Mentiras piadosas
Mis botas gastadas, mi abrigo pesado y fuera de época, mi sombrero deforme y mi bastón me daban la apariencia de una verdadera pordiosera. Mi rostro se reflejaba en los charcos del camino, otrora polvoriento, ahora fangoso.
Mis botas gastadas, mi abrigo pesado y fuera de época, mi sombrero deforme y mi bastón me daban la apariencia de una verdadera pordiosera. Mi rostro se reflejaba en los charcos del camino, otrora polvoriento, ahora fangoso.
Una vida que, después de ese día, no existió más. Y desafortunadamente, moriste, pequeña. No abandonaste la tierra, pero sí tu vida. Tu sonrisa nunca volvió a ser igual.
Ella va y regresa sin mentiras, sin tardanza, se queda estacionada
en cántaros de arcilla.
En la penumbra donde le miedo anida, que el silencio sea grito, un eco estridente, y en cada sombra, una voz encendida, luchando por la dignidad inherente.
A los dos nos gustaba escribir. A mí me atraía la poesía y a él la narrativa. Pero siempre nos leíamos, nos corregíamos. Nuestra ciudad nos parecía chica y sin esperanzas, así que nos mudamos a la capital.
Su taller era una casona antigua que olía a aceite de máquina, alcanfor y soledad. Los niños decían que allí moraban los relojes que habían visto morir a sus dueños. Y es que cada tic-tac en esa casa no marcaba el tiempo, sino el alma de alguien que había partido.
Puede ser el día la espera de la luz explosión de un color a escondidas la flor créeme -luz de un día-
La vida me iba desangrando, pero sin ruido, como un reloj al que nadie le presta atención hasta que deja de marcar la hora.
Me dolían las cosas que no duelen: los buenos recuerdos que te arrancan de golpe, los abrazos que no dieron, las palabras que se atragantan y nunca encuentran salida.
Era tanta su admiración por la sabiduría de ellos que pidió al mesero le permitiera colocarse el delantal y llevar el servicio a estos eruditos, así los escuchaba, los observaba y se preparaba para mejorar su escritura.
El recinto estalló en una gran carcajada que tardó en apaciguarse y, cuando se calmaron, volvió a estallar y así, por tres veces consecutivas dejando a la mitad del alumnado con dolor de estómago y al resto con la mandíbula dislocada…