Jacinto
Desflorando margaritas en el parque del pueblo se la pasaba siempre Jacinto Escarpeta. De su rostro jamás se borraba una sonrisa perpetua.
Desflorando margaritas en el parque del pueblo se la pasaba siempre Jacinto Escarpeta. De su rostro jamás se borraba una sonrisa perpetua.
Flores deshechas yacen sobre el cemento, ríos de lágrimas salpican tu máscara. En la espesa niebla, un alma pena; rosas teñidas de sangre ruedan por su rostro.
En el jardín del amor, donde las luces cósmicas lentejuelean, danzando al ritmo de los suspiros, tú y yo nos encontramos, y nuestro amor floreció como un lirio perfumado
que embriagaba el aire.
Hay que vigilar el campo, el pan, los pájaros, el fluir del agua desde la fuente hasta la boca, la cosecha, el otoño. Hay que convertirse en un galgo, excavar bajo tierra, cuidar las semillas de los cultivos subterráneos. Uno debe volar en el aire, captar cada onda.
Cierro mis ojos y los aprieto con fuerza, ambicionando que, en los primeros instantes de borrosa lucidez tras abrirlos de nuevo, pudiera reconstruir tu silueta, ya no imaginaria, sino palpable, de carne y hueso.
Sígueme, cariño y nos desplomaremos en los respiros verdes de una estación dorada.
Miró a los niños dormidos y cerró el libro de cuentos. Salió sin hacer ruido, dirigiéndose cansadamente al dormitorio. Allí se tiró sobre la cama y se fue encogiendo, acurrucándose, mientras se abrazaba el vientre flojo y estriado, donde se dibujaban unos canales que se podían palpar a través del batón.
Las familias imperfectas no siempre están rotas. A veces están cosidas con un hilo tan fino que nadie ve la puntada, pero todos sienten el abrigo. La mía no fue una familia imperfecta en el sentido de la carencia o la violencia.
Esa lluvia presurosa que corre por doquier, pasa rompiendo los muros, pasa mojando mis pies.
Por los jardines del parque y los andenes también.
El venturoso patriarca dio a su hijo los mejores preceptores, y cuando este cumplió los dieciocho años de edad, su hermano mayor le sobraba tan solo en un año y unos meses. Gonzalo, que había acobijado de tanto amor y protección para su hijo menor, pensó en cederle todas sus posesiones…