Tus manos
Se alinearon con el cielo, apretaron mi asombro, abrazaron mi espalda, cubrieron los miedos, cocinaron el presente, pintaron un futuro, enterraron un pasado, escribieron despedidas…
Se alinearon con el cielo, apretaron mi asombro, abrazaron mi espalda, cubrieron los miedos, cocinaron el presente, pintaron un futuro, enterraron un pasado, escribieron despedidas…
Poco importa una lengua quemada frente a ese desfile de viandas coloridas perfumadas por las especias que mi abuela elige para seguir al pie de la letra la receta transmitida, celosamente, de generación en generación.
Fue ebrio, mal hijo, obtuso y mezquino, escribidor, sin metro y pésima rima. Acérrimo perdedor que en su sima el fracaso lo hizo un experto cretino.
En un oscuro rincón estaba él, un sombrero de alas anchas descansaba sobre su cabeza, tomó el último trago de la cerveza ya caliente por el hervor y la tirantez del momento…
La crema es rica, en una época la tomaba mucho, pero estoy de acuerdo en que a la larga es mejor un buen café con leche. Pero ya no tomo casi nunca ni café con crema ni café con leche ni café con azúcar ni café con panela. Café solo, por favor.
Florecen en primavera, verano, otoño e invierno. Ríen y lloran. Con sus palabras de ánimo te fortalecen y te consuelan, te dan valor para que salgas adelante, y como buenos amigos, también son nobles maridos,
excelsos hijos, respetados camaradas, amados hermanos.
Han pasado muchas lluvias desde que tu familia abastece los mercados de Ichitki, desde que llegaron los alijuna provenientes del otro lado de los dominios de Palaa para quedarse a vivir en estas sabanas.
Me siento en la orilla de la playa, y observo la inmensidad del mar, Siempre me he preguntado ¿Estás Ahí? Miles de kilómetros, separan nuestras almas, ya cansadas y desgastadas, de amores mediocres, sé que me piensas sé que en tu mente me llamas si quieres encontrarme aquí estoy no me he ido, solo que no es ahora.
El orden no importa, porque al final, la existencia no es más que una broma, un chiste. Y con el tiempo Seré olvido en un campo sembrado de memoria.
Él seguía ojeando las páginas de un viejo libro, creo el Manto Rojo, de un tal Nino Amadori, no podía precisarlo pues cierto resquemor me impedía acercarme. La palabra contagio había adquirido unas dimensiones asombrosas que se medían en el aislamiento o el distanciamiento.