Herencias de guerra
Ocho miradas que gritan. Ocho almas que agonizan. Ocho cuerpos que no respiran. Ocho rostros que se inmortalizan.
Ocho miradas que gritan. Ocho almas que agonizan. Ocho cuerpos que no respiran. Ocho rostros que se inmortalizan.
Fuerzas le quedaban, todavía; voluntad, mucho más. Vuelve a pujar, una vez, otra… Y ve la criatura asomar por la cavidad. Lo sostiene luego entre sus manos y, con una tijera de cortar papel, corta para siempre el cordón que la une a él; era un varoncito.
Presentan colores, y pronto se vuelven invisibles. Otra vez se sienten las caricias en las palabras.
Él caminaba distraído, absorto en la reflexión acerca de su embotellamiento mental mientras, de manera mecánica, trataba de guardar en uno de sus bolsillos su celular el cual había sacado para mirar la hora.
Las estrellas se tientan en el horizonte Venus y Júpiter enamorados inevitable metáfora del desencuentro realidad de esferas
que flotan en la nada…
Cuentan quiénes han cruzado mis pasos, reflejan los rostros de los que he amado, persiguen las voces en las habitaciones, revelan el interior de los armarios, los guardo, amuletos de un futuro en ciernes fetiches de una alegría embalsamada…
En un instante, la esperanza desaparece y el miedo se apodera de la conciencia, las lágrimas de desespero se confunden con la intensa lluvia que azota el lugar…
Desciende un nudo en la garganta,
llega hasta el pecho, apretando su mordaza: se convierte en aquel barro cruel que mancha el destino…
En una noche de luna, donde podamos contar las estrellas, antes de un nuevo amanecer, le pediría al tiempo otra tregua más.
El Guayacán desnudo no está solo tiene el alma enraizada así endurecido sobrevive así resiste.