DELIRIOS

Yennilyn Lara

 

Límite de letras

                         A mi madre: Celina González

Tu piel morena está un poco mustia,

Se han ensombrecido tus ojeras,

al igual que tus ensueños;

Las fotografías conservan tu belleza juvenil.

Yo intento hallarla,

En tus medianos y afligidos ojos.

 

En tus manos hay máculas,

Tu piel es un lienzo abandonado

En la hierba húmeda de una viña distante.

Las hebras de tu cabello negro

son como espigas de campo santo.

Tu voz, aún conserva el enérgico matiz

que sosegaba mis inquietudes de niñez.

 

Invoco tu presencia en mis instancias de soledad,

Me escuchas sin haber articulado palabra alguna.

Es una conexión invaluable.

¡Madre! Mereces elogios innumerables.

 

Intento describirte en un poema,

La vida me confina a la penuria de palabras.

Ninguna de ellas se asemeja a lo que irradias.

¡Lo siento! La naturaleza no me dotó

Con el arte prodigioso

De poder describirte entre letras.

 

 

Hambruna de amor

Afligida se halla mi alma indefensa,

Hoy envidia el amor y el sosiego,

Mi esencia invoca el alma de otros poetas,

El viento se pasea entre los robles de mi patio.

 

La felicidad deambula en el jardín de gladiolas naranjas,

Una llovizna en mayo resbala sobre mi cabello cobrizo,

La melancolía brota en mis pupilas.

¡Estas lágrimas son saladas y siento sed!

 

Voy por trochas que conocen la tristeza de los desahuciados,

Camino errante acariciando hojas secas,

Busco una voz en el silencio abrumador de bosques perdidos,

Han pasado todos los meses del año y la soledad transmutó en mí,

Está de luto mi pensamiento,

El amor es cuerpo ajeno para muchos. 

 

 

Soledad

 

Los suicidas no dejaron entre letras sus trémulos suspiros,

La cerveza no embriagó a nadie aquella noche,

El alma no vibró en el vacío del cuerpo. 

 

La vida partió en el último autobús,

Su silbato no fue escuchado,

Sus ruedas marcaron el barro,

La belleza y la juventud abandonaron todos los rincones,

Se quebraron los espejos,

no había quién se mirara en ellos.  

El rumbo del autobús no se conoció jamás,

Ninguna necrópolis conservó el cadáver de lo que fue mi vida.   

 

El silbido del viento resonó en vano, 

Las expresiones eran de mimos frustrados,

Los gestos eran inentendibles y los ojos estaban ciegos,

Sin vendas de seda.

 

El autobús regresó solo, y mudo,

La primavera no fue en honor a su llegada, 

flores desprendidas de las ramas,  

Adornaron la coraza de ese autobús sin conductor.  

 

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