Después del gris
Llega sola, se abre en el silencio de la espera. Ella es mi identidad…
Llega sola, se abre en el silencio de la espera. Ella es mi identidad…
Este océano, con sus olas envolventes, nunca dejó de amar, ni siquiera por un segundo. Bajo el brillante espectáculo de la Aurora Boreal, el cielo se complementaba con este magnífico océano.
De suerte tiene un techo en una vieja estación de servicio tirada al costado de una ruta en ruinas, esas que conectaban un pueblo con otro. Estos también desaparecieron, más bien, se evaporaron, convirtiendo a la ruta en un cadáver de serpiente reseca bajo el sol gigante y rojo del ocaso de los planetas.
Y mis brazos cansados de esperar,
se han congelado en la calentura de tus refulgentes rayos.
Corrí descalzo para poder seguir levantando el cariño que aún quedaba, pero me cansé. Ahora sí ya marchité todo el jardín que había creado de la semejanza de tu esplendor con la belleza de la naturaleza.
Cuando Abelardo Izquierdo tomó el balón entre sus manos se acordó de su Gran Madre, la Sierra Nevada. Hacia allá iba a mandar el balón que rompería las manos del portero rival y la red del arco.
Jamás podrán mis versos ni mis palabras contar sus hazañas, sus triunfos y sus derrotas cantar el dolor de su alma o la magia de sus labios describir la noche que pasan esperando sus prodigios
y las lágrimas que brotan sus óvalos luminosos.
Dar una llave es abrir un capítulo y pedirla de vuelta es cerrarlo. Pero aunque las puertas se cierren, aunque pidamos las llaves o las devolvamos siempre queda la esperanza de que algún día alguien vuelva a cruzarlas sin miedo.
Paso caminando entre las cáscaras del edificio. Es un día hermoso, iluminado y árido de julio. Por suerte, pude entrar a la ciudad sin que me vieran.
Osadía tuve de quererte, sabiendo que tenerte no podría.
Osadía tuve de dejarte,
segura que olvidarte no existía.