Perfume de rosas
¡Sabe Dios, a cuantos ha enfermado! en su curso vial improvisado, ya que muchos lo han bebido y respira.
¡Sabe Dios, a cuantos ha enfermado! en su curso vial improvisado, ya que muchos lo han bebido y respira.
El Cacique, un médico amigo de la casa, al compás de música vallenata y bajo la sombra de un frondoso almendro siempre me dejaba perplejo por la extraña forma de expresarse.
Al salir a comprar pan y leche para el desayuno la encontró en la calle, estaba sentada sobre el piso, recargada en el portón del vecino…
Es sinónimo de deseo placentero que siente mi cuerpo cuando tus manos acarician suavemente mi cabello y un pincel movido por una mano invisible…
Tras la pregunta de mi amigo, me vi en la obligación de contarle algunas historias que había vivido con mi padre, a pesar de que ser profesor…
Presientes y husmeas que aún no se ha ido, hueles la carroña de lo que no olvido. Mi pena eres tú, negro pajarillo…
La mujer de la venta de la esquina la observaba con extrañeza, manotear al principio, cruzarse de brazos después, hablar.
Solo recuerdo un golpe en la nuca, no sé cuánto tiempo pasó, cuando me desperté me encontré en una habitación con un olor a humedad casi asfixiante.
¿Dónde no existe un andén cómo es posible que haya en nuestra ciudad amada una señal de parada, y de abordaje también?
Estos invasores construyeron la población hace muchas lluvias y se dedicaban a robarles las perlas a Pulowi, la dueña de las playas…