué le pasa a María? —

— ¡Pues hombre! Eso no se lo puedo decir, existe la ética profesional, usted entiende, además, por ley hasta me pueden demandar si violo la confidencialidad de los pacientes. —

— ¡Uuuy nooo manito! Venga, no sea así, cuénteme qué pasa, no me deje así, mire que me dejó asustado. —

— Pues debería. —

— ¿Pero por qué? —

— Mire, como lo que está en juego es su integridad solo le puedo recomendar que se quede esta noche donde su amigo y, si es posible, que se pierda un par de días. Si María lo llama, no le conteste. ¿Si me entiende? —

— Sí manito. ¿Pero cómo es la vuelta? —

— Mire, yo ya no le puedo decir más, pero usted me cae bien, así que cuídese, menos mal me llamó, pero no me llame más, que entonces me toca reportarlo. ¿Capta la vaina? —

— ¡Uy, sí parcerito! Pues gracias y qué pena. —

— No parcero, fue un placer hablar con uted. Ahora piérdase hombre y no le diga a nadie. —

— Bueno viejito, chao entonces. —

— Bueno, chao. —

— ¿Quién era, amor? —

— Tu novio, me cayó bien el man. —

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